La pelea por el voto útil que desespera a la derecha
Un domingo cualquiera, un votante de derechas se sienta a hacer cuentas. No de la hipoteca. De escaños. Y descubre, con horror, que su voto puede valer cero. Ese es el punto de partida de una discusión que estos días recorre los mentideros digitales de la derecha española: la vieja tensión entre votar al partido que garantiza mayoría y votar al que representa tus ideas aunque se quede sin representación. El autor del mensaje que abre el fuego lo tiene claro:
«HAY QUE VOTAR AL PP-VOX para tener mayoria JODER». Y añade un argumento que no es ideológico sino aritmético: «No es ideologia, son matematicas y probabilidades».
El problema es que las matemáticas, en política, nunca son neutrales. Quien las invoca suele estar pidiendo a los demás que se traguen sus principios. «Taparos la nariz», dice. Y ahí empieza el espectáculo.
El voto útil como chantaje emocional
La primera respuesta no se hace esperar: «A mí todos los votontos me parecéis igual de ridículos. Menos votar y más prender fuego a centros de menas». La provocación es explícita y busca el choque. No es un argumento, es un gesto. Pero debajo de la provocación hay una corriente real: la del abstencionismo combativo, la de quienes consideran que participar en el sistema es legitimarlo. «Yo estaré ese domingo entero haciendo planes», responde otro, «y a ti espero que te toque pringar en una mesa electoral».
El desprecio por la papeleta tiene su propia lógica. Si el sistema está amañado, quien vota es un cómplice. «Tu voto, independientemente del signo, es el que permite que surjan monstruos como Pedro Sanchez», se lee. La acusación de fraude electoral planea sobre varios mensajes, aunque nadie aporta una prueba. Son sospechas, no hechos.
La abstención no es neutral: beneficia al que ya tiene el poder
Frente a los abstencionistas, los partidarios del voto útil contraatacan con un argumento sencillo: «Los que no votáis supongo que estaréis encantados con el gobierno actual sino no me lo explico, o es que sois tontos». La ecuación es brutal pero clara: si no votas, el gobierno que criticas se queda. Y si votas a un partido sin escaños, el efecto es el mismo.
Ahí entra en juego la geometría electoral. «Vox no va a superar al PP ni de coña hay que asumirlo», sentencia el autor del mensaje inicial. Es una afirmación discutible, pero refleja una percepción extendida: que el voto a la derecha radical resta más de lo que suma. La conclusión práctica es siempre la misma: hay que concentrar el voto.
El argumento que nadie quiere oír: la nostalgia no gana elecciones
En medio del fuego cruzado, aparece una confesión que resume la tensión interna de una parte del electorado: «Adoro a Jose Antonio y Franco pero ahora no es el momento de nostalgias». Es la rendición del purista ante la aritmética. O la traición del idealista, según se mire. «Merecemos todo lo que nos pase», añade, en un arranque de masoquismo político.
La respuesta desde el flanco doctrinal no se hace esperar: «Votar a un partido u otro de los que sostienen el estado secular, vestido de democracia liberal, socialdemocracia o cualquier otra puta mierda de nombre falso inventado por la judeomasonería es a la vez inútil e inmoral». El argumento es circular: cualquier participación es contaminación. Y así, el debate se cierra en falso.
Lo que está en juego: mayoría o califato
El miedo de fondo es explícito: «evitar la decadencia de España y que se convierta en un califato bananero socialista». La hipérbole es de trazo grueso, pero funciona como movilizador. El votante de derechas que se abstiene, según esta lógica, está regalando el país a sus enemigos.
El problema es que la amenaza se percibe como tan grave que cualquier medio parece justificado, incluido votar a quien no te representa. «Solo nos queda esta bala», dice el autor. Una bala que, según él, muchos están desperdiciando por pureza ideológica.
Al final, la discusión no se resuelve. Nadie convence a nadie. Y mientras tanto, el calendario avanza. La pregunta que queda flotando no es a quién votar, sino si el voto de uno sirve para algo. La respuesta, como siempre, la darán las urnas. O los que las cuentan.