Dimite la portavoz del PSOE en plena campaña electoral
Una dimisión en plena campaña electoral y otra que se anunció como tal sin serlo del todo. Eso es lo que se desprende del asunto que ha sacudido la primera línea política en España: la salida de la portavoz del PSOE, Montse Mínguez. En paralelo, la marcha de una dirigente del PP que era habitual en los platós de tertulia. Dos bajas, dos contextos distintos y un mismo patrón: nadie se va por convicción, se va por presión.
El caso de Mínguez tiene una particularidad que no encaja con el relato habitual. No ha dimitido por un escándalo de corrupción clásico, ni por una investigación judicial abierta contra ella. Ha dimitido en plena campaña, cuando iba a ser el blanco perfecto en cada debate televisivo, en cada mitin y en cada intervención parlamentaria. La dimisión, en ese sentido, no es una rendición: es una retirada táctica antes de que el desgaste fuera irreversible.
¿Por qué dimite la portavoz del PSOE?
La respuesta oficial es que se marcha para no perjudicar al partido en un momento electoral delicado. La respuesta oficiosa, la que circula en los mentideros, es que su continuidad era insostenible. Una portavoz que defiende políticas de vivienda mientras su pareja acumula, según un cálculo que circula, una treintena de inmuebles es un titular que se escribe solo. Y en campaña, los titulares que se escriben solos son los que más daño hacen.
Hay quien sostiene que la dimisión es una cobardía: que lo valiente habría sido negarse semanas antes a defender posturas que no compartía, o haber plantado cara en los debates. En contra pesa el argumento de que, en política, la retirada a tiempo es a veces la única forma de evitar un daño mayor al proyecto colectivo. La línea entre cobardía y responsabilidad es más fina de lo que parece, y depende de quién la mida.
El PP también pierde a una de las suyas
La otra dimisión, la de la dirigente del PP que era habitual en las tertulias televisivas, ha pasado más desapercibida. Pero se va en el mismo momento, en la misma campaña, con el mismo ruido de fondo. La coincidencia temporal ha llevado a más de uno a hablar de fenómenos paranormales: dos dimisiones en política española en cuestión de días es, estadísticamente, casi un acontecimiento sobrenatural.
El patrón, sin embargo, es distinto. En el caso del PP, la salida parece responder más a una reorganización de cara a las elecciones que a una presión externa concreta. En el caso del PSOE, la presión era el caso. Dos dimisiones, dos lógicas, un mismo calendario electoral que todo lo condiciona.
¿Qué pasa después? El destino de los dimitidos
Aquí llega la parte que menos se cuenta. En España, dimitir no equivale a quedarse sin ingresos. La portavoz dimitida no estaba en el Gobierno, pero su puesto en el partido y su escaño le garantizan una continuidad económica que muchos ciudadanos no tienen cuando pierden su empleo. Hay quien apunta que el siguiente paso será colocarla de senadora o de eurodiputada, con sueldos que rondan los
120.000 euros anuales por, en la práctica, no dar un palo al agua.
Esa es la paradoja que más irrita: la dimisión como castigo se convierte, en la práctica, en una reubicación. El político dimitido no se va al paro; se va a otra institución, a otro cargo, a otra nómina. La responsabilidad política, en España, rara vez tiene consecuencias económicas para quien la asume. Y eso, más que ninguna otra cosa, explica por qué la gente desconfía de los gestos de dimisión.
El cálculo que nadie hace: ¿cuánto cuesta cada dimisión?
Más allá del ruido mediático, hay un cálculo que merece la pena hacer. Si la portavoz dimitida acaba en el Senado o en el Parlamento Europeo, el coste para el contribuyente no es cero. Es el mismo sueldo, o más, que antes de dimitir. La diferencia es que ahora no tiene que dar la cara en los debates. El ahorro es de desgaste personal, no de dinero público.
Y mientras tanto, los que de verdad deberían haber dimitido por gestión, por resultados, por decisiones cuestionables, siguen en sus puestos. Esa es la parte que no sale en los titulares: la dimisión como espectáculo, mientras la responsabilidad real sigue sin depurar.
¿Cuántas dimisiones hacen falta para que la política española deje de parecer un fenómeno paranormal?