Economía: España no necesita más turistas

España no necesita más turistas
Yo nunca he ido a un Airbnb ni cogido un UBER, por qué soy un pirata como ellos y no me gusta que me timen. Precisamente los que son clientes de estos, son los que quieren mas por su dinero y trabajar y pagar impuestos les gusta menos. No se puede tener todo en esta vida.
 
Se llama presión demográfica mundial.

Un país previsor con el caramelo que supone España, haría que se tuviese una renta per capita mínimo de Noruega.
 
Ya se cargaron el sector minero y el industrial porque contaminaba, ahora que España levanta cabeza y se pone a liderar el crecimiento europeo, empieza la campaña de la anti España, para sabotear el único sector pujante que nos queda
El patriota que quiere hacer del país y su patrimonio un parque temático, defecadero de Europa y mandar a sus habitantes a vivir a caravanas. La patria de la pasta.

La anti-españa siempre habéis sido vosotros, con la ayuda de Felipón no lo niego
 
No hay que ser un lince para saber qué con la mitad de turistas el grueso de los autóctonos viviría mejor....
El turismo en España alcanzó un valor de 200.699 millones de euros, lo que representa el 12,6% del PIB nacional según los registros oficiales del Instituto Nacional de Estadística. Además, el sector genera más de 2,7 millones de puestos de trabajo, equivalentes al 12,3% del empleo total del país. [1]

Claro que si un 6% menos de PIB y casi millon y medio de personas al paro. Estariamos mucho mejor.
 
Lo voy a repetir varias veces porque parece que no queda claro.

EL TURISMO ES EL SECTOR QUE MÁS APORTA AL PIB ESPAÑOL.

EL TURISMO ES EL SECTOR QUE MÁS APORTA AL PIB ESPAÑOL.

EL TURISMO ES EL SECTOR QUE MÁS APORTA AL PIB ESPAÑOL.

EL TURISMO ES EL SECTOR QUE MÁS APORTA AL PIB ESPAÑOL.

EL TURISMO ES EL SECTOR QUE MÁS APORTA AL PIB ESPAÑOL.
 
Si lees entera la noticia observarás que también trata este tema. Lo he puesto en colorines para destacarlo.

Pero has de leerlo tú.esperando:
Y los paga ¿eh?, y los paga.
Y hasta da suculentas propinas.

España no necesita más turistas​


España no necesita un turista más. No porque haya que levantar una empalizada en los Pirineos o devolver a los ingleses a sus lluvias. No necesitamos otro turista porque, después de casi cien millones al año, contar personas ha dejado de ser una forma inteligente de medir el éxito.

El turismo trajo divisas cuando apenas las teníamos, abrió el país, creó empleo, transformó nuestras costas y contribuyó incluso a cierta educación sentimental de una sociedad que descubría que Europa existía. Los éxitos económicos también merecen gratitud, pero no convertirse en dogmas.

En 2025 llegaron a España 96,8 millones de turistas internacionales. Otro récord. En los cinco primeros meses de este año ya fueron 36,8 millones, un 5% más. El gasto crece incluso más deprisa y eso está bien. Pero el Gobierno considera probable alcanzar este año los cien millones y la cifra posee esa fascinación infantil que ejercen los números redondos. Después vendrán ciento cinco. Luego ciento diez. La pregunta que casi nunca hacemos es para qué.

En economía importa mucho el margen. El primer turista que llegó a una playa casi vacía produjo un beneficio enorme. Justificó el hotel, el restaurante, el vuelo y muchos empleos que antes no existían. El turista cien millones llega a un país muy distinto. Necesita también una cama, agua, transporte, energía y unos metros cuadrados de ciudad o de costa durante unos días. Genera renta, por supuesto, aunque también utiliza recursos cuyo valor alternativo ha crecido extraordinariamente.

Ese es el problema de los récords. Suman los beneficios y esconden los costes. El gasto del visitante aparece con admirable precisión en las estadísticas. Resulta bastante más difícil medir la congestión, el espacio ocupado, las infraestructuras adicionales o el efecto que produce sobre una ciudad que una vivienda resulte más rentable durante tres noches que durante todo un mes. El PIB sabe contar muy bien una cerveza vendida. Tiene más dificultades para valorar que el camarero que la sirve ya no pueda vivir cerca del bar.

