Marina y Ainara acaban de recibir el alta psicológica tras más de dos años de terapia por duelo gestacional.

Marina y Ainara acaban de recibir el alta psicológica tras más de dos años de terapia por duelo gestacional.
Estas cosas antes quedaban en el ámbito familiar y nadie tenía ganas de hacer un show de su vida íntima, y menos con algo como un aborto, ahora lo airean a los cuatro vientos, lo que demuestra que no estarán sufriendo tanto por el aborto cuando su principal preocupación es salir en los medios para contarlo.
 
Cuando lo tengas nos cuentas. Mira, cuando me enteré de que mi señora estaba embarazada de nuestro primer descendiente me entró un miedo y una inseguridad brutales. Nunca nos planteamos abortar, pero yo estaba preocupado: «¿sabré sacar una criatura adelante?», «¿y si no soy capaz?», «¿y si me harto de todo?», «¿y si...?». El caso es que fuimos a la primera revisión, a los dos meses o así (no me acuerdo, muy pronto). Mi señora se tumba, y sin previo aviso la matrona pone el ecógrafo, sube el volumen... y empezamos a oír los latidos del feto. En ese momento pensé: «A este lo saco para adelante aunque sea lo único digno de mención que haga en mi vida». Y en esas sigo.

Han pasado ya décadas, y te aseguro que no cambio el recuerdo de una mañana de domingo jugando a cosquillas con mi tropa por el recuerdo del pole más salvaje que puedas imaginar.

Hay cosas que hasta que no te pasan, no te haces a la idea.
Si todo eso lo entiendo, pero a mí no me gustan, no soporto a los críos, y muchas veces tampoco a los padres porque son un espejo del comportamiento de los críos… en otros tiempos sí, pero en estos es que no los aguanto, salvo casos contados, la mayoría, no los aguanto, como para tener uno… no, gracias.

Aparte de todo esto, me gusta mi libertad, el deporte, los vermuts y hacer lo que me dé la gana sin que me incordie la tranquilidad o los planes.
 
Si todo eso lo entiendo, pero a mí no me gustan, no soporto a los críos, y muchas veces tampoco a los padres porque son un espejo del comportamiento de los críos… en otros tiempos sí, pero en estos es que no los aguanto, salvo casos contados, la mayoría, no los aguanto, como para tener uno… no, gracias.

Aparte de todo esto, me gusta mi libertad, el deporte, los vermuts y hacer lo que me dé la gana sin que me incordie la tranquilidad o los planes.
No no, que te entiendo, a mí tampoco me gustaban. Hasta que tuve a los míos.
 

No se que pensar...pensando:​

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Mara siempre será nuestra hija pese a haber nacido perecid»​

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(imagen visible para usuarios registrados)
Marina y Ainara, que perdieron a su hija Mara en la semana 37 de embarazo, pasean por Donostia.(Gorka Estrada)

Macarena Tejada


14/10/2026Actualizado a las 07:20h.

Su descendiente mayor, Markel, fue quien les hizo salir a flote. Él apenas tenía año y medio cuando, sin ser consciente, obligó a sus dos madres a continuar con su vida pese a todo. Fue su «motor». No podían permitirse quedarse en la cama todo el día. Ni pasar horas y horas tiradas en el sofá. Tampoco aislarse en sus pensamientos. Marina Martín y Ainara Larraza perdieron a su segunda hija, Mara, en la semana 37 de embarazo. Esto es, a los ocho meses y medio, en lo que se considera ya embarazo a término. «Fue durísimo», reconocen ambas mujeres, que tras más de dos años de terapia psicológica han recibido el alta y con motivo del Día Internacional de Concienciación sobre la Gloria Gestacional, Perinatal y Neonatal, que es mañana, han decidido contar su historia. Para que Mara no quede en el olvido, porque «es nuestra hija y siempre lo será pese a haber nacido perecid», aseguran, junto con Markel y la pequeña Lea. Y para visibilizar «el dolor» que supone perder a un descendiente antes de que nazca. «Que siempre se recuerden a esos bebés que han fallecido durante el embarazo, en el parto o los primeros días de vida».

