Abstención catalana y europea: el pulso de los que no votan
Hay una escena que se repite cada jornada electoral: el que dice que no vota, pero no se pierde un hilo de política. La pregunta que abre esta discusión es si a las
elecciones catalanas y a las europeas acudirá esa misma legión de abstencionistas que desprecia a quienes van a las urnas. La respuesta mayoritaria, sin matices, es que sí: los mismos que llaman votontos a los demás.
El reproche central no es la abstención en sí, sino la contradicción. Se acusa a los abstencionistas de creerse más listos por no votar mientras son «los primeros en comentar las elecciones». La comparación que circula es la del aficionado que no se pierde un partido de la selección aunque reniegue de ella. Y el remate: el domingo a las 19:55 estarán todos pegados al televisor.
Por qué se abandona el voto
El trasfondo es la desafección. Se argumenta que la derecha que se percibe como casposa, junto a una caverna mediática, política y judicial, genera un rechazo que empuja a la abstención. La imagen que se usa es la de árboles plantados en la orilla para que no se vea el bosque.
Pero la abstención no es homogénea. Hay quien la vive como coherencia y quien busca destino para su voto. Un participante reconoce que se plantea votar a Iustitia Europa, formación que, según su relato, defendió los derechos de los ciudadanos y de los no vacunados durante la pandemia. Es la primera vez, dice, que ve a alguien defender a los ciudadanos.
El voto útil frente al voto de castigo
Frente a esa opción, aparece el diagnóstico de que la banda socialista y el independentismo vuelven a ganar. El análisis es que las cosas cambian poco a poco, pero no lo suficiente, y que los votantes de izquierda y los independentistas no se abstienen nunca. La abstención, en esa lectura, no es neutral: beneficia a quien tiene un electorado más movilizado.
La discusión deriva en un intercambio de etiquetas. Se corrige el término: no abstontonistas, sino abstenciolistos. Se acusa a los abstencionistas de comerse los mocos sin pelar mientras opinan de todo. Y se les recuerda que, voten o no, al rey no pueden votarle.
La letra pequeña de la abstención
La paradoja tiene su versión más incómoda: quien no pensaba votar y acaba presidente de mesa, obligado a pasar el día en el colegio electoral. La abstención no exime de la logística electoral.
El cierre lo pone el dato que descoloca: ni el 50% de participación a las 18:00. Con ese nivel, la abstención deja de ser una anécdota y se convierte en el principal actor de la jornada.