La idea de un gimnasio de lujo con cuota de 200€ y admisión selectiva divide opiniones
¿Está dispuesto el público español a pagar 200 euros al mes por entrenar en un espacio libre de masificación, sin música alta y con un código de vestimenta restrictivo? Esa es la propuesta que ha surgido en un debate entre emprendedores: un club deportivo que combine spa, café de especialidad y un ambiente “de señores”. Las cifras y los antecedentes sugieren que el negocio no es tan sencillo.
El precio de 100-200 euros mensuales se sitúa muy por encima de la media. Por referencia, en Barcelona ya funcionan clubs por 130 euros que ofrecen una experiencia similar, según un testimonio. La clave estaría en la exclusividad: derecho de admisión, sin móviles grabando, sin aglomeraciones. Sin embargo, un caso cercano fracasó entre 2014 y 2017, atribuido a un mal timing.
El gancho del derecho de admisión
El elemento más polémico es la política de selección de clientes: se propone un código de vestimenta estricto y la prohibición de tatuajes “de mierda” –una redacción que, más allá de la crudeza, apunta a un nicho muy concreto. Quien defiende la idea sostiene que hay demanda insatisfecha de un espacio “no cutre”, un templo diario. Quien la critica recuerda que en EE.UU. llevan décadas con cadenas como “Planet” (alusión a Planet Fitness, aunque con posicionamiento opuesto), y que la originalidad brilla por su ausencia.
El timing como variable crítica
El precedente de 2014-2017 invita a pensar que, incluso con un concepto sólido, el momento de mercado lo es todo. La pandemia disparó la demanda de fitness premium, pero la inflación actual puede comprimir el gasto discrecional. Un cálculo rápido: con 200 euros/cuota y, digamos, 300 abonados, se ingresarían 60.000 euros al mes, suficientes para cubrir alquiler, personal y equipamiento en una ciudad media. El problema es alcanzar ese número sin diluir la exclusividad.
Con estos mimbres, el proyecto parece más un garaje que una autopista. La ironía final: quien más defiende la idea reconoce que en su ciudad “es imposible encontrar algo no cutre”, lo que delata un mercado local muy específico. El riesgo de quedarse sin abonados es real, y la historia reciente ya ha dado un aviso. Si alguien se atreve, que empiece pequeño y que no invierta en piscina.