Europa era una princesa fenicia y el toro, el animal ario por antonomasia
El nombre del continente más rico del planeta viene de una mujer que, según el relato mitológico recogido por Apolodoro, era hija de un rey fenicio y fue raptada por Zeus transformado en toro blanco. La paradoja no es menor: la Europa que hoy se reivindica como cuna de la civilización occidental debe su bautismo a una princesa de origen semita que nadó a lomos de un buey hasta Creta, donde dio a luz a Minos, Sarpedón y Radamanto.
La etimología tampoco resuelve el misterio. El nombre se ha traducido como «de ojos grandes», epíteto lunar, o «de voz amplia», correlato del antiguo Zeus Euríopes. El filólogo A. F. Losev sitúa su culto en los estratos pregriegos del norte de Grecia y Asia Menor, y la emparenta con las divinidades ctónicas: en Sidón era indistinguible de Selene y Astarté. Una deidad de la tierra y de la fertilidad, no una matriarca al uso.
El toro como símbolo de la península ibérica
El animal que secuestra a la princesa es el mismo que vertebra la iconografía de medio continente. El toro representaba la fuerza, la fertilidad de la tierra y la domesticación del ganado, y la leche y sus derivados —quesos, yogures, fermentos— se convirtieron en el sustento diario que permitió sobrevivir a poblaciones enteras en épocas de escasez de cosechas. El salto de cazadores a ganaderos permitió a los antiguos europeos asentarse y prosperar.
De ahí que el mito salte al cielo: tras el rapto, el toro blanco es elevado por Zeus para convertirse en constelación. Y de ahí también la incomodidad de ciertas lecturas contemporáneas que quieren ver en la tauromaquia una costumbre ajena a lo europeo. La simetría es exactamente la inversa: la princesa que da nombre al continente es semita y el toro es el animal totémico de la Europa antigua, presente desde la Edad del Bronce y antes en todo el continente, desde los frescos de Creta hasta la vaca primigenia que liberó del hielo al primer dios nórdico.
El sacrificio del toro y la herencia mitraica
Hay una segunda lectura, menos amable con el animal. En la tradición heroica el toro es derrotado: Teseo vence al minotauro de Creta y la tauromaquia reproduce ese esquema, con el torero en el papel del héroe que somete a la bestia. La tradición hunde sus raíces en la religión mitraica, muy extendida entre los militares de la Roma tardía, donde el sacrificio del toro era el centro del rito. El toro debe morir para que todos vivamos, resume la fórmula.
El mito, por tanto, no es unívoco. Fertilidad y sacrificio, rapto y constelación, diosa ctónica y bestia sometida. La princesa fenicia que bautizó al continente carga con todas esas capas y con una pregunta que sigue abierta: ¿qué parte de esa herencia se reivindica y qué parte se prefiere olvidar?