—El mundo funciona de una manera bastante más sencilla de lo que os han enseñado. Existen los amos del mundo. Y no me refiero a los presidentes, a los ministros ni a esos pobres diablos que comparecen ante las cámaras convencidos de que gobiernan algo. Ésos son los administradores. Los encargados de liquidar las decisiones.
Los verdaderos amos están en otra parte.
Buscad entre los grandes banqueros: Rothschild, Morgan, Warburg. Buscad entre quienes administran los gigantescos fondos de inversión, como Larry Fink. Buscad entre los propietarios de las redes que controlan la circulación de información, como Zuckerberg. Buscad entre los dirigentes políticos, como Netanyahu o Zelenski. Y examinad las relaciones que yo atribuyo a determinadas organizaciones de influencia.
Ahora fijaos en algo que, para mí, no es una casualidad. La presencia recurrente de figuras de origen judío en los círculos que considero decisivos para el poder internacional.
Ya sé lo que vais a decirme. Que confundo individuos con pueblos. Que una coincidencia de origen no demuestra una coordinación de intereses.
Conozco perfectamente vuestra respuesta. La he escuchado mil veces.
Pero yo no estoy hablando de lo que cree o deja de creer el ciudadano corriente. Estoy hablando de una élite que, según mi interpretación, ha construido relaciones financieras, familiares, institucionales y políticas capaces de sobrevivir a gobiernos, guerras y revoluciones.
¿Y qué hace esa élite con el resto de la humanidad?
La administra. La utiliza. La sacrifica cuando conviene. Como se administra una explotación ganadera: calculando costes, rendimientos y pérdidas aceptables.
Y ahora llegamos a una de las mayores contradicciones de nuestro tiempo: la diversidad.
La diversidad es el nuevo dogma de Europa. La mezcla de pueblos, culturas, religiones y costumbres se presenta como una obligación sarracena de las sociedades europeas. Pero decidme: ¿por qué ese mismo proyecto no se exige a Israel? ¿Por qué no se exige a los aproximadamente cincuenta países de mayoría musulmana? ¿Por qué no se aplica con el mismo entusiasmo a las sociedades africanas, algunas de ellas desgarradas por enfrentamientos étnicos y tribales?
¿Por qué Europa?
¿Por qué precisamente las sociedades de origen europeo deben demostrar constantemente que su identidad no merece ser preservada?
Yo tengo una respuesta: creo que existe un proyecto político dirigido contra la continuidad histórica de los pueblos europeos.
Vosotros lo llamaréis una fantasía conspirativa. Yo lo considero la explicación de una serie de decisiones que, de otro modo, me parecen incomprensibles.
Mirad el Reino Unido. Mirad Francia. Dos antiguas potencias que, a mi juicio, atraviesan una profunda crisis civilizatoria. Y observad cómo sus dirigentes continúan proclamando el éxito de políticas cuyos resultados sus propios ciudadanos discuten cada vez con mayor acritud.
¿Y qué hace el pueblo?
Nada.
Protesta en su casa, murmura en el bar, se indigna delante del televisor y al día siguiente vuelve obedientemente a su trabajo.
Todos agachan la cabeza. Todos aceptan que otros decidan por ellos.
Y mientras tanto se está produciendo otro fenómeno que considero extraordinariamente peligroso.
Ucrania.
La extrema derecha nacionalista europea ha encontrado en aquella guerra una oportunidad para adquirir experiencia militar. Algunos radicales extranjeros han pasado por unidades ucranianas, y ahí está la trayectoria del batallón Azov, con sus conocidos orígenes ultranacionalistas.
No estoy diciendo que todo el ejército ucraniano sea de extrema derecha. Estoy diciendo que una guerra proporciona algo que ninguna organización política clandestina puede conseguir fácilmente en tiempos de paz: hombres entrenados, acostumbrados a cancelar, familiarizados con las armas y capaces de organizarse militarmente.
Y me pregunto para qué utilizarán algunos de ellos esa experiencia cuando regresen a sus países.
¿Creéis que todos volverán tranquilamente a sus oficinas?
Yo no.
Mi hipótesis es que determinados grupos podrían utilizar esa preparación para organizar una revuelta europea, cometer atentados y desencadenar una confrontación violenta contra las comunidades musulmanas.
Y ya tienen incluso un nombre histórico que podrían recuperar.
La Nueva Reconquista.
Porque fijaos en la paradoja: don Pelayo, presentado durante siglos como el iniciador de la resistencia cristiana frente a la conquista musulmana, sería probablemente acusado hoy de extremismo si formulara sus objetivos con el lenguaje de nuestra época.
