Tres mil euros al mes para llenar una bañera de hielo en una cárcel tailandesa
La cifra la puso sobre la mesa el periodista Saúl Ortiz: Daniel Sancho dispondría de unos
3.000 euros mensuales, sufragados por su entorno de amistades, para sostener su rutina dentro de la prisión. El dato, difundido por
20minutos, describe a un recluso que compra arroz y pollo al margen del rancho penitenciario y que, sobre todo, se gasta el dinero en hielo. Dos veces al día, según esa versión, llena la bañera para una terapia de frío orientada a mantener la musculatura.
El relato tiene algo de paradoja: un preso con más presupuesto de bienestar que muchos trabajadores en libertad. Y ahí empieza el escepticismo.
¿Cuánto cuesta mantener ese ritmo de vida en prisión?
El cálculo oficial no existe. Lo que hay es una estimación periodística de 3.000 euros mensuales para «vivir como vive», en palabras recogidas del propio comunicador. Para calibrar la magnitud, un dato que circula en la conversación: un funcionario de prisiones tailandés cobra entre
300 y 400 euros netos al mes, del novato al jefe de turno. Diez funcionarios para un solo recluso.
Esa desproporción explica por qué la noticia se comparte con sorna. También por qué se cuestiona. La terapia de frío es una práctica de deportistas de élite, no un servicio penitenciario estándar, y encaja mal con el régimen de una cárcel de máxima seguridad.
La versión que desmonta la bañera
Frente al relato del hielo diario surge la corrección más pegada al terreno: en un centro de máxima seguridad, con presos por delitos muy graves, el castigo se impone por encima de cualquier privilegio. Celda compartida, dormir en el suelo y beneficios reducidos a comida e higiene. Bajo ese prisma, la bañera de hielo dos veces al día suena a invención de redacción.
No es la única objeción. También se discute el origen del dinero: si la familia tiene esa capacidad o si el relato infla las cifras para vender portadas. Y se recuerda el historial del personaje, con episodios de presión hacia su madre para obtener fondos, lo que invita a leer cualquier suma con lupa.
Queda la pregunta incómoda: ¿cuánto de esta historia es periodismo y cuánto es folletín con cubitos? Con dos versiones incompatibles sobre la mesa y ninguna confirmación oficial, el lector tiene derecho a dudar de ambas.