Ningún empresario serio intentaría maximizar indefinidamente el número de clientes sin preguntarse cuánto gana con el siguiente. En España celebramos cada récord de visitantes como si un país fuese un parque temático cuya única desgracia consistiera en que quedasen entradas sin vender.

Cuando servir, alojar, transportar y entretener a una población flotante gigantesca ofrece retornos inmediatos, otras actividades tienen que competir por esos mismos trabajadores, locales, viviendas y recursos. El peligro no es que el turismo vaya mal. Es exactamente el contrario. Que vaya tan bien que resulte demasiado cómodo seguir haciendo lo mismo.

España conoce esa tentación. Hubo un tiempo en que construir viviendas parecía una fuente inagotable de prosperidad. Cada grúa confirmaba el éxito de la anterior hasta que descubrimos que una economía puede especializarse demasiado incluso en aquello que sabe hacer magníficamente. No hay ninguna razón para esperar a una crisis para hacernos esa pregunta con el turismo.

La solución tampoco consiste en buscar un turismo de lujo que sustituya cien chanclas por un yate. El visitante rico ocupa espacio, consume recursos y también transforma los precios. Se trata de abandonar la obsesión por la cantidad y preguntarnos qué turismo aumenta más el bienestar de quienes viven aquí. Más gasto por visitante puede ser parte de la respuesta. También la desestacionalización, la dispersión territorial, una mejor productividad y, llegado el caso, aceptar que algunos lugares sencillamente no necesitan crecer más.

Machado escribió que todo necio confunde valor y precio. Nosotros corremos el riesgo de confundir valor y volumen. Noventa millones, cien millones, ciento diez millones. Ya son muchas las ciudades españolas que han perdido el alma.

Francisco Rodríguez Fernández es catedrático de Economía de la Universidad de Granada (UGR) y director del Área Financiera y Digitalización de Funcas.

Para engrandecer las Españas.
Pregúntese por qué vienen.
Pero vienen por el boca-oido, claro.

España no necesita más turistas​


España no necesita un turista más. No porque haya que levantar una empalizada en los Pirineos o devolver a los ingleses a sus lluvias. No necesitamos otro turista porque, después de casi cien millones al año, contar personas ha dejado de ser una forma inteligente de medir el éxito.

El turismo trajo divisas cuando apenas las teníamos, abrió el país, creó empleo, transformó nuestras costas y contribuyó incluso a cierta educación sentimental de una sociedad que descubría que Europa existía. Los éxitos económicos también merecen gratitud, pero no convertirse en dogmas.

En 2025 llegaron a España 96,8 millones de turistas internacionales. Otro récord. En los cinco primeros meses de este año ya fueron 36,8 millones, un 5% más. El gasto crece incluso más deprisa y eso está bien. Pero el Gobierno considera probable alcanzar este año los cien millones y la cifra posee esa fascinación infantil que ejercen los números redondos. Después vendrán ciento cinco. Luego ciento diez. La pregunta que casi nunca hacemos es para qué.

En economía importa mucho el margen. El primer turista que llegó a una playa casi vacía produjo un beneficio enorme. Justificó el hotel, el restaurante, el vuelo y muchos empleos que antes no existían. El turista cien millones llega a un país muy distinto. Necesita también una cama, agua, transporte, energía y unos metros cuadrados de ciudad o de costa durante unos días. Genera renta, por supuesto, aunque también utiliza recursos cuyo valor alternativo ha crecido extraordinariamente.

Ese es el problema de los récords. Suman los beneficios y esconden los costes. El gasto del visitante aparece con admirable precisión en las estadísticas. Resulta bastante más difícil medir la congestión, el espacio ocupado, las infraestructuras adicionales o el efecto que produce sobre una ciudad que una vivienda resulte más rentable durante tres noches que durante todo un mes. El PIB sabe contar muy bien una cerveza vendida. Tiene más dificultades para valorar que el camarero que la sirve ya no pueda vivir cerca del bar.

Ningún empresario serio intentaría maximizar indefinidamente el número de clientes sin preguntarse cuánto gana con el siguiente. En España celebramos cada récord de visitantes como si un país fuese un parque temático cuya única desgracia consistiera en que quedasen entradas sin vender.

