Un forero relata que dejó un salmón de 60€ detrás de una nevera del Mercadona
La escena tiene tres actos y un cadáver. Un cliente pide en la pescadería de un Mercadona un salmón entero troceado en medallones. Cuando ve el ticket —casi
60 euros— decide que no lo quiere, pero el pescado ya está cortado y embolsado. No lo devuelve. No avisa. Lo lanza por encima de una estantería de frío para que caiga por detrás, donde nadie lo vea hasta que huela. El propio autor del relato lo cuenta entre risas internas y remata con una advertencia: «con ese sistema de que pido lo que quiera y hasta llegar a la caja no pago, podría liar una en los diferentes supermercados... Eso está mal hecho, tienen que corregirlo».
El episodio, que circula por redes con imágenes del supuesto autor, ha derivado en una discusión más amplia sobre el modelo de compra a granel en pescadería y sobre quién paga la fiesta cuando el cliente se arrepiente tarde.
Por qué el salmón costó 60 euros y no se pudo devolver
El primer malentendido es de precio. Varios mensajes apuntan a que el cliente no comprobó el peso en la báscula antes de dar el visto bueno al troceado, y que el pescadero hace las cuentas por ti si se lo pides por euros. Un usuario calcula que un salmón entero de piscifactoría se mueve en torno a los
25 euros el kilo, así que un ejemplar de 2,8 kilos se planta en esa cifra sin que nadie haya hecho nada raro.
El segundo malentendido es de logística. Una vez troceado, el producto deja de ser vendible como pieza entera: no vuelve a la vitrina. Eso convierte cualquier arrepentimiento en un problema de merma que asume la tienda. La alternativa razonable —pedir medio salmón, que aplica la misma rebaja, o pedir que lo pesen antes de limpiarlo— aparece repetida en el intercambio como la solución obvia que nadie aplicó.
El escondite detrás de la nevera y el rastro que deja
El tercer acto es el que convierte la anécdota en caso. El pescado no se deja en una caja, ni se entrega a un empleado, ni se abandona en un arcón de congelados a la vista. Se lanza «en lo alto y hacia atrás» de una estantería de frío, con la esperanza de que se cuele por detrás. El resultado previsible: un olor a pescado podrido al día siguiente y una brigada de limpieza buscando el origen.
Ahí entra el punto de vista del encargado de turno, que en la mayoría de estos establecimientos cobra un salario de convenio y no tiene margen para improvisar. Su jornada empieza con un hedor sin localizar, sigue con la revisión de cámaras —más para descartar a un empleado que para cazar a un cliente— y termina con la retirada del producto y la desinfección de la zona. El coste no lo paga el autor del lanzamiento.
Quién asume la merma y qué dice el sistema de pago
El modelo de autoservicio con pago al final es cómodo y también es una máquina de generar mermas invisibles. El cliente puede coger, cambiar de idea y abandonar sin fricción; la tienda solo descubre el daño cuando el producto ya no vale. Las cámaras permiten identificar al autor, pero la vía habitual no es la denuncia: es asumir la pérdida y reforzar la vigilancia.
Hay quien sostiene que el sistema está mal diseñado y empuja al error; en contra pesa el argumento de que existen mecanismos sencillos —pesar antes, pedir por euros, fraccionar la pieza— que evitan el problema.
El salmón de piscifactoría y el ruido de fondo
En paralelo al episodio, el intercambio deriva hacia el producto en sí. Varios mensajes señalan que el salmón de piscifactoría es más barato y de calidad homogénea en supermercado que en pescadería de barrio, y que la plaza de abastos solo gana cuando el pescado viene del mar. Otros apuntan a la trazabilidad y a la merma por limpieza: un ejemplar puede perder peso al quitarle cabeza y espinas, y ese gramaje es el que aparece en el ticket.
La discusión sobre si el pescado engaña o no engaña se cruza con otra más vieja: la de las básculas de autoservicio retiradas por picaresca. Algunas cadenas las han eliminado y obligan a pesar en caja, lo que reduce el fraude pero también elimina la comprobación previa por parte del cliente.
La factura que nadie firma
El autor del relato no ha pagado los 60 euros, no ha pedido disculpas y no ha dejado rastro voluntario. La tienda ha perdido el producto, el encargado ha perdido una mañana y el siguiente cliente ha perdido la confianza en que la vitrina esté limpia. El único dato que descoloca es que el propio protagonista reconoce que el sistema «está mal hecho» y que deberían corregirlo. Lo dice justo después de aprovecharlo.