Lo de este reportaje es absolutamente espectacular. El entrevistador parece que acaba de descubrir una tribu perdida en mitad del Congo, cuando en realidad está en Granada, en una montaña española donde se ha instalado una comunidad que parece salida de una reunión de okupas después de tres días de festival psicodélico.
¿Pero este hombre de dónde ha ansioso? ¿Qué necesidad tenía de presentar esto como si estuviera documentando el descubrimiento de una civilización desconocida? Le falta aparecer con un salacot, un machete y un explorador de National Geographic detrás de los arbustos. «Nos adentramos en territorio desconocido. Aquí habitan unos individuos que llevan décadas sin regresar a la civilización. Se alimentan de verduras intercambiadas, donaciones y energías cósmicas. Su principal enemigo es el champú».
Y el protagonista del reportaje tiene unas melenas que parece Tarzán después de treinta años viviendo con los monos. Solo le falta balancearse entre dos árboles mientras grita para comunicarse con los habitantes del valle.
Lo preocupante no es que haya gente que quiera vivir de manera alternativa. Cada uno es libre de organizar su vida como quiera, siempre que respete las normas y los derechos de los demás. Lo preocupante es vender este modelo como una experiencia vital extraordinaria, casi como si abandonar las obligaciones, las comodidades y las responsabilidades de la vida normal fuese una especie de iluminación espiritual.
Porque aquí hay una diferencia enorme entre vivir de manera sencilla y convertir el abandono en una filosofía de vida.
En el vídeo aparecen personas que llevan allí desde los años noventa. ¡Desde los noventa! Hay gente que ha terminado una carrera universitaria, ha criado a sus descendientes, ha trabajado, se ha jubilado y ha cambiado de hipoteca dos veces mientras algunos siguen esperando que les llegue la iluminación entre una esterilla y un calabacín ecológico.
Y cuidado con el concepto de autosuficiencia, que es mi parte favorita. Resulta que cultivan algunas verduras, reciben donaciones, intercambian productos y bajan al pueblo a comprar comida. ¡Menudo milagro económico! Han conseguido reinventar la civilización humana, pero sin prescindir del supermercado.
También me gustaría saber qué ocurre con las aguas residuales, los residuos, la seguridad de las instalaciones y el impacto medioambiental de un asentamiento permanente de unas 160 personas. Porque el monte no es un decorado de Instagram ni un terreno sin dueño donde cada cual puede montar su chiringuito espiritual.
Si se trata de suelo público, habrá que respetar la normativa y las condiciones de uso correspondientes. La naturaleza es patrimonio de todos, no una urbanización privada para quien llegue primero con una mochila, una guitarra y una colección de rastas.
Y luego está el componente humano. En estos asentamientos puede haber personas perfectamente normales que simplemente buscan tranquilidad, pero también gente con problemas personales, económicos o de salud que necesita ayuda y estabilidad, no que un youtuber la convierta en protagonista de una postal romántica sobre la vida salvaje. No se puede meter a todo el mundo en el mismo saco ni presentar un asentamiento así como un modelo ejemplar.
Lo que me parece especialmente irresponsable es el mensaje que transmite el reportaje. Hay miles de chavales que están hartos de trabajar, pagar alquileres y aguantar la vida cotidiana. Y aparece este señor con su cámara a enseñarles que existe un paraíso en Sierra Nevada donde puedes olvidarte de todo y vivir rodeado de gente que ha decidido que el calendario gregoriano es una imposición del capitalismo.
¿De verdad queremos fomentar esa fantasía?
Porque el vídeo no explica demasiado bien la parte menos fotogénica: qué ocurre cuando enfermas, cuando necesitas atención médica, cuando llega el invierno, cuando no tienes dinero o cuando ya no puedes físicamente cultivar, cargar leña y mantener tu instalación. La espiritualidad queda muy bonita con música ambiental y planos de montañas, pero la factura del dentista tiene la desagradable costumbre de no aceptar vibraciones positivas como método de pago.
Y lo del gobierno que supuestamente no quiere que conozcamos estos asentamientos ya es de traca. Claro, debe de existir una reunión secreta de ministros para evitar que los españoles descubran el revolucionario método de intercambiar tomates por sandalias de cuero y vivir en una montaña sin saber qué día de la semana es.
Mi teoría es que el canal está atravesando una crisis de contenidos y han decidido enviar a Tarzán a explorar los últimos reductos de la civilización hippie. Porque esto tiene más de reportaje sensacionalista que de documental serio.
En vez de analizar las condiciones reales de vida, las cuestiones legales, sanitarias y medioambientales, nos presentan a esta gente como si fueran los últimos guardianes de una sabiduría ancestral que el hombre moderno ha perdido.
¡Pero si estamos hablando de Granada, no de una expedición al Amazonas!
Y lo mejor es que el entrevistador termina diciendo que ha aprendido muchísimo de estas personas y que están más conectadas con la vida que el resto de nosotros.
Pues estupendo. Yo, personalmente, prefiero estar conectado con el agua corriente, el saneamiento, la calefacción y un centro médico a una distancia razonable.
Que cada uno viva como quiera, pero no confundamos libertad con ausencia de normas, pobreza con sabiduría, precariedad con espiritualidad ni abandono con autosuficiencia.
Porque si mañana aparece una familia con dos niños y decide instalarse en mitad de un monte público, me gustaría saber si el reportero también les dedicará tres episodios de aventuras con banda sonora épica o si de repente aparecerán las autoridades para recordarles que aquello no es un camping municipal.
En fin, otro vídeo de esos que te hacen preguntarte si YouTube está premiando el periodismo o si estamos llegando a un punto en el que basta con encontrar a veinte personas viviendo entre matorrales para anunciar el descubrimiento de una nueva civilización.
Próximo episodio: «He encontrado una tribu de seres ancestrales en una rotonda de Albacete. Llevan 40 años viviendo sin hipoteca y se alimentan de pipas. El Gobierno no quiere que conozcas su secreto».