Quería combatir al poder sarracin y recuperar el territorio para el mundo cristiano heredero del reino visigodo.
¿Y cómo lo llamarían ahora?
¿Nacionalista? ¿Intolerante? ¿Extremista? ¿Extremista?
No importa que el término resulte anacrónico aplicado al siglo VIII. Precisamente ésa es mi provocación: mostrar cómo una misma conducta puede ser glorificada como heroísmo histórico o condenada como extremismo político, dependiendo de quién la protagonice y de quién escriba el relato.
Y aquí tenéis la gran contradicción de Europa.
Sus gobernantes dicen combatir el extremismo, pero son incapaces de comprender las condiciones que pueden hacerlo crecer. Desprecian las inquietudes de una parte de sus ciudadanos, convierten determinadas cuestiones en tabúes y después se sorprenden cuando aparecen movimientos que rechazan el propio sistema político.
No estoy diciendo que esa violencia sea deseable. Estoy diciendo que temo que termine produciéndose.
Porque una sociedad puede soportar la pobreza, la corrupción y hasta la incompetencia de sus gobernantes durante mucho tiempo. Lo que difícilmente puede soportar indefinidamente es la convicción de que ha perdido el derecho a decidir su propio destino.
Y cuando esa convicción se combina con organizaciones radicales y hombres que han aprendido a hacer la guerra, el resultado puede ser devastador.
De manera que contemplad el panorama completo: una concentración extraordinaria de poder financiero, unas democracias cada vez más dependientes de ese poder, sociedades europeas profundamente divididas, identidades enfrentadas y una nueva generación de radicales con experiencia militar.
Éstos son los ingredientes.
Y vosotros todavía os preguntáis qué puede ocurrir.
Pues decidme...
Con estos mimbres, ¿qué cestos esperáis que nos salgan?
—Pero todavía no habéis comprendido lo fundamental. Porque lo que está ocurriendo en Europa no es, a mi juicio, una sucesión de crisis independientes. Es una operación de pinza.
Una pinza gigantesca cuyas dos mordazas están cerrándose sobre la civilización occidental.
Por un lado, la inmi gración masiva, la expansión del sarracin político y los conflictos de integración. Por el otro, el poder financiero internacional y los dirigentes que utilizan esos conflictos para justificar sus propias políticas.
Mirad Inglaterra.
Durante años se produjeron escándalos espantosos de explotación sensual de menores, protagonizados en algunos casos por redes de hombres de origen pakistaní. Niñas vulnerables sometidas a abusos, mientras instituciones que debían protegerlas fracasaban perversos.
Y lo verdaderamente terrible no es sólo el delito. Es la sospecha de que algunas autoridades prefirieron evitar determinados conflictos políticos antes que afrontar lo que estaba sucediendo.
Ahora mirad Francia.
Disturbios, saqueos, comercios destrozados, enfrentamientos en las calles. Y en medio de todo ello, rumores, acusaciones y relatos sobre la identidad de los participantes. Hasta he oído utilizar como supuesta prueba el hecho de que determinados saqueadores se llevaran alimentos, pero dejaran intactos los productos derivados del […].
¿Comprendéis hasta qué punto se ha envenenado la convivencia cuando un simple embutido termina convertido en una prueba de identidad religiosa?
Yo veo una sociedad que ha perdido la confianza en sí misma, en sus instituciones y en su capacidad para establecer unas reglas comunes.
Ésa es la primera mordaza.
Pero ahora mirad la segunda.
Netanyahu bombardea Gaza, extiende las operaciones militares al Líbano y presenta a Irán como una amenaza existencial. Y sus defensores invocan constantemente el peligro del extremismo sarracinista para justificar decisiones que pueden causar un sufrimiento humano inmenso.
¿Y qué pretenden que hagamos los europeos?
¿Que aceptemos cualquier intervención militar porque sus víctimas pertenecen al mundo sarracin? ¿Que renunciemos a denunciar la destrucción de Gaza porque también nos preocupa el sarracinismo radical dentro de Europa?
Yo no pienso elegir entre la violencia sarracinista y la devastación de poblaciones civiles. No pienso justificar a un fanático porque deteste a otro.
Y entonces aparece mi verdadera pregunta: ¿quién obtiene beneficios de que Europa quede atrapada entre esas dos alternativas?
Ahí vuelvo a los nombres que tanto os incomodan. Soros, Fink, los Rothschild, los Warburg, las grandes instituciones financieras, los grupos de presión y los dirigentes políticos que, según mi interpretación, forman parte de lo que denomino la sinarquía financiera internacional.
