El Don Juan de Tirso condena; el de Zorrilla redime: la grieta del mito
El Don Juan que creó Tirso de Molina en «El Burlador de Sevilla» muere sin arrepentirse y va directo al infierno. El que popularizó José Zorrilla en «Don Juan Tenorio» se salva gracias al amor de Doña Inés. Dos finales opuestos para un mismo personaje, y una discusión que reaparece cada vez que alguien compara ambas obras: según un participante, la versión del Siglo de Oro es literariamente superior; la del Romanticismo, un éxito de público que traiciona el sentido original.
La tesis de partida es que «El Burlador» es una obra moralizante, filosófica y religiosa, escrita en la España de la Contrarreforma. Frente a las críticas luteranas al sacramento de la confesión, Tirso construye a un pecador irredento que confía en arrepentirse cuando sea viejo. Su lema es «¡Cuán largo me lo fías!», el tiempo que cree tener por delante. La muerte le llega de improviso y un viejo enemigo lo arrastra al infierno. La justicia divina no admite bromas con la misericordia.
Por qué el final de Zorrilla cambia el sentido de la obra
En la versión de Zorrilla, Don Juan tiene tiempo de arrepentirse. Y no es un pecador cualquiera: según esta lectura, es un criminal y asesino mucho más abyecto que el de Tirso. El final feliz fue celebrado por el público, pero contradice lo que Tirso quería transmitir. Doña Inés negocia directamente con Dios y ofrece su propia pureza para redimir a Don Juan. En el cementerio le revela que ha puesto su alma como prenda de salvación. El amor salva a Don Juan al pie de la sepultura.
Hay quien defiende que la comparación depende de los valores que se prioricen. Si se mide originalidad, coherencia temática y audacia teológica, Tirso impuso el arquetipo. Si se mide impacto popular, belleza lírica y emotividad, Zorrilla tiene méritos equiparables. Decir que uno es «muy superior» sería desconocer las virtudes específicas de cada obra en su contexto histórico.
La autoría discutida y el problema teológico
La atribución de «El Burlador de Sevilla» a Tirso no es unánime. Hay quien sostiene que la obra es literariamente «regulera» y que ni siquiera es de Tirso. El contraejemplo que se cita es «El condenado por desconfiado», de mayor mérito literario, donde sí hay arrepentimiento final porque el hombre no está predestinado. La conclusión que se extrae es que la comedia no desarrolla un asunto teológico claro: si mueres como viviste, es más fácil pensar que naciste para ser un malvado.
La defensa del libre albedrío y del sacramento de la confesión se entiende mejor con el final opuesto: alguien que parece un réprobo sin enmienda se arrepiente y se salva. Eso es justo lo que ocurre en «El condenado por desconfiado». El final de condenación, en cambio, resulta más romántico y más trágico, en la línea de don Álvaro o los amantes de Teruel.
Otras versiones del mito que se reivindican
Frente a las dos obras canónicas, se reivindican dos versiones españolas del mito: «El estudiante de Salamanca», de Espronceda, y «Pero ¿hubo alguna vez once mil vírgenes?», de Jardiel Poncela. En ninguna de las dos el personaje se llama Don Juan. Espronceda lo convierte en una figura espectral, casi gótica, donde el castigo se vuelve poético y alucinatorio. Jardiel subvierte el mito con humor y absurdo, despojándolo de solemnidad y revelando su potencial paródico.
La discusión se enmarca en una comparación más amplia entre dos Españas literarias. La del Siglo de Oro pugnaba por el dominio del mundo; la decimonónica, tras un siglo de decadencia, terminó sin imperio ni influencia. De ahí que se defienda que la literatura del segundo período no le llega a la suela de los zapatos a la del primero, con todo el respeto para Pérez Galdós, Bécquer y la generación del 98.
El punto exacto donde el análisis se atasca es la autoría: si «El Burlador» no es de Tirso, la comparación de estilos se queda sin base. Y si lo es, queda por explicar por qué el público sigue prefiriendo al Don Juan que se salva.