Cuando servir, alojar, transportar y entretener a una población flotante gigantesca ofrece retornos inmediatos, otras actividades tienen que competir por esos mismos trabajadores, locales, viviendas y recursos. El peligro no es que el turismo vaya mal. Es exactamente el contrario. Que vaya tan bien que resulte demasiado cómodo seguir haciendo lo mismo.

España conoce esa tentación. Hubo un tiempo en que construir viviendas parecía una fuente inagotable de prosperidad. Cada grúa confirmaba el éxito de la anterior hasta que descubrimos que una economía puede especializarse demasiado incluso en aquello que sabe hacer magníficamente. No hay ninguna razón para esperar a una crisis para hacernos esa pregunta con el turismo.

La solución tampoco consiste en buscar un turismo de lujo que sustituya cien chanclas por un yate. El visitante rico ocupa espacio, consume recursos y también transforma los precios. Se trata de abandonar la obsesión por la cantidad y preguntarnos qué turismo aumenta más el bienestar de quienes viven aquí. Más gasto por visitante puede ser parte de la respuesta. También la desestacionalización, la dispersión territorial, una mejor productividad y, llegado el caso, aceptar que algunos lugares sencillamente no necesitan crecer más.

Machado escribió que todo necio confunde valor y precio. Nosotros corremos el riesgo de confundir valor y volumen. Noventa millones, cien millones, ciento diez millones. Ya son muchas las ciudades españolas que han perdido el alma.

Francisco Rodríguez Fernández es catedrático de Economía de la Universidad de Granada (UGR) y director del Área Financiera y Digitalización de Funcas.

Pues que el camarero abra su propio bar, a ver si lo hace mejor que el dueño. Que lo mismo -y durante unos meses- hay clientela para los dos bares.

O que abra un taller mecánico o una tienda de ropa si es alérgico al turismo.

España no necesita más turistas​


España no necesita un turista más. No porque haya que levantar una empalizada en los Pirineos o devolver a los ingleses a sus lluvias. No necesitamos otro turista porque, después de casi cien millones al año, contar personas ha dejado de ser una forma inteligente de medir el éxito.

El turismo trajo divisas cuando apenas las teníamos, abrió el país, creó empleo, transformó nuestras costas y contribuyó incluso a cierta educación sentimental de una sociedad que descubría que Europa existía. Los éxitos económicos también merecen gratitud, pero no convertirse en dogmas.

En 2025 llegaron a España 96,8 millones de turistas internacionales. Otro récord. En los cinco primeros meses de este año ya fueron 36,8 millones, un 5% más. El gasto crece incluso más deprisa y eso está bien. Pero el Gobierno considera probable alcanzar este año los cien millones y la cifra posee esa fascinación infantil que ejercen los números redondos. Después vendrán ciento cinco. Luego ciento diez. La pregunta que casi nunca hacemos es para qué.

En economía importa mucho el margen. El primer turista que llegó a una playa casi vacía produjo un beneficio enorme. Justificó el hotel, el restaurante, el vuelo y muchos empleos que antes no existían. El turista cien millones llega a un país muy distinto. Necesita también una cama, agua, transporte, energía y unos metros cuadrados de ciudad o de costa durante unos días. Genera renta, por supuesto, aunque también utiliza recursos cuyo valor alternativo ha crecido extraordinariamente.

Ese es el problema de los récords. Suman los beneficios y esconden los costes. El gasto del visitante aparece con admirable precisión en las estadísticas. Resulta bastante más difícil medir la congestión, el espacio ocupado, las infraestructuras adicionales o el efecto que produce sobre una ciudad que una vivienda resulte más rentable durante tres noches que durante todo un mes. El PIB sabe contar muy bien una cerveza vendida. Tiene más dificultades para valorar que el camarero que la sirve ya no pueda vivir cerca del bar.

Ningún empresario serio intentaría maximizar indefinidamente el número de clientes sin preguntarse cuánto gana con el siguiente. En España celebramos cada récord de visitantes como si un país fuese un parque temático cuya única desgracia consistiera en que quedasen entradas sin vender.

Cuando servir, alojar, transportar y entretener a una población flotante gigantesca ofrece retornos inmediatos, otras actividades tienen que competir por esos mismos trabajadores, locales, viviendas y recursos. El peligro no es que el turismo vaya mal. Es exactamente el contrario. Que vaya tan bien que resulte demasiado cómodo seguir haciendo lo mismo.