Ainara fue quien gestó y dio a luz a Markel, el primer descendiente de esta pareja de donostiarras. Al poco, decidieron dar el paso con el segundo. En esa ocasión fue Marina quien se quedó embarazada. Ambas querían vivir la experiencia de crear vida. Todo iba bien, sin ninguna complicación aparente, hasta que en la ecografía de la semana 34 –equivalente al inicio del octavo mes– le detectaron a Mara una malformación en el cordón umbilical, «justo en la parte que encajaba en su tripita», explica Marina. Les derivaron al Hospital Universitario Donostia porque eso supuso que su embarazo pasara a ser de riesgo, pero les dijeron que estuvieran «totalmente tranquilas». Al parecer, «no habían visto ningún bebé que se hubiera perecid por un aneurisma, que es lo que tenía ella», añade Ainara.

Pero lejos de todos los pronósticos, fue el comienzo de su peor pesadilla. Querían «sacar a la niña» antes. «Fue bastante agónico saber que ella estaba mejor dentro de Marina que fuera cuando nosotras necesitábamos que indujeran el parto cuanto antes, psicológicamente hablando», aclaran ambas mientras se toman un café. «Estábamos mal». Es la primera vez que hacen pública su historia en un medio de comunicación, y mañana la repetirán ante decenas de personas en una jornada organizada por el equipo de atención psicosocial de Matia Fundazioa en el marco de un programa de Fundación La Caixa con el objetivo de visibilizar este tipo de duelos, muchas veces «silenciados».

Finalmente cerraron la fecha para inducir el parto. Y cuando acudieron al hospital a que les dieran hora supieron que Mara había perecid. Marina tuvo que someterse a una sesión de monitorización fetal, muy habitual en las revisiones de las últimas semanas. Era algo rutinario. Pero fue cuando vieron que «no había latido». Marina había sentido a la niña horas antes. «Puede que falleciera en la misma sala de espera», dicen sus madres. Nunca lo sabrán. Le iban a provocar el parto cinco días después, pero no volvieron a salir del centro sanitario. «Ahí empezó la tortura y la guerra», coinciden.

«No podía romperme»​

La culpa, el 'y si'... Marina recibió la noticia sola, en la sala de monitores. Ainara estaba fuera, escuchando otros latidos que pensaba que eran los de su hija. «El trato fue muy bueno», pero eso no hace que fuera difícil de asimilarlo. Muy complicado. «Solo quería que me hicieran allí mismo una cesárea», dice Marina. Tanto las sanitarias como sus familiares pensaban que «no había asimilado la noticia, que estaba en 'shock'. Probablemente sí que lo estuviera, pero necesitaba estar concentrada porque todavía tenía que parir. No podía romperme antes, porque entonces no iba a poder hacerlo», reflexiona con la vista puesta atrás.

Lo que sí estaban era «perdidas». Ambas. «La peor parte se la llevó Marina, pero antes de que ella llegara a la habitación después de saber que Mara había perecid ya me estaban preguntando qué quería que hicieran con su cuerpo. Están hablando de tu hija. Es muy duro», asegura Ainara. «Hay mucho papeleo que hacer... Y las profesionales tampoco sabían qué hacer, lo que es buena señal, porque significa que no ocurre mucho. Pero es complicadísimo». Según les dijeron a ellas desde el propio hospital, en Gipuzkoa se dan una o dos gloria al año de bebés antes de nacer en una semana tan avanzada como la de Mara.

Se quedaron ingresadas hasta dar a luz. Para Ainara fue un «parto precioso», teniendo en cuenta todo lo que le rodeaba. Marina no lo tiene tan claro. «Me dolía tanto todo lo demás que el dolor físico fue muy insignificante. También teníamos una pequeña esperanza de que los profesionales se hubieran equivocado» y estuviera viva. Desgraciadamente no fue así. Pero aprovecharon las horas que pudieron estar con ella al máximo. Siguieron todas las recomendaciones de los expertos, y cuando les ofrecieron coger en brazos a Mara tras el parto, así lo hicieron.

Marina «lo tenía claro». A Ainara le costó «un poco más» tomar la decisión. Era mucha información que gestionar. Muchas emociones. Muchas decisiones. No sabía si se veía capaz. «Antes de nacer estábamos hablando del final. Era muy 'heavy'. Pero cuando nació las dudas se disiparon», dice. Le cortó el cordón umbilical como se hace habitualmente, vio cómo la sacaban y junto a su mujer estuvo «horas» con ella. «Era como una niña dormida. Nació con muy buen tonalidad, y cuando esto empezó a cambiar decidimos que era el momento de dejarla para quedarnos con buen recuerdo».

