Benny Hill, el humor que ya no se puede hacer
Benny Hill no fue la mejor serie de humor de la historia. Ni de lejos. Pero se ha convertido en el mejor termómetro para medir cuánto ha cambiado lo que se puede decir en televisión. La pregunta que abre el asunto —si aquello fue la cúspide del género— se responde sola con el paso de los párrafos: era un producto repetitivo, de mueca y persecución, que funcionaba porque había poco más. Y sin embargo, casi nadie lo recuerda con rencor. Lo recuerda con nostalgia.
La serie se sostiene sobre un mecanismo simple:
chicas en lencería, un anciano lascivo y un calvito al que todo le sale mal. Quien lo vio de adolescente lo disfrutó sin culpa. Quien lo revisa hoy admite que aguanta poco. «Era increíblemente repetitiva y muchas veces no tenía ninguna gracia», resume una de las intervenciones más lúcidas del asunto. Otra lo despacha sin anestesia: «Para ver eso veo porno y me dejo de gilipolleces soft».
El éxito que no dependía de la calidad
Aquí está el punto que casi nadie quiere admitir:
el gran logro de Benny Hill no fue hacer buen humor, fue instalarse en el imaginario colectivo. Todo el mundo reconoce su sintonía. Sus persecuciones a cámara rápida se han copiado en series, películas y dibujos animados. Eso no lo consigue una obra mediocre por casualidad; lo consigue una obra que acierta en el formato aunque falle en el chiste.
La comparación con otros referentes británicos es inevitable y sale mal parada.
Fawlty Towers,
Blackadder, los
Monty Python o
The Two Ronnies aparecen una y otra vez como ejemplos de humor más inteligente, más trabajado y, sobre todo, más difícil de doblar. El caso de
Fawlty Towers es el más sangrante: el personaje de Manuel fue reconvertido en italiano, mexicano o napolitano según la cadena, y el doblaje fue tan desastroso que la serie dejó de emitirse. El gag de las «Four candles», basado en un juego de palabras intraducible, es el ejemplo perfecto de por qué el humor británico necesitaba un espectador con paciencia.
La censura que llegó después
Hay una corriente que sostiene que
a Benny Hill lo hundieron las campañas feministas hasta cerrarle el programa. Es una afirmación que circula sin documentación y que conviene tratar como lo que es: una versión. Lo que sí es verificable es que su humor, basado en la cosificación sistemática de la mujer, se volvió inviable en la televisión pública británica conforme cambiaron los criterios editoriales. El propio cómico murió solo y arruinado, según se recuerda en el asunto, y su legado quedó atrapado en esa contradicción: divertía a millones y ofendía a otros tantos.
La queja de fondo no es sobre Benny Hill. Es sobre lo que vino después. «Si quiero pensar me leo un libro, el que yo quiera», resume una intervención que captura el malestar de toda una generación. La sensación de que
el humor ha pasado por el filtro político y ha salido domesticado recorre el asunto de principio a fin. No es una tesis sobre la calidad de la serie; es una tesis sobre el presente.
La nostalgia como síntoma
Lo más revelador del asunto no es la defensa de Benny Hill. Es la defensa de la época.
Se añora un tiempo en que la televisión no pretendía educar, en que uno veía lo que había y si no le gustaba cambiaba de canal. «Antes, si no te gustaba una serie, pues no la veías. Hoy en día, emitir alguna de esas igual es delito de odio», apunta una intervención que mezcla exageración y diagnóstico certero.
Esa nostalgia tiene un componente generacional evidente. Quien creció con Benny Hill lo asocia a la risa fácil, a la transgresión sin consecuencias, a un mundo que ya no existe. Quien lo descubre hoy ve un producto tosco, repetitivo y a veces directamente aburrido. Las dos cosas son verdad al mismo tiempo.
La serie no ha cambiado; ha cambiado el espectador.
El veredicto que nadie firma
¿Fue la mejor serie de humor jamás hecha? No. ¿Fue importante? Sí, pero por razones que tienen poco que ver con la comedia y mucho con la memoria.
Benny Hill es el síntoma de una televisión que ya no existe, no la prueba de un talento excepcional. Y eso, paradójicamente, la hace más interesante ahora que cuando se emitía.
Si dentro de veinte años alguien revisa las comedias que hoy se consideran intocables, es probable que encuentre el mismo desfase. La pregunta no es si Benny Hill envejeció mal. La pregunta es cuál de las series actuales envejecerá igual de mal, y quién se atreverá a decirlo entonces.