La paradoja de los que exigen hijos a los demás
Hay una contradicción que recorre buena parte del discurso público sobre la natalidad: quienes más insisten en que la gente no tiene hijos por culpa de una agenda política son, con frecuencia, los que tampoco los tienen. Un tuit viral lo resumía con sorna: «Por culpa de la agenda 2030 la gente no tiene hijos». La respuesta no se hizo esperar: «Flaco, vos tampoco tenés hijos, ni vos, ni Milei, ni Lilia, ni nadie de derecha». La cosa no quedó ahí. Lo que empezó como un cruce de acusaciones derivó en un inventario improvisado de rostros conocidos del activismo anti-woke, con una pregunta incómoda flotando en el aire: ¿cuántos de los que pontifican sobre la natalidad han pasado por el trámite de criar a alguien?
El asunto tiene miga porque toca un nervio sensible. La natalidad es un fenómeno demográfico complejo, con causas económicas, culturales y de vivienda que ningún eslogan resuelve. Pero en la conversación pública se ha convertido en un arma arrojadiza. Y las armas arrojadizas, cuando se empuñan sin mirar primero el propio currículum, acaban disparando hacia dentro.
La lista de los sin hijos que exigen hijos
El argumento central es sencillo: si la falta de hijos fuera consecuencia directa de una conspiración ideológica, los ideológicamente contrarios deberían estar criando como conejos. No parece el caso. «De cada anti-woke con hijos sacas 5 o más sin», sostenía una intervención. La afirmación no va acompañada de un censo, sino de una impresión que se repite en distintos mensajes: la mayoría de los que agitan el espantajo de la despoblación rozan los cuarenta sin descendencia.
La acusación de hipocresía es explícita: «No te puedes quejar de “ejjjque nadie tiene hijos” y luego tú rozar los 40 sin tenerlos». El tono es de guasa, pero la pulla va dirigida a un estilo de vida que, en la práctica, se parece sospechosamente al de los «progres» a los que dicen despreciar. «Son “progres” en su modo de vida, solteros sin hijos, pero odian a los progres y son conservadores en el decirte lo que tenés que hacer», rezaba otra réplica.
De la agenda 2030 a la biología: el argumento se agota
Cuando el debate se aleja del cruce de acusaciones, aparece una explicación más prosaica: la gente no tiene hijos porque no quiere o no puede. «La gente no tiene hijos porque no le da la gana. No le deis tantas vueltas», zanjaba una intervención. Otra añadía un matiz material: «Todos somos parte de una sociedad lobotomizada y además nos afecta la economía. Por otra parte una persona sola no puede tener hijos, menos aun siendo hombre».
Ahí se abre una vía que el ruido ideológico tapa: la soledad no deseada, la falta de pareja estable, los costes de la crianza. Factores que no encajan en el relato de la agenda conspirativa, pero que explican mejor que cualquier decreto la caída de la fecundidad. La ironía es que algunos de los que más denuncian la «agenda» son los primeros en reconocer, cuando se les pregunta por su caso, que el problema no es político sino personal.
El plan de los roboces y las cunetas vacías
No faltan las salidas de tono. Un mensaje imagina un futuro en el que la falta de hijos se resuelve con máquinas: «Bueno ese es el plan de aquí a 2100, todo va como tiene que ir, que hagan lo que les salga de los cojones ya les venderán roboces». La caricatura sirve para señalar la deriva de un discurso que, de tanto invocar el fin de la civilización, acaba sonando a ciencia ficción barata.
El cierre del intercambio deja un regusto amargo. «Y las cunetas sin llenar todavía», espeta alguien, mezclando natalidad con memoria histórica en un salto que ilustra la temperatura del asunto. La pregunta de fondo sigue sin respuesta: si la culpa no es de la agenda, ni de los progres, ni de los solteros, ¿de quién es? Quizá de nadie. O quizá de todos.