Halloween ya no es una fiesta importada: es una batalla cultural
Cada 31 de octubre, España se divide entre calabazas de plástico y flores para los difuntos. La decoración de Halloween ha pasado de ser una excentricidad a un fenómeno masivo, y con ella ha llegado un debate que mezcla tradición, identidad y consumo. La foto de una casa adornada con motivos de la festividad anglosajona —y un cartel que reza «Dont Dead Open Inside», guiño a la primera temporada de
The Walking Dead— sirve de detonante para una discusión que va mucho más allá de los adornos.
El origen celta de la festividad es el primer frente. Hay quien recuerda que Halloween se celebraba en Galicia, Irlanda y Bretaña mucho antes de que Hollywood lo exportara, y quien responde que en Galicia no se ha visto hasta que llegó por la tele. La discusión sobre si es tradición propia o importación estadounidense se cruza con otra más ácida: la queja de que todo lo que viene de América acaba imponiéndose, desde el reguetón hasta la decoración otoñal.
Del «Dont Dead Open Inside» al robo de hostias consagradas
El cartel de la foto es un guiño que pocos pillan: la frase mal escrita que en la serie de zombis se lee de izquierda a derecha y da lugar a un sinsentido. Algunos lo celebran como detalle friki; otros ven en él la prueba de que Halloween es una fiesta para gente con el cerebro licuado. La conversación deriva pronto hacia el consumo: decoración otoñal que queda bien en casas de Connecticut pero no en según qué barrios, y hacia el negocio que mueve la fiesta.
El asunto más serio aparece cuando se menciona el robo de **30 hostias consagradas en Parla**, un episodio que algunos vinculan con rituales de Halloween y que ha llevado a convocar actos de desagravio. La anécdota, real o no, eleva el tono: ya no se discute si la calabaza es de buen gusto, sino si la fiesta ampara comportamientos que cruzan líneas.
Tradición, identidad y el negocio de la nostalgia
Frente al rechazo, hay una defensa clara: Halloween es más divertido que el Día de Todos los Santos, sobre todo para los adolescentes. La fiesta ha encontrado su hueco en el calendario y en el comercio, y los comercios lo saben. Mientras unos llevan flores a sus difuntos —con viajes de **700 kilómetros** incluidos—, otros decoran con esqueletos y telarañas. Ambas cosas conviven sin conflicto en la misma semana.
El trasfondo es el de siempre: la queja sobre la pérdida de tradiciones propias y la sospecha de que todo lo que llega de fuera es peor. La discusión sobre Halloween es, en realidad, una discusión sobre qué España queremos: la de las flores y el silencio o la de las calabazas y el disfraz. Y no hay consenso.
Con la fiesta ya consolidada en Europa y el rechazo creciendo en paralelo, la pregunta no es si Halloween se queda, sino cuánto de nuestra identidad estamos dispuestos a disfrazar.