En el parto, a Marina le «dolía tanto todo lo demás que el dolor físico fue muy insignificante. Además tenía una pequeña esperanza»
Desde el propio centro sanitario les recomendaron hacerle fotos. Y nunca se arrepentirán de ello. «Es lo único que vamos a tener de ella», apuntan. «Los recuerdos se difuminan. Y con el paso del tiempo te quedan las fotos, el haberla cogido, haberla abrazado, haberle dado besos... Incluso le pusimos una ropita especial que le habíamos comprado». Además, el Hospital Universitario Donostia cuenta con una iniciativa específica llamada 'Caja de recuerdos' diseñada para ayudar a las familias a transitar el dolor por una gloria perinatal o neonatal. En ella incluyen una foto de la familia con la niña, el cordón umbilical, el gorrito que le ponen y las huellas de las manos y los pies, entre otras cosas. Dan la opción de llevársela a casa y, en caso de que la familia no la quiera, la guardan durante un año para que tengan la posibilidad de recogerla en este tiempo si se han arrepentido de no llevársela con ellos. Muchos vuelven a por ella.

Con la gloria de Mara un sentimiento «irracional de culpa» invadió a Marina. Ahora, gracias a la terapia, sabe que no hubiera podido hacer nada para evitar la pérdida, pero le ha costado mucho. Aun y todo, decidió «ser valiente» y tener un tercer descendiente. Fue una chica, Lea, que nació el año pasado. La gestó y alumbró ella. En parte, lo necesitaba para sanar todas aquellas heridas que se le habían quedado abiertas. Y que aunque quizá nunca desaparezcan del todo, cada vez duelen menos.

Siempre había querido dar a luz y, de hecho, cuando nació Lea lo primero que dijo fue 'lo he conseguido', 'he podido'. «Claro que podía, pero son sentimientos irracionales muy difíciles de controlar. Ahora Lea no duerme bien, pero se despierta a las dos de la mañana y pienso en la suerte que tengo de tenerla conmigo», afirma Marina, con el pecho encogido. «Ojalá no le pase a nadie lo que nos ha pasado a nosotras. Es durísimo. Pero con una buena terapia aprendes a disfrutar de muchos pequeños detalles de la vida».

«Ansiedad por duelo»​

Y en este aspecto lamentan la «falta de recursos gigantesca de psicólogos en el área de Ginecología del hospital». Las matronas asumieron este papel, y «lo hicieron muy bien, pero no es la solución. No solo lo necesitábamos para el momento del parto, sino que también para la hora de salir a la calle. La vida fuera seguía, pero nosotras estábamos paralizadas». Desde Osakidetza les derivaron a la asociación Esku Hutsik, quienes les han guiado en el camino. Han estado dos años y medio de terapia, tanto grupal en el Hospital de Mendaro como individual y en pareja en la sanidad privada.

Entre tanto han tenido que pedir varias bajas, porque Marina pudo beneficiarse de la de maternidad pero Ainara solo de cinco días. Su primera baja fue «por ansiedad de causa desconocida. Pero eso era mentira. Era una baja por duelo por la pérdida de una hija. Eso es tapar lo que ha pasado y no podemos seguir haciéndolo más. Las familias tenemos que tener la libertad de hablar de esto», reivindican.

Antes de Mara, tenían un descendiente de 18 meses, Markel, que fue su «motor» en los peores momentos. Después nació Lea, el año pasado
La sociedad «no está preparada para hacer frente a estas situaciones». Han tenido que escuchar «comentarios de todo tipo, como que son jóvenes, que no se quejaran porque ya tenían otro descendiente o que podía haber sido peor. Y esas palabras les han dolido mucho. Eso es, en parte, lo que les ha hecho querer visibilizar lo que han vivido, porque «el dolor ajeno incomoda». Por suerte, ellas ya están en proceso de recuperación, pero ha habido ocasiones en las que han echado en falta que les preguntaran cómo se sentían, cómo estaban.

Mara murió el 14 de febrero de 2024 y nació el 15 de febrero de ese mismo año. Desde entonces, la vida de Marina y Ainara ha estado marcada por un duro duelo. Ahora tienen tres descendientes: Markel, Mara y Lea. Por ese orden cronológico, aunque no puedan disfrutar de la mediana como les hubiera gustado

Dios se apiadó del bebé y no permitió que naciera vivo para caer en manos de esas dos personas.
 
Cuentistas.
Una cuñada, ya fuera de cuentas, notó que "algo no iba bien".
Le provocaron el parto, y estaba estrangulada con el cordón umbilical.
A la semana estaba en su curro.
 
Aquí todos llevamos nuestros dramas a la espalda y no dejamos por eso de remar, pero en su caso parece que lo importante es vivir del cuento.
 

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