El partido de Bolsonaro claudica ante Lula
El Partido Liberal brasileño, la formación por la que se presentó el senador Flavio Bolsonaro, reconoció este lunes los resultados de los comicios presidenciales que acabaron con la reelección de Luiz Inácio Lula da Silva. Lo hizo mientras el apellido que le da sentido a su marca política se deshilacha por horas: el patriarca está en prisión por el asunto golpista y el hijo senador, según las informaciones que se manejan, habría salido del país rumbo a Estados Unidos.
La rendición formal de la sigla llega con la derecha brasileña partida en dos. Los partidos de derecha suman
334 de los 513 escaños de la Cámara de Diputados y
55 de los 81 del Senado, un bloque que va del centroderecha a la derecha dura. Ninguno de ellos pidió el voto para Lula. Y varios tampoco lo hicieron para Bolsonaro. Gobernar con ese mapa no es imposible; es un ejercicio de equilibrismo diario.
De futuro presidente a futuro presidiario en 24 horas
El hijo del expresidente arrastra una investigación por presunto blanqueo de dinero vinculado a las apuestas. Tenía orden de entregar sus pasaportes —tiene varios— y, según las versiones publicadas, se encontraría por Argentina, país al que se puede pasar desde Brasil solo con el DNI por pertenecer al Mercosur. Un avión en pista esperaría para llevarlo a Estados Unidos. La estampa tiene su gracia: quien prometió mano dura contra el crimen organizado acaba gestionando su propia fuga con logística de agencia de viajes.
El contraste con el gobernador de São Paulo es demoledor. En el estado más poblado del país, el candidato lulista perdió por
seis millones de votos; Bolsonaro, en el mismo territorio, ganó por solo dos. Hay millones de brasileños de centroderecha que votan gobernadores y senadores de su gusto y, sin embargo, no tragan a la familia Bolsonaro. Ese electorado existe y está huérfano de candidatos presentables.
El PP español y el espejo brasileño
La comparación con la política española salta sola, aunque conviene manejarla con pinzas. El Partido Liberal brasileño no es el PP, del mismo modo que un tiburón no es una lubina. Pero la tentación de mirarse en el espejo tiene su lógica: una derecha que gana elecciones locales y legislativas y luego se queda a las puertas del Ejecutivo por la incapacidad de construir un relato que sume más allá de su núcleo.
La lección, si hay alguna, es de manual: los partidos que se atan a un apellido acaban atados a su biografía judicial. El PL ha reconocido el resultado porque no tenía otra salida institucional. La pregunta es cuánto tarda en encontrar un cartel sin ese apellido. Y si lo encuentra, si alguien lo vota.
Con estos mimbres, la derecha brasileña debería reconstruirse lejos de los Bolsonaro. Debería. Pero la política premia más la fidelidad emocional que la hoja de servicios, y ahí el apellido sigue pesando. Tardaremos en ver el cesto nuevo.