El etnoestado socialista, una contradicción que nadie logra cerrar
¿Puede un etnoestado —un Estado definido por una identidad étnica— ser también socialista? La pregunta suena a ejercicio de laboratorio, pero ha ocupado a los participantes de un debate nacionalista. Y la discusión gira en torno al mismo punto: hay quien sostiene que el etnoestado exige homogeneidad y que el socialismo exige clase, y que ninguno de los dos encaja con el otro.
Etnoestado sí, socialista no
Un participante lo tiene claro: «Etnoestado sí, pero socialista no». Su razonamiento es más emocional que económico, pero lo repite con insistencia: la palabra socialismo activa recelos automáticos. A quienes defienden la fusión se les replica, por otro lado, que el único producto histórico coherente de esa mezcla es el nacionalsocialismo. Como alternativa aparece el modelo de autosuficiencia (Juche), y contra él se responde que su economía depende de Rusia y China y que el resultado es un
bluf.
De la identidad cultural a la racial: dónde se rompe el consenso
El asunto se abre cuando alguien plantea si el proyecto debe seguir por el lado de la identidad cultural o dar el salto a la identidad racial europea. Ese mismo participante argumenta que una persona negra educada desde pequeño en la cultura europea no se reconocería en referentes como Cervantes, Góngora o Carlos V. El desacuerdo, sin embargo, no se resuelve.
El laboratorio histórico: Strasser, Feder y Schacht
Los paralelismos históricos aparecen pronto. Se cita a
Otto Strasser, diputado del NSDAP, a
Gottfried Feder, economista de cabecera del partido, y a
Hjalmar Schacht, señalado por haber saboteado desde dentro los planes económicos del régimen. Incluso se recurre a Churchill para sostener que el crimen imperdonable de Alemania fue desvincular su economía del sistema de comercio mundial.
Modelos hay muchos; facturas, ninguna. Y lo único que nadie discute en todo el intercambio es el tiempo que se tarda en no llegar a ninguna parte.