Francesc Augé muere el 26 de noviembre tras 768 días de eutanasia bloqueada
Un hombre de 56 años, dos infartos y cuatro ictus a la espalda, fija la fecha de su muerte para el 26 de noviembre. Francesc Augé, camionero de Vallirana (
Barcelona) hasta que la crisis de 2008 lo mandó al paro, lleva dos años peleando en los juzgados por un derecho que la ley le reconoce y que un recurso familiar mantenía en el limbo. «No tengo
calidad de vida; yo ya no soy yo», resume. No pide compasión: pide que le dejen irse.
El caso tiene un detalle que descoloca. El bloqueo no lo sostuvo un extraño, sino su padre, de 96 años y católico practicante, empujado —según el propio Francesc— por unos amigos del hijo que se oponían a la
eutanasia. La paradoja es de manual: quien te trajo al mundo decide cuándo puedes salir de él, aunque tengas 56 años y plena capacidad. La gota que rompió el dique fue un intento de suicidio en septiembre, tras el cual el progenitor retiró el recurso.
De la eutanasia al suicidio: el coste de no legislar
La asociación Dret a Morir Dignament lo confirma: antes de la ley, mucha gente con sufrimiento extremo acababa quitándose la vida por su cuenta. El propio Augé lo intentó. «Si estás en contra de la eutanasia, estás a favor del suicidio», sentencia. No es una frase de tertulia: es la descripción de un sistema que, al no ofrecer una salida regulada, empuja al paciente al puente, a las vías o al tubo de escape.
El argumento del dolor físico se cae solo. Augé tiene dificultades para hablar, tarda días en lo que antes hacía en uno, no puede escribir una frase en un folio. «Algunos, si no ven el dolor, parece que este no existe», dice. La ELA o el cáncer terminal se ven; el deterioro neurológico, no. Y lo que no se ve, en este país, se discute.
La burocracia como negocio
El trámite tiene su propia industria. Entre abogados, recursos, juzgados y campañas mediáticas, el proceso de muerte digna se ha convertido en un circuito donde alguien cobra. La reflexión que sobrevuela: el suicidio es gratis y la eutanasia no, y esa diferencia explica por qué se persigue uno y se tramita la otra con cuentagotas.
Augé no quiere el «circo» que se montó con Noelia Castillo, la joven de 25 años cuyo proceso también estuvo dos años parado por su padre. Aquel día hubo carteles y rezos a la puerta del centro. Él morirá en un hospital, pero no dirá cuál. Hará una fiesta de despedida el fin de semana previo al 29-N. «Será el día más feliz de mi vida», dice, y sonríe.
¿Cuántos Francesc Augé siguen esperando, sin titular, a que alguien firme su salida?