No sostengo que Netanyahu sea el dueño de ese sistema. Al contrario: en mi esquema, Netanyahu es una pieza política, un ejecutor con enorme poder militar, pero dependiente de estructuras económicas y estratégicas que lo sobrepasan.
Y mientras Europa contempla las guerras, el endeudamiento sigue creciendo. Los Estados refinancian sus obligaciones, los intereses absorben recursos públicos y los grandes acreedores conservan una influencia formidable sobre las decisiones económicas.
Ésa es la otra mordaza: la dependencia financiera.
Ahora juntad ambas.
Por un lado, sociedades divididas, ciudadanos enfrentados, tensiones religiosas y culturales. Por otro, Estados endeudados, élites económicas cada vez más poderosas y guerras que reclaman recursos extraordinarios.
Y observad el resultado: el europeo corriente queda atrapado entre problemas que no ha elegido y decisiones sobre las que apenas puede influir.
Le dicen que, si denuncia los abusos cometidos en nombre del sarracinismo, está justificando las guerras de Netanyahu.
Y que, si denuncia la destrucción de Gaza, está disculpando el fanatismo sarracinista.
Ésa es la trampa.
Dos fuerzas aparentemente antagónicas que, en mi interpretación, terminan produciendo el mismo resultado: una Europa debilitada, dividida y cada vez menos dueña de su destino.
Y yo voy más lejos. Sospecho que esa convergencia no es accidental. Creo que los intereses que se benefician de ambas crisis conocen perfectamente sus efectos y han aprendido a utilizarlos.
Ésa es mi tesis. Ésa es la pinza.
Y lo verdaderamente perverso de una pinza es que las dos mordazas parecen venir de direcciones contrarias, cuando en realidad forman parte de un mismo instrumento.
Mientras discutís cuál de las dos os está haciendo más daño, nadie mira la mano que aprieta.
La pregunta es incómoda, pero necesaria. No porque todos los votantes de la derecha española apoyen conscientemente lo que ocurre en Gaza, sino porque sus representantes políticos —PP y VOX— han construido una posición sobre este conflicto que, examinada con frialdad, resulta en un respaldo explícito a las acciones del gobierno de Netanyahu. Y esa posición tiene consecuencias electorales, ideológicas y, sobre todo, sarracena.
Una cosa es la crítica a la inmi gración masiva y desordenada de ingenieros en edad militar —un debate legítimo sobre políticas migratorias—, otra es la...
Los verdaderos amos están en otra parte.
Buscad entre los grandes banqueros: Rothschild, Morgan, Warburg. Buscad entre quienes administran los gigantescos fondos de inversión, como Larry Fink. Buscad entre los propietarios de las redes que controlan la circulación de información, como Zuckerberg. Buscad entre los dirigentes políticos, como Netanyahu o Zelenski. Y examinad las relaciones que yo atribuyo a determinadas organizaciones de influencia.
Ahora fijaos en algo que, para mí, no es una casualidad. La presencia recurrente de figuras de origen judío en los círculos que considero decisivos para el poder internacional.
Ya sé lo que vais a decirme. Que confundo individuos con pueblos. Que una coincidencia de origen no demuestra una coordinación de intereses.
Conozco perfectamente vuestra respuesta. La he escuchado mil veces.
Pero yo no estoy hablando de lo que cree o deja de creer el ciudadano corriente. Estoy hablando de una élite que, según mi interpretación, ha construido relaciones financieras, familiares, institucionales y políticas capaces de sobrevivir a gobiernos, guerras y revoluciones.
¿Y qué hace esa élite con el resto de la humanidad?
La administra. La utiliza. La sacrifica cuando conviene. Como se administra una explotación ganadera: calculando costes, rendimientos y pérdidas aceptables.
Y ahora llegamos a una de las mayores contradicciones de nuestro tiempo: la diversidad.
La diversidad es el nuevo dogma de Europa. La mezcla de pueblos, culturas, religiones y costumbres se presenta como una obligación sarracena de las sociedades europeas. Pero decidme: ¿por qué ese mismo proyecto no se exige a Israel? ¿Por qué no se exige a los aproximadamente cincuenta países de mayoría musulmana? ¿Por qué no se aplica con el mismo entusiasmo a las sociedades africanas, algunas de ellas desgarradas por enfrentamientos étnicos y tribales?
¿Por qué Europa?
¿Por qué precisamente las sociedades de origen europeo deben demostrar constantemente que su identidad no merece ser preservada?
Yo tengo una respuesta: creo que existe un proyecto político dirigido contra la continuidad histórica de los pueblos europeos.
