La nostalgia de los 80, 90 y 2000: mito y negocio
La nostalgia es un negocio redondo. Y los ochenta, noventa y dos mil, su producto estrella. Un mensaje reciente en un foro lo dejaba claro: «Todo tiempo pasado fue mejor», decía, para acto seguido enumerar una lista de miserias que quitan las ganas de añorar nada. La discusión que se generó a continuación —con defensores de la herencia franquista, nostálgicos de la Movida y escépticos de manual— dibuja un retrato incómodo de cómo construimos la memoria colectiva. Porque el problema no es recordar con cariño una época. El problema es convertir ese recuerdo en un relato político y económico que no resiste el menor análisis con datos.
El mito de la España próspera de los 70
La primera trampa de la nostalgia es la fecha de corte. Para una parte de los participantes, los setenta fueron el último reducto de decencia antes de la degeneración. «Los buenos fueron los 70», resume uno. Otro va más lejos y sostiene que los ochenta y noventa no fueron más que una transición entre la España próspera de los setenta y el estercolero actual. Es una tesis que se cae sola: los setenta en España fueron todo menos prósperos. La crisis del petróleo de 1973 arrasó con el crecimiento, y el país arrastraba una dependencia industrial y energética que lo dejaba a merced de cualquier vaivén exterior. La «próspera España de los 70» es un invento de quien confunde el desarrollismo tardío con bienestar generalizado.
Lo que sí había en los setenta era una dictadura. Y una censura que impedía llamar a las cosas por su nombre. Idealizar esa década no es un ejercicio de memoria, es un ejercicio de amnesia selectiva.
Los datos que desmontan el paraíso ochentero
La lista de problemas que se atribuyen a las décadas de 1980 a 2010 es larga: terrorismo de ETA, crisis económica, drogas, telebasura, deterioro educativo. No es una exageración. ETA mató a más de 800 personas entre 1968 y 2010. La heroína causó estragos en barrios enteros durante los ochenta y primeros noventa. La LOGSE se aprobó en 1990 y su implementación coincidió con un aumento del abandono escolar temprano que España tardó dos décadas en corregir. La crisis de 1993 fue durísima, con una tasa de paro que superó el 20%. Y la de 2008 fue la puntilla.
¿Era eso el paraíso? Depende de para quién. Para el que tenía trabajo fijo y piso pagado, probablemente sí. Para el que se quedó en la cuneta, no tanto.
La nostalgia como producto de consumo
Hay un detalle que se escapa en casi todas las discusiones sobre nostalgia: la industria que la fabrica. Las series de televisión, la música, la moda y hasta la publicidad llevan años vendiendo los ochenta y noventa como un parque temático. No es casual. Es un mercado. Y como todo mercado, selecciona lo que vende y desecha lo que no.
Lo que no vende es la heroína. Ni el paro. Ni la violencia callejera. Ni la precariedad laboral de los contratos basura que empezaron a generalizarse en los noventa. La nostalgia es un filtro. Y como todo filtro, distorsiona.
El futuro también se idealizará
La pregunta interesante no es por qué idealizamos el pasado, sino por qué no somos capaces de ver el presente con la misma indulgencia. Un participante lo apuntaba con retintín: «Dentro de un par de décadas la gente idealizará estos años». Y probablemente tenga razón. La nostalgia es una constante antropológica. Lo que cambia es el objeto nostálgico.
Lo que no cambia es el uso político que se hace de ella. Convertir una década en un paraíso perdido es la forma más eficaz de deslegitimar el presente. Y de paso, de vender un relato que casi nunca coincide con los datos.
La nostalgia no es memoria. Es marketing con banda sonora.