Trenes, herencia recibida y el precio de volver a 2012
¿Qué pasa cuando descarrile otro tren y el Gobierno sea otro? La pregunta no es ociosa: en el momento en que se abre esta discusión, el país digiere un accidente ferroviario con decenas de fallecidos en Urda (Toledo), un AVE que embiste a un Iryo parado, y el ministro de Transportes, Óscar Puente, apunta a un fallo informático sin descartar un hackeo. Sobre ese fondo, la discusión deriva rápido hacia lo de siempre: si el desastre es culpa de la gestión o de la herencia.
La tesis dominante en la conversación es que la política ferroviaria no se arregla en un mandato.
Ocho años de deterioro no se corrigen en cuatro, y hay quien amplía el marco: «Llevamos 22 años de herencia recibida», con lo que el horizonte de recuperación se estira hasta
décadas. La conclusión que se repite, con más resignación que rabia, es que volver a parecerse a la España de
2012 ya sería un éxito.
¿Por qué se culpa a la herencia recibida del estado de los trenes?
El argumento funciona como un bumerán: sirve para todo y no obliga a nadie a rendir cuentas. Si el tren descarrila con un gobierno, la culpa es de lo que dejó el anterior; si descarrila con el siguiente, la culpa es de lo que dejó el primero. En la práctica, eso convierte cualquier siniestro en un pleito de trinchera y deja en segundo plano lo que de verdad importa:
la señalización, el mantenimiento y la inversión.
Hay quien sostiene que el accidente es la excusa perfecta para que la derecha, al llegar al poder, tenga su propia herencia envenenada. Y no faltan los que anticipan el guion inverso: cuando gobierne el otro lado, la misma tragedia se leerá como prueba de incompetencia. El resultado es un país donde
el relato pesa más que el informe técnico.
Qué medidas de seguridad se plantean para evitar otro descarrilamiento
La propuesta más concreta que circula es bajar la velocidad máxima a
130 o 150 km/h e implantar medidas extremas de seguridad. No es una ocurrencia: es la constatación de que el sistema se ha quedado viejo. Y trae un efecto colateral incómodo: si se baja la velocidad y aun así hay un accidente, la coartada de la herencia se agota.
El otro gran foco es el
LZB de 1992, la tecnología de señalización que sigue en servicio y que aparece en la discusión como ejemplo de infraestructura que envejece sin que nadie asuma el coste de renovarla. Hay quien lo dice sin rodeos: el sistema eléctrico y ferroviario está bajo sospecha de sabotaje, y otros responden que la explicación más simple es la falta de mantenimiento. Dos relatos, un mismo tendido.
El coste político de invertir en lo público y en defensa a la vez
La conversación se bifurca hacia el presupuesto. Si hay que invertir en todos los servicios públicos y, a la vez, aumentar el gasto en defensa, alguien tendrá que pagarlo. Las opciones que se manejan son las de siempre:
subir impuestos, recortar plantilla pública o tocar las transferencias. Y ninguna sale gratis en las urnas.
El escenario que se dibuja es el de un gobierno obligado a elegir entre el relato y la caja. La ironía amarga que recorre el hilo es que el país lleva tanto tiempo discutiendo de quién tiene la culpa que ya casi nadie recuerda cuánto cuesta un kilómetro de vía nueva.
La tentación del sabotaje como explicación cómoda
Cuando la señalización falla, la hipótesis del sabotaje aparece sola. Se recuerdan episodios de averías extrañas en el metro madrileño en años de mayoría absoluta del PP, cuando las luces, las puertas y hasta un motor caído a plomo alimentaban la sospecha. La solución que se aplicó entonces fue prosaica:
cámaras en los talleres.
Ese precedente sirve para algo: demuestra que la teoría de la conspiración es fácil de lanzar y difícil de probar. Y que, cuando se prueba, se resuelve con vigilancia, no con soflamas. El problema es que la política prefiere la soflama.
Con estos mimbres, el país se prepara para su próximo accidente con la misma pregunta en la boca. Y la respuesta, se mire por donde se mire, siempre acaba en el mismo sitio:
la culpa es del que gobernó antes.