Sánchez disuelve las Cortes y deja 54 días de margen
¿Para qué convoca elecciones alguien que no está obligado a hacerlo hasta 2027? Esa es la pregunta que sobrevuela cada conversación sobre la decisión de Pedro Sánchez de disolver las Cortes y convocar comicios para el 29 de noviembre. La lectura oficial habla de un gesto democrático tras la caída de sus decretos de vivienda. La lectura que circula por los mentideros económicos es bastante menos épica: un cálculo electoral, un censo recién ampliado por la ley de nietos y la sospecha de que el
voto por correo puede jugar un papel decisivo.
Por qué se habla de un estado de emergencia en 54 días
El primer mensaje del debate lo plantea sin rodeos: con el Congreso disuelto, el Ejecutivo tendría
54 días —hasta la constitución de las nuevas Cortes— para buscar una excusa con la que declarar el estado de emergencia y seguir gobernando, renovándolo después a través de la Diputación Permanente, donde el Gobierno conserva mayoría. La tesis es dura, pero no es la única que circula.
Hay quien responde que la maniobra no tiene sentido: el presidente no está obligado a convocar elecciones hasta
agosto de 2027, así que si el objetivo fuera suspenderlas, bastaba con no convocarlas. Para ese viaje, no hacían falta tantas alforjas. El contraargumento es que un estado de alarma declarado sobre unas elecciones ya convocadas genera un relato muy distinto: no es un presidente que se aferra al cargo, es un presidente que protege a los ciudadanos de una emergencia.
El cálculo electoral: censo, voto por correo y Mari Carmen
La hipótesis más repetida no es la del estado de emergencia, sino la del puro cálculo electoral. El detonante sería el desgaste acumulado por el caso del chalet de
Collado Mediano, embargado por impago hace 26 años, que desmonta el relato oficial del desahogo económico. A eso se suma el nuevo censo ampliado por la ley de nietos y la sospecha —nunca probada— de un pucherazo en el voto por correo. Desde esa óptica, el adelanto no busca dar la palabra al pueblo, sino congelar una mayoría antes de que se descomponga.
La oposición institucional ya ha pedido que se vote presencialmente. Es una petición razonable en cualquier democracia y, a la vez, un reconocimiento implícito de que el voto por correo se ha convertido en campo de batalla.
El agujero económico que nadie quiere mirar
Mientras la clase política discute el calendario, hay una lista de problemas que no desaparecen con un adelanto electoral. Se apunta a que
no habrá pasta para las pensiones en diciembre, que los fondos NextGen se han agotado, que la vivienda es un pifostio y que la inflación está por las nubes. La conclusión que se extrae de ese cuadro es incómoda: el próximo Gobierno heredará un agujero del tamaño de
cinco Grecias de 2015.
La sospecha de fondo es que el adelanto no busca resolver nada, sino traspasar el marrón al adversario. Si gana la derecha, la culpa de todo —incluido lo de Ceuta— será suya. Si pierde, el relato del cerco exterior justifica cualquier cosa. Es la política como gestión de culpas ajenas.
La hipótesis que nadie firma: Ceuta y el estado de excepción
En el extremo más especulativo del debate aparece la hipótesis de un ataque de Marruecos a algún islote, un estado de excepción y la suspensión de las elecciones. Otra variante sugiere que se pedirá a Marruecos que actúe en Ceuta para justificar la medida. Son escenarios sin ninguna prueba que los respalde y conviene tratarlos como lo que son: especulación de barra de bar. La única certeza es que el calendario electoral deja un margen de
54 días en el que cualquier cosa puede pasar.
Al final, la pregunta no es si Sánchez tiene un plan secreto. La pregunta es si alguien en este país tiene un plan que no consista en culpar al que venga después.