«El pueblo contra las élites»: el nuevo brindis de la disidencia
La unión del pueblo contra las élites no funciona. Nunca ha funcionado, y el último proyecto que lo intenta —la plataforma «Los de Abajo», impulsada por el youtuber Franchu— reproduce el mismo manual que todos sus predecesores: consignas transversales, rechazo explícito a las etiquetas de izquierda y derecha, y una promesa de unidad que rara vez supera el primer mitin.
El diagnóstico que divide menos de lo que parece
Hay un dato que concita consenso: el cambio demográfico en España. Las cifras que se manejan —1,3 millones de solicitudes de arraigo o reagrupamiento, una frontera que no se cierra— dibujan un país que se transforma por la vía rápida. La referencia al «gran reemplazo» atribuida a
Irene Montero no fue un exabrupto, sino la verbalización de una estrategia: frontera abierta, prestaciones y relato. La otra derecha calla porque el guano identitario también le resulta rentable. El problema es que ninguna de las dos partes está dispuesta a hablar de lo que de verdad importa: qué país se quiere construir.
La eterna pelea izquierda-derecha que alimenta el fracaso
En el fondo, el debate se atasca donde siempre. Hay quien sostiene que la derecha en España son los ricos, la Iglesia y los liberales, y que cualquier invitación a ese bloque es una invitación a espias de la oligarquía. En frente, la acusación de que la izquierda es la nueva clase funcionarial, enriquecida con el robo de promesas al pueblo. Mientras tanto, un análisis más frío apunta al único terreno en el que la unión tendría sentido: la soberanía. Sin control de la infraestructura, la energía, los propios datos y medios de defensa, da igual cuánto coreen «los de abajo contra los de arriba»: el poder se concentra, no se reparte.
El pueblo no quiere unirse, quiere que le dejen en paz
La versión más escéptica es también la más incómoda: al pueblo no le interesa la épica. Quiere pagar menos impuestos y que no le toquen la siesta. La referencia a «El campamento de los santos» no es casual: la división real no es entre arriba y abajo, sino entre dos formas de entender la civilización. Quien cree que su mundo es culpable por defecto y merece ser arrasado no busca justicia, busca purificación. Y eso no se resuelve con un proyecto político transversal.
Sí, probablemente «Los de Abajo» acabe como todos: vendiendo camisetas y recaudando en Patreon. Pero conviene no descartar el brindis al sol: la historia tiene la costumbre de demostrar que, cuando el descontento se cruza con una crisis seria, las consignas que parecían humo se convierten en incendio.