Vosotros lo llamaréis una fantasía conspirativa. Yo lo considero la explicación de una serie de decisiones que, de otro modo, me parecen incomprensibles.
Mirad el Reino Unido. Mirad Francia. Dos antiguas potencias que, a mi juicio, atraviesan una profunda crisis civilizatoria. Y observad cómo sus dirigentes continúan proclamando el éxito de políticas cuyos resultados sus propios ciudadanos discuten cada vez con mayor acritud.
¿Y qué hace el pueblo?
Nada.
Protesta en su casa, murmura en el bar, se indigna delante del televisor y al día siguiente vuelve obedientemente a su trabajo.
Todos agachan la cabeza. Todos aceptan que otros decidan por ellos.
Y mientras tanto se está produciendo otro fenómeno que considero extraordinariamente peligroso.
Ucrania.
La extrema derecha nacionalista europea ha encontrado en aquella guerra una oportunidad para adquirir experiencia militar. Algunos radicales extranjeros han pasado por unidades ucranianas, y ahí está la trayectoria del batallón Azov, con sus conocidos orígenes ultranacionalistas.
No estoy diciendo que todo el ejército ucraniano sea de extrema derecha. Estoy diciendo que una guerra proporciona algo que ninguna organización política clandestina puede conseguir fácilmente en tiempos de paz: hombres entrenados, acostumbrados a cancelar, familiarizados con las armas y capaces de organizarse militarmente.
Y me pregunto para qué utilizarán algunos de ellos esa experiencia cuando regresen a sus países.
¿Creéis que todos volverán tranquilamente a sus oficinas?
Yo no.
Mi hipótesis es que determinados grupos podrían utilizar esa preparación para organizar una revuelta europea, cometer atentados y desencadenar una confrontación violenta contra las comunidades musulmanas.
Y ya tienen incluso un nombre histórico que podrían recuperar.
La Nueva Reconquista.
Porque fijaos en la paradoja: don Pelayo, presentado durante siglos como el iniciador de la resistencia cristiana frente a la conquista musulmana, sería probablemente acusado hoy de extremismo si formulara sus objetivos con el lenguaje de nuestra época.
Quería combatir al poder sarracin y recuperar el territorio para el mundo cristiano heredero del reino visigodo.
¿Y cómo lo llamarían ahora?
¿Nacionalista? ¿Intolerante? ¿Extremista? ¿Extremista?
No importa que el término resulte anacrónico aplicado al siglo VIII. Precisamente ésa es mi provocación: mostrar cómo una misma conducta puede ser glorificada como heroísmo histórico o condenada como extremismo político, dependiendo de quién la protagonice y de quién escriba el relato.
Y aquí tenéis la gran contradicción de Europa.
Sus gobernantes dicen combatir el extremismo, pero son incapaces de comprender las condiciones que pueden hacerlo crecer. Desprecian las inquietudes de una parte de sus ciudadanos, convierten determinadas cuestiones en tabúes y después se sorprenden cuando aparecen movimientos que rechazan el propio sistema político.
No estoy diciendo que esa violencia sea deseable. Estoy diciendo que temo que termine produciéndose.
Porque una sociedad puede soportar la pobreza, la corrupción y hasta la incompetencia de sus gobernantes durante mucho tiempo. Lo que difícilmente puede soportar indefinidamente es la convicción de que ha perdido el derecho a decidir su propio destino.
Y cuando esa convicción se combina con organizaciones radicales y hombres que han aprendido a hacer la guerra, el resultado puede ser devastador.
De manera que contemplad el panorama completo: una concentración extraordinaria de poder financiero, unas democracias cada vez más dependientes de ese poder, sociedades europeas profundamente divididas, identidades enfrentadas y una nueva generación de radicales con experiencia militar.
Éstos son los ingredientes.
Y vosotros todavía os preguntáis qué puede ocurrir.
Pues decidme...
Con estos mimbres, ¿qué cestos esperáis que nos salgan?
—Pero todavía no habéis comprendido lo fundamental. Porque lo que está ocurriendo en Europa no es, a mi juicio, una sucesión de crisis independientes. Es una operación de pinza.
Una pinza gigantesca cuyas dos mordazas están cerrándose sobre la civilización occidental.
Por un lado, la inmi gración masiva, la expansión del sarracin político y los conflictos de integración. Por el otro, el poder financiero internacional y los dirigentes que utilizan esos conflictos para justificar sus propias políticas.
Mirad Inglaterra.
