Manjaro se parte: la comunidad planta cara al dueño de la marca
Manjaro es una de las distribuciones de Linux más usadas por quien quiere la potencia de Arch sin pelearse con la consola. Y ahora está en el aire. Parte del equipo de moderadores y colaboradores ha publicado un «Manifiesto 2.0» en el que sostiene que el líder del proyecto —dueño de la marca, los dominios, el hosting y de una empresa aparte, Manjaro GmbH, que presta servicios empresariales sobre la distribución— lleva años dejándola morir y rechazando la ayuda que se le ofrece. La salida que proponen: crear una organización sin ánimo de lucro que gestione el proyecto y que el propietario ceda prácticamente todo.
No es un caso aislado. Es la enésima vez que una distribución libre choca con la estructura jurídica que la sostiene. Y llega en un momento en el que el relato del «año de Linux» vuelve a circular con fuerza.
Qué ha pasado con Manjaro y por qué importa
El conflicto es de gobernanza, no técnico. Manjaro funciona: quienes la usan destacan que apenas da problemas, que las actualizaciones se resuelven con un snapshot previo y que herramientas como TimeShift devuelven el sistema a un punto anterior en minutos. Sobre esa base se han montado máquinas virtuales, aplicaciones de firma electrónica y hasta el DNIe. El problema no es el software, es quién manda sobre él.
Según el manifiesto, el propietario no hace nada por la distribución, no sabe llevar el proyecto y rechaza la ayuda. Hay quien va más lejos y sugiere que el dinero donado para Manjaro se desviaba hacia la empresa. Eso último es una insinuación, no un hecho probado, y conviene tratarlo como lo que es.
La mitad del accionariado, según se cuenta, está en otras manos, pero todo se puso a nombre del primer propietario. Ese detalle es el que convierte una discusión de foro en un problema estructural: si no cede, no hay nada que enderezar.
EndeavourOS, CachyOS o Fedora: a dónde se va el que se marcha
La pregunta práctica es a dónde migrar. EndeavourOS aparece como la alternativa más directa: Arch instalado con Calamares, sin capas intermedias. CachyOS se ha ganado fama de rápido. Y Fedora se coloca como la opción más gráfica y alejada del ecosistema Arch.
Hay un argumento que se repite: si lo que quieres es Arch, instala Arch. Las derivadas solo suman los problemas propios a los que ya arrastra la base. La instalación manual, dicen quienes la defienden, es más fácil de lo que parece y enseña más que cualquier instalador gráfico. El cálculo completo de lo que se gana y se pierde con cada opción da para un análisis más largo del que cabe aquí.
Para quien no quiere complicaciones, Debian y Linux Mint siguen siendo el refugio. La versión LMDE existe precisamente para garantizar que Mint sobreviva si Ubuntu desapareciera. El matiz: Cinnamon va retrasado en su implementación de Wayland, que se está convirtiendo en el estándar.
El «año de Linux» y sus dos relatos
El titular del año de Linux reaparece cada temporada. En Francia, según lo que se comenta, van camino de hacerlo realidad en 2026. La lectura optimista es que la migración institucional avanza. La escéptica es que Linux no es un sistema operativo, sino un conglomerado, y que cuando falla una pieza cae todo lo demás.
A eso se añade la compatibilidad: AutoCAD, programación de PLC, software de gestión. Y el soporte: ante un problema de disco, no hay a quién meter mano. Es el argumento clásico de quien lleva treinta años probando distribuciones y sigue viéndolas como una silla de ruedas: ojalá no haga falta usarla nunca.
En el otro extremo, hay quien lleva más de dos décadas en Ubuntu y siempre vuelve. Y quien ha migrado a Debian tras un bug de kernel y no piensa moverse.
La pelea de Manjaro se resolverá, si se resuelve, en los tribunales o en una cesión que nadie ha confirmado. Mientras tanto, la comunidad ya está probando alternativas en máquinas virtuales. Si el propietario no cede, el pronóstico más probable es que la marca sobreviva y la comunidad se vaya. Y eso, en el mundo del software libre, es una forma lenta de morir.