CCOO y UGT pactan una huelga general por la vivienda tras el adelanto electoral
CCOO y UGT han acordado este lunes, según las direcciones de ambas organizaciones, una jornada completa de movilización: un paro de 24 horas a nivel nacional. La decisión llega después de semanas de presión desde el Sindicato de Inquilinas y de un pulso interno sobre las posibilidades jurídicas de la convocatoria.
El anuncio ha caído como una bomba en el ecosistema mediático. Buena parte del comentario político sostiene que la huelga se dirige, en la práctica, contra la oposición y no contra el Gobierno que la ha visto nacer. La coincidencia temporal con la campaña electoral —el paro se plantea a pocas semanas del 29N— alimenta la lectura de que los sindicatos actúan como correa de transmisión del Ejecutivo. Hay quien lo formula sin rodeos: en las democracias los ciudadanos se manifiestan contra el Gobierno; en las dictaduras, el Gobierno se manifiesta contra los ciudadanos.
¿Por qué se convoca la huelga general por la vivienda?
El detonante declarado es la vivienda. El Sindicato de Inquilinas venía exigiendo a las grandes centrales que dieran el paso hacia una convocatoria histórica, y la presión de la calle ha terminado por doblegar la resistencia de las cúpulas. La reflexión, según el relato que se ha trasladado, ha sido larga: valoración de todas las opciones de movilización, análisis de los riesgos jurídicos y, finalmente, decisión. El paro será de 24 horas y de alcance nacional.
El problema es el calendario. El anuncio del adelanto electoral para el 29 de noviembre convierte cualquier movilización en un acto de campaña, quieran sus organizadores o no. La jornada de paro se solapará con la disputa por el voto y con la estrategia de cada partido para capitalizar el malestar por el precio de la vivienda.
El argumento que domina: ocho años sin movilizarse
La crítica más repetida no es al fondo, sino a la cronología. Durante los últimos ocho años, con el mismo Gobierno en La Moncloa, los sindicatos no convocaron una sola huelga general. Ahora, cuando el Ejecutivo disuelve las Cortes y convoca elecciones, aparece el problema de la vivienda en la agenda sindical. La conclusión que extrae buena parte del comentario es que la huelga no busca presionar al poder, sino ordenar el tablero electoral.
La acusación de connivencia con el Gobierno circula por todos los canales. Se habla de sindicatos «a sueldo de Moncloa», de liberados y de estructuras financiadas con dinero público que solo se activan cuando conviene al partido que las sostiene. Es una sospecha vieja, pero el calendario le da esta vez un aire de evidencia.
Quién paga el paro: el coste para el trabajador
En el terreno práctico, la convocatoria obliga a cada trabajador a hacer un cálculo sencillo: un día de salario perdido a cambio de una jornada de protesta cuyo destinatario nadie termina de aclarar. La consigna que circula en sectores críticos es explícita: que nadie deje de trabajar ni pierda un día de cobro por una huelga que consideran política y no laboral.
El seguimiento real del paro se convierte así en la única encuesta fiable de la convocatoria. Si las calles se llenan, los sindicatos habrán demostrado capacidad de movilización; si pinchan, habrán confirmado la tesis de que su base ya no les cree. La jornada del 29N y la del paro se mirarán de reojo.
La huelga como termómetro electoral
El episodio deja una paradoja difícil de sostener: una huelga general convocada contra un Gobierno que no la sufre, porque ya está en funciones y con las urnas convocadas. El Ejecutivo se beneficia del ruido, la oposición lo padece y los sindicatos se juegan su credibilidad en una jornada que puede leerse como mitin de facto. ¿A quién presiona entonces un paro que nadie puede satisfacer?