España conoce esa tentación. Hubo un tiempo en que construir viviendas parecía una fuente inagotable de prosperidad. Cada grúa confirmaba el éxito de la anterior hasta que descubrimos que una economía puede especializarse demasiado incluso en aquello que sabe hacer magníficamente. No hay ninguna razón para esperar a una crisis para hacernos esa pregunta con el turismo.

La solución tampoco consiste en buscar un turismo de lujo que sustituya cien chanclas por un yate. El visitante rico ocupa espacio, consume recursos y también transforma los precios. Se trata de abandonar la obsesión por la cantidad y preguntarnos qué turismo aumenta más el bienestar de quienes viven aquí. Más gasto por visitante puede ser parte de la respuesta. También la desestacionalización, la dispersión territorial, una mejor productividad y, llegado el caso, aceptar que algunos lugares sencillamente no necesitan crecer más.

Machado escribió que todo necio confunde valor y precio. Nosotros corremos el riesgo de confundir valor y volumen. Noventa millones, cien millones, ciento diez millones. Ya son muchas las ciudades españolas que han perdido el alma.

Francisco Rodríguez Fernández es catedrático de Economía de la Universidad de Granada (UGR) y director del Área Financiera y Digitalización de Funcas.

Muchas ciudades perdieron el alma cuando se mecanizó y se despobló el campo. Amos no aguante.
No eche ajenos pecados sobre nuevos pecadores.

España no necesita más turistas​


España no necesita un turista más. No porque haya que levantar una empalizada en los Pirineos o devolver a los ingleses a sus lluvias. No necesitamos otro turista porque, después de casi cien millones al año, contar personas ha dejado de ser una forma inteligente de medir el éxito.

El turismo trajo divisas cuando apenas las teníamos, abrió el país, creó empleo, transformó nuestras costas y contribuyó incluso a cierta educación sentimental de una sociedad que descubría que Europa existía. Los éxitos económicos también merecen gratitud, pero no convertirse en dogmas.

En 2025 llegaron a España 96,8 millones de turistas internacionales. Otro récord. En los cinco primeros meses de este año ya fueron 36,8 millones, un 5% más. El gasto crece incluso más deprisa y eso está bien. Pero el Gobierno considera probable alcanzar este año los cien millones y la cifra posee esa fascinación infantil que ejercen los números redondos. Después vendrán ciento cinco. Luego ciento diez. La pregunta que casi nunca hacemos es para qué.

En economía importa mucho el margen. El primer turista que llegó a una playa casi vacía produjo un beneficio enorme. Justificó el hotel, el restaurante, el vuelo y muchos empleos que antes no existían. El turista cien millones llega a un país muy distinto. Necesita también una cama, agua, transporte, energía y unos metros cuadrados de ciudad o de costa durante unos días. Genera renta, por supuesto, aunque también utiliza recursos cuyo valor alternativo ha crecido extraordinariamente.

Ese es el problema de los récords. Suman los beneficios y esconden los costes. El gasto del visitante aparece con admirable precisión en las estadísticas. Resulta bastante más difícil medir la congestión, el espacio ocupado, las infraestructuras adicionales o el efecto que produce sobre una ciudad que una vivienda resulte más rentable durante tres noches que durante todo un mes. El PIB sabe contar muy bien una cerveza vendida. Tiene más dificultades para valorar que el camarero que la sirve ya no pueda vivir cerca del bar.

Ningún empresario serio intentaría maximizar indefinidamente el número de clientes sin preguntarse cuánto gana con el siguiente. En España celebramos cada récord de visitantes como si un país fuese un parque temático cuya única desgracia consistiera en que quedasen entradas sin vender.

Cuando servir, alojar, transportar y entretener a una población flotante gigantesca ofrece retornos inmediatos, otras actividades tienen que competir por esos mismos trabajadores, locales, viviendas y recursos. El peligro no es que el turismo vaya mal. Es exactamente el contrario. Que vaya tan bien que resulte demasiado cómodo seguir haciendo lo mismo.

España conoce esa tentación. Hubo un tiempo en que construir viviendas parecía una fuente inagotable de prosperidad. Cada grúa confirmaba el éxito de la anterior hasta que descubrimos que una economía puede especializarse demasiado incluso en aquello que sabe hacer magníficamente. No hay ninguna razón para esperar a una crisis para hacernos esa pregunta con el turismo.

