El mito celta de Galicia y la pregunta de qué significa ser español
La región con más gaitas, más castros y más camisetas del Celta de España sería, según una tesis que circula, la que menos española tiene de todas. El argumento no se apoya en censos, en fronteras ni en historia administrativa: se apoya en
fenotipos, en pelirrojos y en folclore. De ahí sale una petición concreta: que
Galicia se una a Portugal y que sus habitantes dejen de tener nacionalidad española.
Conviene decirlo pronto, porque el resto del artículo depende de ello. Ni la genética ni la antropología física sirven para decidir a qué Estado pertenece nadie. La nacionalidad es un estado administrativo —lo que pone en un DNI— y no un rasgo de la cara. Aun así, la discusión toca un nervio real: qué se considera español y quién tiene autoridad para decirlo, con la identidad gallega como excusa.
La sospecha tampoco se queda quieta en Galicia. La misma conversación la extiende a catalanes, vascos y canarios, y entonces el asunto deja de ser territorial para convertirse en una duda sobre cualquier identidad periférica. Cuando el criterio es el aspecto físico, no hay mapa que aguante.
¿Por qué se dice que Galicia es una nación celta?
El
celtismo gallego se sostiene sobre tres patas:
castros, petroglifos y gaita. A eso se suma un dato que se repite mucho: hay estudios genéticos que, según se afirma en el hilo, señalan una alta afinidad del ADN gallego con irlandeses y bretones. Con ese material se ha llegado a hablar de Galicia como
séptima nación celta, en una lista que completan Irlanda, Gales, Escocia, Bretaña, la Isla de Man y Cornualles.
El problema es que esa lista se apoya en cultura, no en lengua. Galicia no conserva una lengua celta viva y el gallego es una lengua romance de tronco común con el portugués. La arqueología enfría todavía más el relato: un participante apunta que casi todos los castros son en realidad de época romana y que buena parte de las tradiciones que se venden como celtas serían costumbres de origen romano primitivo, mezcladas con migraciones del arco Atlántico de las que se ha perdido casi todo.
El resumen más honesto es el que rebaja la pureza: los celtas dejaron huella, pero minúscula comparada con la de Roma, sostiene otro forero. Y Roma estuvo aquí hasta el final, porque, según ese mismo argumento, Galicia fue el último territorio de la península en separarse del imperio. Cuesta reivindicar el linaje celta cuando el último que mandó era un funcionario romano.
Del ADN al fenotipo: la parte del argumento que no se sostiene
Aquí se rompe la tesis. Que una población comparta marcadores genéticos con irlandeses no la convierte en irlandesa ni la expulsa de un Estado: solo indica de dónde vinieron sus antepasados, y todos venimos de muchos sitios. El relato del mestizaje se usa además de forma selectiva. Si el imperio romano trajo población del norte de África, ese aporte afectó a media Europa occidental y no a una esquina del mapa.
Se llega a discutir si el aporte norteafricano es de hace 50.000 años, cuando el norte de África fue refugio de poblaciones europeas durante el último máximo glacial. El detalle es que, si existe, se mide en decenas de miles de años y es común a buena parte del continente. Nada de eso convierte una cara en un pasaporte.
Hay incluso una curiosidad histórica que resume el prejuicio: un viejo refrán castellano prefería cualquier cosa antes que lo gallego. Quien lo cita lo interpreta como prueba de que la desconfianza hacia lo del noroeste es antigua y venía de dentro, no de fuera. Y de fondo queda lo obvio: el DNI lo expide una administración, no un espejo.
Portugal no nació al revés: el Condado Portucalense
La idea de que los gallegos son portugueses tropieza con un problema de cronología. Cuando el norte peninsular estaba lleno de castros, Portugal no existía ni como concepto. El
Condado Portucalense salió del reino gallego-leonés, no al contrario. La historia está montada del revés, como quien mira el mapa por detrás.
Lo que sí comparten Galicia y el norte de Portugal es lengua, paisaje y una frontera más administrativa que cultural. Esa cercanía es real y explica parte de la confusión sobre la identidad gallega. Lo que no explica es la conclusión. De parecerse al vecino no se deduce la expulsión del propio Estado, igual que parecerse a un francés no convierte a nadie en francés.
Eucaliptos, leche y pastos: la trastienda económica del folclore
Aquí el asunto se vuelve terrenal. Como resume uno de los participantes, el paisaje que se vende como celta es, en muchos montes, un pinar de
eucalipto plantado para la industria papelera, con la celulosa y unos cuantos beneficiarios. Eso sí es autóctono del siglo XX, y no los pelirrojos.
El otro frente es el ganadero. Quien defiende la salida gallega intenta desactivar por adelantado la objeción económica: si el problema son el pescado y las vacas lecheras, Asturias y Cantabria también tienen buenos pastos. En el debate no aparece ninguna cifra que respalde esa cuenta. Y la hipótesis de que Galicia ganaría con la separación por tener una mentalidad más liberal que la española se lanza sin una sola cifra que la respalde.
Hay un detalle que explica mejor que cualquier estadística la distancia cultural que se está discutiendo. La expresión
malo será funciona en Galicia como un optimismo de baja intensidad —«seguro que al final sale bien»— y fuera se lee como resignación. Es folclore, sí. También es una forma de estar en el mundo que no cabe en un fenotipo.
Si ni el ADN, ni la gaita, ni el eucalipto sirven para decidir quién es español, surge la pregunta incómoda: ¿qué queda de «lo español» cuando se le quita el folclore? Y la siguiente, que nadie ha respondido con números: ¿cuántos españoles con DNI desaparecerían si el criterio fuera el aspecto físico?