Cola-Cao: cenizas, fosfatos y azúcar a precio de caviar
Hubo un tiempo en que el desayuno de media España se anunciaba con una promesa que hoy sonaría a chiste: se disuelve perfectamente en leche fría. La etiqueta del Cola-Cao de los años sesenta y setenta, recuperada en una discusión sobre consumo, deja a la vista un listado que hoy no pasaría un control de calidad:
cenizas, fosfatos, humedad e indeterminados. El cacao y el azúcar, por lo visto, eran lo de menos.
La composición que circula —con
un 2,4% de cenizas y un 1,9% de indeterminados— ha desatado una mezcla de nostalgia y estupefacción. Hay quien recuerda que aquello se vendía como alimento infantil y quien calcula que, a precio de hoy, salía más caro que el caviar. La pregunta que sobrevuela el asunto no es qué comíamos, sino por qué lo recordamos con cariño.
Qué llevaba realmente el bote de Cola-Cao
El desglose que se ha compartido no especifica los ingredientes porque, sencillamente, en aquella época no era obligatorio consignarlos en la etiqueta. Eso explica que aparezcan conceptos como
indeterminados, una categoría que hoy provocaría un expediente. Entre los componentes citados figuran cenizas, fosfatos y humedad, además de cacao y azúcar en proporciones que el envase no detallaba.
La lectura más ácida del asunto apunta a algo más incómodo: que buena parte de lo que se anunciaba como cacao era, en realidad, azúcar y edulcorante.
«Azúcar y/o edulcorante a precio de caviar», resume una de las intervenciones, que añade que aquello se convirtió en una droga para los niños. La expresión es exagerada, pero el fondo tiene recorrido: el producto se posicionó como alimento cuando su función real era endulzar la leche.
La ironía de la comparación con el caviar no es gratuita. En una época en la que el salario medio no permitía grandes dispendios, el bote de Cola-Cao era un gasto fijo en la cesta de la compra.
«Puro veneno que los NPC defienden por miedo a sentir que su identidad está en peligro», sentencia otra intervención, que mezcla la crítica alimentaria con la guerra cultural contemporánea.
El impuesto de lujo y el precio real del desayuno
Aquí aparece el dato que descoloca a quien mira el pasado con condescendencia. En aquella época existía el Impuesto de Lujo, vigente desde 1939, que gravaba automóviles, embarcaciones de recreo, joyas, hoteles y determinados consumos.
El Seat 600 soportaba un 10% de impuesto de lujo, mientras que hoy el IVA general es del 21%.
La comparación, lanzada en la discusión, sirve para desmontar la idea de que antes todo era más barato. No lo era. Lo que ocurría es que la fiscalidad era distinta y afectaba a otros productos.
«En esa época no había IVA ni impuestos de ninguna clase para el consumidor», sostiene una intervención, matizada por otra que recuerda el impuesto de lujo sobre vehículos y artículos suntuarios.
El cálculo completo, desglosado partida a partida, da una diferencia que sorprende a quien compara la cesta de la compra de los sesenta con la actual. El Cola-Cao no era un capricho barato: era un producto de precio medio-alto que se colaba en todas las cocinas.
Cenizas, humedad y el 1,9% de indeterminados
El apartado más escatológico de la discusión se centra en los componentes no declarados.
Cenizas, humedad e indeterminados** aparecen en la etiqueta original, y las interpretaciones más creativas hablan de restos de tabaco de los operarios, pelos, mocos y excrementos de roedores. La hipótesis es imposible de verificar y roza el esperpento, pero ilustra hasta qué punto el producto se percibía como un compuesto industrial más que como un alimento.
La comparación con el presente no sale mejor parada. «Ahora el 50% del Cola-Cao es soja», afirma una intervención, mientras otra calcula que la fórmula actual es un 70% azúcar y un 30% cacao. Los porcentajes no proceden de ninguna fuente oficial, pero coinciden en la dirección: el producto ha cambiado menos de lo que sugiere el marketing.
La conclusión más repetida es que el Cola-Cao siempre fue una golosina disfrazada de alimento. «Mi madre siempre se negó a comprarnos Cola-Cao porque decía que era una porquería. Ahora veo que tenía toda la razón», resume una intervención que condensa el arco completo de la discusión.
La discusión termina donde suelen terminar estas cosas: con la constatación de que el pasado no era mejor, solo diferente. El Cola-Cao de los sesenta llevaba cenizas y fosfatos; el de ahora lleva soja y aspartamo. Nadie ha demostrado que ninguno de los dos matara a nadie. Y sin embargo, la nostalgia sigue vendiendo más que cualquier análisis nutricional.