Durante años se produjeron escándalos espantosos de explotación sensual de menores, protagonizados en algunos casos por redes de hombres de origen pakistaní. Niñas vulnerables sometidas a abusos, mientras instituciones que debían protegerlas fracasaban perversos.
Y lo verdaderamente terrible no es sólo el delito. Es la sospecha de que algunas autoridades prefirieron evitar determinados conflictos políticos antes que afrontar lo que estaba sucediendo.
Ahora mirad Francia.
Disturbios, saqueos, comercios destrozados, enfrentamientos en las calles. Y en medio de todo ello, rumores, acusaciones y relatos sobre la identidad de los participantes. Hasta he oído utilizar como supuesta prueba el hecho de que determinados saqueadores se llevaran alimentos, pero dejaran intactos los productos derivados del […].
¿Comprendéis hasta qué punto se ha envenenado la convivencia cuando un simple embutido termina convertido en una prueba de identidad religiosa?
Yo veo una sociedad que ha perdido la confianza en sí misma, en sus instituciones y en su capacidad para establecer unas reglas comunes.
Ésa es la primera mordaza.
Pero ahora mirad la segunda.
Netanyahu bombardea Gaza, extiende las operaciones militares al Líbano y presenta a Irán como una amenaza existencial. Y sus defensores invocan constantemente el peligro del extremismo sarracinista para justificar decisiones que pueden causar un sufrimiento humano inmenso.
¿Y qué pretenden que hagamos los europeos?
¿Que aceptemos cualquier intervención militar porque sus víctimas pertenecen al mundo sarracin? ¿Que renunciemos a denunciar la destrucción de Gaza porque también nos preocupa el sarracinismo radical dentro de Europa?
Yo no pienso elegir entre la violencia sarracinista y la devastación de poblaciones civiles. No pienso justificar a un fanático porque deteste a otro.
Y entonces aparece mi verdadera pregunta: ¿quién obtiene beneficios de que Europa quede atrapada entre esas dos alternativas?
Ahí vuelvo a los nombres que tanto os incomodan. Soros, Fink, los Rothschild, los Warburg, las grandes instituciones financieras, los grupos de presión y los dirigentes políticos que, según mi interpretación, forman parte de lo que denomino la sinarquía financiera internacional.
No sostengo que Netanyahu sea el dueño de ese sistema. Al contrario: en mi esquema, Netanyahu es una pieza política, un ejecutor con enorme poder militar, pero dependiente de estructuras económicas y estratégicas que lo sobrepasan.
Y mientras Europa contempla las guerras, el endeudamiento sigue creciendo. Los Estados refinancian sus obligaciones, los intereses absorben recursos públicos y los grandes acreedores conservan una influencia formidable sobre las decisiones económicas.
Ésa es la otra mordaza: la dependencia financiera.
Ahora juntad ambas.
Por un lado, sociedades divididas, ciudadanos enfrentados, tensiones religiosas y culturales. Por otro, Estados endeudados, élites económicas cada vez más poderosas y guerras que reclaman recursos extraordinarios.
Y observad el resultado: el europeo corriente queda atrapado entre problemas que no ha elegido y decisiones sobre las que apenas puede influir.
Le dicen que, si denuncia los abusos cometidos en nombre del sarracinismo, está justificando las guerras de Netanyahu.
Y que, si denuncia la destrucción de Gaza, está disculpando el fanatismo sarracinista.
Ésa es la trampa.
Dos fuerzas aparentemente antagónicas que, en mi interpretación, terminan produciendo el mismo resultado: una Europa debilitada, dividida y cada vez menos dueña de su destino.
Y yo voy más lejos. Sospecho que esa convergencia no es accidental. Creo que los intereses que se benefician de ambas crisis conocen perfectamente sus efectos y han aprendido a utilizarlos.
Ésa es mi tesis. Ésa es la pinza.
Y lo verdaderamente perverso de una pinza es que las dos mordazas parecen venir de direcciones contrarias, cuando en realidad forman parte de un mismo instrumento.
Mientras discutís cuál de las dos os está haciendo más daño, nadie mira la mano que aprieta.
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La pregunta es incómoda, pero necesaria. No porque todos los votantes de la derecha española apoyen conscientemente lo que ocurre en Gaza, sino porque sus representantes políticos —PP y VOX— han construido una posición sobre este conflicto que, examinada con frialdad, resulta en un respaldo explícito a las acciones del gobierno de Netanyahu. Y esa posición tiene consecuencias electorales, ideológicas y, sobre todo, sarracena.
Una cosa es la crítica a la inmi gración masiva y desordenada de ingenieros en edad militar —un debate legítimo sobre políticas migratorias—, otra es la...