La solución tampoco consiste en buscar un turismo de lujo que sustituya cien chanclas por un yate. El visitante rico ocupa espacio, consume recursos y también transforma los precios. Se trata de abandonar la obsesión por la cantidad y preguntarnos qué turismo aumenta más el bienestar de quienes viven aquí. Más gasto por visitante puede ser parte de la respuesta. También la desestacionalización, la dispersión territorial, una mejor productividad y, llegado el caso, aceptar que algunos lugares sencillamente no necesitan crecer más.

Machado escribió que todo necio confunde valor y precio. Nosotros corremos el riesgo de confundir valor y volumen. Noventa millones, cien millones, ciento diez millones. Ya son muchas las ciudades españolas que han perdido el alma.

Francisco Rodríguez Fernández es catedrático de Economía de la Universidad de Granada (UGR) y director del Área Financiera y Digitalización de Funcas.

Y lo mismo le hace un artículo ensalzando el turismo que denostándolo.

Tarifas negociables.

______________
FREE ZOUHAM o abandonad toda esperanza.
 
De qué sirve que sea el sector que más aporte al PIB español si las consecuencias son estas?

-Gentrificación y vecinos expulsados de sus barrios.
-Trabajadores esenciales (personal sanitario, bomberos, docentes) viviendo en caravanas.
-Precarización laboral.
-Degradación patrimonial y medioambiental.
El TURISMO DE BORRACHERA no es rentable para ningún país.
 
De qué sirve que sea el sector que más aporte al PIB español si las consecuencias son estas?

-Gentrificación y vecinos expulsados de sus barrios.
-Trabajadores esenciales (personal sanitario, bomberos, docentes) viviendo en caravanas.
-Precarización laboral.
-Degradación patrimonial y medioambiental.
¿Y eso es culpa del turismo o de los gobernantes?

Mira que fácil te lo pongo y también te lo repito porque parece que no te quieres enterar.

VIVIENDA SOCIAL PÚBLICA.

INSPECCIONES DE TRABAJO.

PROTECCIÓN DE ZONAS DE ESPECIAL INTERÉS.

VIVIENDA SOCIAL PÚBLICA.

INSPECCIONES DE TRABAJO.

PROTECCIÓN DE ZONAS DE ESPECIAL INTERÉS.

VIVIENDA SOCIAL PÚBLICA.

INSPECCIONES DE TRABAJO.

PROTECCIÓN DE ZONAS DE ESPECIAL INTERÉS.
 
Aquí es que hemos quebrado al menos dos veces a Paradores Nacionales -y además servían para recuperar y poner en valor conventos, monasterios, palacios y edificios históricos- luego lo del turismo de borrachera será un corolario de una pésima gestión

pública.


ELMUNDO no es "rojo" precisamente...
Y mucho menos los rojos al poco de catar moqueta y poder.

___________
FREE ZOUHAM o abandonad toda esperanza.
 
ELMUNDO no es "rojo" precisamente...
¿Adónde va la publicidad institucional en España? Los pagos a medios que el Gobierno oculta:

"En el apartado dedicado a la prensa, ya sean periódicos de papel o digitales, El País lidera la clasificación con algo más de tres millones de euros percibidos bajo el mandato de Sánchez, entre 2019 y 2023. Por detrás se situaría El Mundo con 2,58 millones. Sin embargo, en ambos casos hay una partida de unos 2,2 millones de euros que muchos ministerios asignan a sus grupos, PRISA y Unidad Editorial. Es imposible saber qué parte de ambas corresponde a sus buques insignia —teóricamente, podrían incluso superar los cinco millones— por ello hemos optado por realizar esta clasificación empleando grupos editoriales y no cabeceras. En última instancia, el dinero acaba en las mismas cuentas."



Por dinero baila el mono.
 
España tiene MUCHO MÁS que solo sol y playa y un puñado de ciudades que visitar.

España tiene un patrimonio cultural y natural increíble que no se por qué no se sabe vender bien.

