Matamoros planta la mesa electoral y confía en la edad
¿Qué pasa si te toca mesa electoral y decides no presentarte? A Don José Antonio (Coto) Matamoros Parera le ha tocado ser miembro de una mesa y ha declarado que no cuenten con él. El caso abre la pregunta clásica: entre la sanción legal y la sensación de impunidad, ¿qué riesgo real corre quien planta la mesa? La respuesta corta es que el Código Penal contempla penas de prisión de tres meses a un año o
multa, aunque en la práctica lo habitual es que el castigo se quede en sanción económica.
Qué dice la ley electoral sobre no presentarse
La norma es clara: no acudir a la mesa sin causa justificada puede ser delito, según el artículo 143 de la LOREG. La vía legal para quien no puede es presentar una excusa ante la Junta Electoral de Zona en los siete días siguientes a la notificación. Enfermedad, embarazo avanzado, cuidado de
hijos pequeños o de un familiar dependiente, un viaje ya pagado o un trabajo esencial son motivos que la Junta valora y, si los acepta, entra el suplente.
El problema es que la mayoría de la gente no sabe ni que existe ese trámite. Y ahí empieza el folclore.
La edad como argumento y el fantasma de la impunidad
La conversación se parte en dos. Hay quien sostiene que a partir de los 65 años se puede rechazar la designación, y quien añade la vía de la enfermedad, incluso la adicción, como excusa. Frente a eso, la experiencia personal de quien no acudió hace quince años y nunca recibió noticia alguna alimenta la idea de que el sistema no persigue de verdad. La estadística de condenas existe, pero es minoritaria frente al número de designaciones.
El detalle curioso: hay quien recuerda que un personaje público alegó insomnio para librarse. La Junta, en teoría, decide caso por caso.
El debate de fondo: legitimidad y desobediencia
Más allá del trámite, el asunto conecta con una corriente que cuestiona la propia institución. Se argumenta que participar en una mesa equivale a avalar un sistema sin garantías, sin trazabilidad y sin posibilidad de comprobar el recuento. Es la versión institucional del «que se lo salte alguien con altavoz», con la idea de que un rostro conocido que se niegue y acepte la sanción daría más visibilidad al problema que cien excusas médicas.
El resultado es una mezcla de cálculo individual y desafección colectiva. Unos miran la letra pequeña; otros, el gesto.
Al final, la mesa se forma igual. Con suplente, con multa o con insomnio.