Cenizas, fosfatos y un 1,9% de indeterminados: el hilo se rompe
El hilo arranca con un precio:
84,50 impuestos aparte. Alguien pregunta si eso es con o sin IVA y la respuesta es que en aquella época no había IVA. A partir de ahí, la conversación se parte en dos: los que defienden que aquello era cacao y azúcar y ya, y los que miran el
1,9% de indeterminados de la etiqueta y no pueden dejar de imaginar lo peor.
Qué se ha sabido
El dato que ordena todo el tramo es el
1,9% de indeterminados que aparece en la composición original. Un participante lo subraya con un «buf» y a partir de ahí cada cual rellena el hueco como puede. Uno apunta que las cenizas eran de los cigarrillos que fumaban los operarios y que la humedad y los indeterminados venían de los mismos operarios, todo para ayudar a disolver en leche fría, tal como, dice, pone en la etiqueta.
Otro recuerda que en esa época no había IVA ni impuestos de ninguna clase para el consumidor. La corrección llega rápido: existía el
Impuesto de Lujo desde 1939, que gravaba automóviles, embarcaciones de recreo, joyas, hoteles, determinados consumos y algunos espectáculos. El impuesto sobre vehículos sencillos como el Seat 600 era de un
10%. Ahora se paga un
21%.
Sobre la fórmula actual, un forero afirma que el Cola-Cao de hoy es un
50% soja. Otro calcula que es un
70% azúcar y un 30% cacao. Ninguna de las dos cifras viene con fuente. También se cuela un enlace a un libro en español sobre el azúcar, alojado en un dominio externo, y un comentario sobre que el producto se disuelve igual, así que no hace falta comprar una marca concreta.
Dónde está la bronca
La discusión se divide entre los que sostienen que aquello era cacao y azúcar y ya, y los que miran el
1,9% de indeterminados y montan el catálogo completo. Un participante enumera lo que, según él, entraba en esa categoría: escupitajos, sangre, legañas, pelos, mocos y restos de bebida de los operarios. Otro añade bichos, larvas, excrementos, uñas y pelo de ratas, y remata con que como hubiera un cementerio cerca, la cosa se complica. Un tercero resume: fosfatos y un
5% entre ceniza y excrementos de roedor.
Frente a eso, la postura de que no nos hemos muerto ninguno y la de que mentalmente estábamos mucho más sanos. La respuesta llega con retranca: ahora tomamos cosas mucho más sanas, en lugar de azúcar, aspartamo. Y la puntilla: ahora el
50% del Cola-Cao es soja.
Hay una intervención que mezcla la crítica alimentaria con la guerra cultural y habla de veneno que algunos defienden por miedo a que su identidad esté en peligro. Otra mete a un personaje público conocido por su verborrea y dice que sigue consumiéndolo a diario y que parece que no mata, pero altera las facultades. Otra responsabiliza a una empresa catalana y pregunta si no hay cultura empresarial en otras partes de España. La cosa no pasa de ahí.
La experiencia personal que más juego da es la de un forero cuya madre siempre se negó a comprarles Cola-Cao porque decía que era una porquería. Ahora ve que tenía toda la razón. Otro propone desayunar con leche y miel de la buena para quitar el amargor, y sentencia que ni Cola-Cao ni nada parecido.
Qué cambia respecto a antes
Hasta ahora el hilo iba de precios, de impuestos y de nostalgia. En este tramo entra de lleno el asco: el
1,9% de indeterminados deja de ser un dato y se convierte en el centro de la conversación. También entra la comparación con la fórmula actual, con porcentajes que circulan sin fuente, y la teoría de que el producto siempre fue una golosina disfrazada de alimento. Lo que no cambia es que nadie aporta un análisis de laboratorio. La discusión sigue donde estaba: en la etiqueta y en lo que cada uno quiere leer en ella.