Polaino, el psiquiatra de las terapias de reconversión
Aquilino Polaino es el psiquiatra que el PP de Mariano Rajoy llevó al Senado en 2005 para sostener que la homosexualidad era una enfermedad mental. Su nombre quedó ligado a un reguero de testimonios, como el de Alberto: un chaval con un expediente escolar intachable al que aquel hombre describió como un «enfermo» al borde del «abismo». La terapia, según su propio relato, consistió en retirar todos los espejos de su casa —la homosexualidad podía ser, siempre según aquel diagnóstico, producto del narcisismo— y en
nueve pastillas diarias.
La comparecencia de Polaino en el Senado en 2005
Las Cortes tramitaban entonces la ley que debía permitir a las parejas del mismo sexo casarse y acceder a los mismos derechos legales que el resto. Para justificar la prohibición, el PP de Rajoy llevó a la Cámara Alta a Polaino. Allí,
sin sonrojo, calificó la homosexualidad como
enfermedad mental. Y añadió el corolario: alguien era homosexual, aseguró, porque había tenido padres «borrachos, hostiles, violentos y distantes» o porque había sufrido abusos sexuales en la infancia por parte de sus propios padres. La intervención se produjo con el aval de quien le dio voz,
Mariano Rajoy. La tesis situaba a los padres como causa.
Los testimonios de los pacientes: espejos, pastillas y electrodos
Cuando el nombre se hizo conocido, las informaciones publicadas situaron a Polaino al frente de una supuesta consulta privada de salud mental en la que se ofrecía a familias del entorno conservador y del mundo taurino
terapias de reconversión forzosa para sus hijos homosexuales, con humillaciones y con lo que varios relatos describieron como tortura psicológica. Uno de aquellos chavales, Jaime, contó que el psiquiatra lo etiquetó de «grave trastorno de la identidad sexual», que le dijo que vivía en una burbuja y que aquello lo llevaría a un abismo sin salida. El mismo relato menciona los
casos extremos: pasar imágenes de chicos y chicas desnudos y soltar una descarga eléctrica si había reacción.
Otro de los testimonios, el de Antonio, de 25 años y vecino de la Moraleja, describe una experiencia parecida en un psiquiatra del hospital San Juan de Dios, ya retirado. Tenía 18 años. Le hicieron un examen físico —aquel médico sostenía que la única homosexualidad incurable derivaba de malformaciones genéticas como caderas anchas o mamas desarrolladas—, un TAC, análisis de sangre y, finalmente, electrodos en la cabeza para comprobar si respondía de forma regular a las descargas. Todo estaba en su sitio. Para su médico eran buenas noticias: era
curable.
Qué se sabe de la consulta y del método descrito
El procedimiento descrito en los relatos publicados combina la exhibición de imágenes de personas desnudas y una descarga eléctrica asociada a una reacción de atracción. Los relatos lo sitúan en tratamientos presentados a los padres como una cura. Varios de los afectados relataron haber llegado a plantearse el suicidio. Los relatos proceden de testimonios publicados.
Quedan los números. Nueve pastillas al día y una casa sin espejos para un chaval con un expediente impecable. Y un psiquiatra sentado en el Senado de España durante el debate de una ley. Ese es el currículo.