El PP veta minutos de silencio por Maricarmen en Madrid
El Ayuntamiento de Madrid y la Asamblea regional han rechazado guardar un minuto de silencio por la muerte de Maricarmen, la octogenaria desahuciada de su vivienda de alquiler antiguo que se convirtió en símbolo de la crisis habitacional, según El País. La decisión, adelantada por
El País en la misma jornada en que se celebraban los comicios del 29-N, ha reabierto la brecha entre quienes exigen gestos institucionales y quienes consideran que la muerte se está instrumentalizando. El PP ha vetado sendos minutos de silencio en las dos cámaras, y la negativa ha sido leída por parte del arco político como un error de cálculo de consecuencias electorales aún por medir.
Qué costaba guardar un minuto de silencio
La pregunta recorre los mentideros: qué costaba. Nada, sostienen quienes creen que el gesto habría desactivado la munición que ahora les disparan. Mucho, responden desde la otra orilla, porque un minuto de silencio por una autoridad que vivió veinte años en casa ajena —según la descripción que circula— equivale a reconocer una culpa institucional que nadie está dispuesto a firmar.
El PP ha vetado el homenaje en el Ayuntamiento y en la Asamblea, y esa doble negativa se ha convertido en el titular de la jornada electoral.
Hay quien sostiene que el PSOE va a usar esa muerte. Para rebatirlo, la receta que circula es simple: haces el minuto de silencio y luego, ante los ataques, contestas que los culpables son otros. La ausencia del gesto, en cambio, deja el flanco abierto y convierte cada réplica en una defensa a la contra.
Solo dan munición, resume una de las voces más repetidas.
La doble vara del minuto de silencio institucional
La objeción de fondo no es nueva: ¿acaso se guarda un minuto de silencio cada día por cada persona que fallece en este país? La pregunta, lanzada como dardo, apunta a la arbitrariedad del protocolo. Los minutos de silencio institucionales se reservan para autoridades, víctimas de violencia o figuras públicas, y Maricarmen no encaja en ninguna de esas categorías formales. Ese es el argumento que esgrimen quienes defienden la negativa.
En contra pesa el argumento contrario: precisamente porque no era nadie, su muerte se ha convertido en el símbolo de un problema colectivo. La vivienda. El alquiler antiguo. El desahucio de una mujer de 87 años. La negativa a guardar un minuto de silencio no se lee como coherencia protocolaria, sino como falta de empatía.
Los ayuso boy's carecen de empatía ninguna, sentencia una de las corrientes más duras del análisis, que añade: ni de vista electoral.
El uso electoral de una muerte
La discusión deriva rápidamente hacia el cálculo político. ¿Se gana o se pierde electoralmente con un minuto de silencio? Una parte del análisis lo compara con otros gestos simbólicos que acabaron en abucheo y en ridículo público. Otra parte sostiene lo contrario: que el coste de no hacerlo es mayor que el de hacerlo, porque la imagen de una institución negándose a un gesto mínimo se instala en el imaginario colectivo con más fuerza que cualquier discurso.
La sombra de la conspiración también aparece, aunque sin respaldo probatorio. Hay quien llega a insinuar que la muerte no fue natural. Esa hipótesis circula sin pruebas y no debe tomarse como un hecho. Lo que sí es un hecho es que la entrevista de Maricarmen, emitida en televisión, señalaba al Gobierno central como responsable de su situación, y ese material ha sido reciclado por unos y por otros según conveniencia.
El dato que descoloca
El PP vetó dos minutos de silencio en dos instituciones distintas el mismo día. La aritmética electoral dirá si fue un error o un acierto. Lo que no admite discusión es que la muerte de una mujer de 87 años se ha convertido en el eje de una campaña, y que el silencio —el que no se guardó— ha acabado sonando más fuerte que cualquier discurso.