El seminario que defiende emparejarse con mujeres de 80 años
Un planteamiento que suena a boutade de sobremesa se ha colado en un subforo de Economía con una pregunta incómoda: ¿y si el mercado de
pareja tuviera menos de romanticismo y más de hoja de cálculo? El disparadero es un mensaje que anuncia seminarios sobre por qué los hombres deberían preferir mujeres de 80 años antes que de 25. La provocación no tarda en girar hacia el terreno donde estos asuntos se dirimen de verdad: el patrimonio, la esperanza de vida y el reparto de la riqueza entre generaciones.
La discusión arranca con un tuit del profesor
Gad Saad, conocido por su crítica al discurso woke, en el que se ironiza sobre la asimetría biológica: las mujeres en su veintena viven un momento de ventaja en el mercado afectivo mientras millones de hombres acumulan rechazos, y cuando el valor de ellos sube con la edad, el de ellas baja. La respuesta inicial no se anda con rodeos y carga contra los «expertos». A partir de ahí, el tono se parte entre la coña marinera y el análisis económico.
El valor de mercado de la pareja, según la edad
El argumento que vertebra la conversación es una suerte de arbitraje generacional. Si el atractivo femenino se deprecia con los años y el masculino se revaloriza, el emparejamiento óptimo se convierte en una operación de compraventa de activos con fecha de caducidad distinta. Hay quien lleva la lógica al extremo y sostiene que lo inteligente es buscar pareja «con 96 y por supuesto sin familia y con tierras y dineros». La broma es vieja, pero el envoltorio de rentabilidad le da un aire nuevo.
Frente a esa lectura, otros mensajes rebajan el tono y recuerdan que el éxito relacional no se explica solo por la edad. Se cita el caso del actor
Dolph Lundgren, que según la información manejada en la conversación superó un cáncer con el apoyo de su pareja. El dato que se aporta es que mide 1,96, tiene un cociente intelectual de 160, conserva el pelo y atesora un patrimonio de entre
15 y 18 millones de dólares. La conclusión implícita: cuando hay dinero, atractivo y salud, la edad deja de ser la variable decisiva.
Del chiste al malestar social
La conversación no tarda en saltar del chascarrillo al diagnóstico social. Aparece la idea de que existe una «ingeniería social pura y dura» orientada a que solo tengan hijos los estratos más bajos, y se describe el emparejamiento contemporáneo como «un deporte más arriesgado que practicar salto base sin paracaídas». Son opiniones vertidas al calor del hilo, sin datos que las respalden, pero reflejan un malestar que va más allá de la broma: la sensación de que el mercado de pareja se ha vuelto hostil para el varón medio.
También se matiza el alcance real del asunto. La gente con éxito y dinero, se argumenta, juega en otra liga. El seminario sobre mujeres de 80 años sería, desde esa óptica, una provocación intelectual más que una recomendación práctica. Y se recuerda que el propio autor del tuit, Gad Saad, es un profesor famoso por su crítica al wokismo, lo que invita a leer su mensaje como ironía y no como tesis literal.
Qué hay detrás del interés por la edad en la pareja
El fondo del asunto es una pregunta que la demografía lleva años midiendo: cómo se distribuyen los emparejamientos por edad y qué papel juegan los recursos económicos. La novedad no está en la observación, sino en el marco mental con el que se aborda. Donde antes había biología o costumbre, ahora se aplica el lenguaje del inversor: valor presente, depreciación, riesgo y rentabilidad. La consecuencia es una conversación que incomoda a ambos lados, porque trata a las personas como activos con cotización.
El caso de Lundgren sirve de contrapunto empírico. Un hombre de edad avanzada, con patrimonio elevado y buena forma física, no encaja en el relato del varón que se devalúa. La anécdota desmonta la regla general y recuerda que las medias estadísticas esconden trayectorias muy dispares. Lo mismo ocurre con las mujeres: la generalización sobre su valor decreciente con la edad ignora trayectorias personales y profesionales que no siguen ese guion.
¿Es el seminario una provocación para reírse del mercado de pareja o una muestra del cinismo con el que se abordan hoy las relaciones personales?