La decadencia se acelera y nadie sale a protestar
Un forero sostiene que todo está colapsando a gran velocidad y que nadie protesta. En el hilo se recoge la escena de supermercado que un participante atribuye a una clienta de unos treinta años: se queja en voz alta del precio de todo, dice que no entiende lo que pasa, que necesita dos trabajos y que habría que ir con pistola a robar. Según ese relato, el cajero, además de cobrar, hace de psicólogo. La anécdota, recogida en un foro de economía, retrata, según quienes la cuentan, a una población quemada que no sabe de dónde le llegan las hostias. Mientras tanto, el diagnóstico que repiten algunos participantes es que esto solo acaba de empezar tras dos décadas de mirar para otro lado.
El funcionario del grupo A también tiembla
Un participante afirma que funcionarios del grupo A están acojonados, con hijos de treinta años en casa y en el paro. Añade que algunos de esos hogares votan a Sumar. Otro interviniente replica que los funcionarios son parte del problema, que se han acomodado y que han dado legitimidad a los políticos.
La discusión deriva hacia los padres. Una parte sostiene que a los padres de este país no les importa el futuro de sus hijos; otra responde que depende del caso y que muchos están preocupados de verdad.
El cálculo que nadie quiere hacer
Hay quien va más allá y coloca a los funcionarios en el centro del problema: acomodados, creyéndose más listos que el resto y habiendo dejado tirado al pueblo mientras daban legitimidad a los políticos. La acusación es dura y circula con fuerza en el hilo.
En paralelo, el pronóstico que repiten algunos participantes es que lo peor está por llegar. Dos décadas de no querer saber por dónde soplaba el viento se cobran ahora la factura, según ese diagnóstico, y el ritmo de deterioro se percibe cada vez más rápido.
La queja que no encuentra culpable
Según el relato del foro, la clienta del supermercado no sabía qué pasaba. Ese es el dato que destacan: la gente está quemada pero no identifica el origen de las ostias. El cajero lo comprobó, según esa versión, en primera línea.
El silencio en la calle contrasta, para quienes participan en el hilo, con el volumen de la queja cotidiana. Nadie protesta, pero todos se quejan, sostienen.