Si recondujéramos parte de ese turismo que masifica ciudades, zonas costeras...hacia pueblos y ciudades más pequeñas, hacia parques naturales haríamos que esa España vaciada no estuviera tan vaciada, que hubiese oportunidad en esas zonas porque esa España vaciada tiene castillos, palacios, monumentos, catedrales, puentes, fortificaciones, folklore, ríos, cascadas, bosques, montañas.... lo que no tiene es gente que disfrute de ello.

A la vez que se hace eso en las zonas más despobladas ayudas a las más pobladas a respirar un poco, a que el turismo esté menos masificado.

A la vez, en las zonas rurales se le da salida a productos de la zona con lo que fomentas la agricultura, ganadería y artesanía y esto redunda en un mejor estado de zonas agrícolas y forestales y un menor riesgo de grandes incendios (porque incendios habrá, pero si hay menos combustible y más gente sobre el terreno se pueden atajar más rápido).

Pero parece que solo importa la playa, el chiringuito, la sagrada familia y el bernabéu.
 
Precisamente. Si para que el turismo aporte al PIB hay que asumir expulsión de vecinos, trabajadores que no pueden pagar una vivienda, precariedad y destrucción del territorio, entonces el problema no es cuánto aporta, sino qué modelo de turismo se está permitiendo y a quién beneficia.

Y no, no basta con decir que es culpa de los gobernantes. Los gobernantes son quienes tienen que regularlo, sí, pero el modelo turístico y quienes se lucran de él también tienen responsabilidades. La solución no es elegir entre turismo o gobierno: es exigir que el turismo esté sometido al interés general.

Porque si la respuesta a los efectos negativos del turismo es siempre 'que el Gobierno lo arregle', entonces ya estás reconociendo que el modelo actual genera beneficios privados y costes que acaba pagando toda la sociedad.
Goder compañero pareces socialista, echarle la culpa al sector privado... Repiensalo, el particular lo único que ha de hacer es cumplir la ley y el gobernante legislar y hacer que esas leyes se cumplan. Hay que ser muy ingenuo para decirle a un español sea de la ideología que sea que deje de ganar dinero si puede.
 

España no necesita más turistas​


España no necesita un turista más. No porque haya que levantar una empalizada en los Pirineos o devolver a los ingleses a sus lluvias. No necesitamos otro turista porque, después de casi cien millones al año, contar personas ha dejado de ser una forma inteligente de medir el éxito.

El turismo trajo divisas cuando apenas las teníamos, abrió el país, creó empleo, transformó nuestras costas y contribuyó incluso a cierta educación sentimental de una sociedad que descubría que Europa existía. Los éxitos económicos también merecen gratitud, pero no convertirse en dogmas.

En 2025 llegaron a España 96,8 millones de turistas internacionales. Otro récord. En los cinco primeros meses de este año ya fueron 36,8 millones, un 5% más. El gasto crece incluso más deprisa y eso está bien. Pero el Gobierno considera probable alcanzar este año los cien millones y la cifra posee esa fascinación infantil que ejercen los números redondos. Después vendrán ciento cinco. Luego ciento diez. La pregunta que casi nunca hacemos es para qué.

En economía importa mucho el margen. El primer turista que llegó a una playa casi vacía produjo un beneficio enorme. Justificó el hotel, el restaurante, el vuelo y muchos empleos que antes no existían. El turista cien millones llega a un país muy distinto. Necesita también una cama, agua, transporte, energía y unos metros cuadrados de ciudad o de costa durante unos días. Genera renta, por supuesto, aunque también utiliza recursos cuyo valor alternativo ha crecido extraordinariamente.

Ese es el problema de los récords. Suman los beneficios y esconden los costes. El gasto del visitante aparece con admirable precisión en las estadísticas. Resulta bastante más difícil medir la congestión, el espacio ocupado, las infraestructuras adicionales o el efecto que produce sobre una ciudad que una vivienda resulte más rentable durante tres noches que durante todo un mes. El PIB sabe contar muy bien una cerveza vendida. Tiene más dificultades para valorar que el camarero que la sirve ya no pueda vivir cerca del bar.

Ningún empresario serio intentaría maximizar indefinidamente el número de clientes sin preguntarse cuánto gana con el siguiente. En España celebramos cada récord de visitantes como si un país fuese un parque temático cuya única desgracia consistiera en que quedasen entradas sin vender.

Cuando servir, alojar, transportar y entretener a una población flotante gigantesca ofrece retornos inmediatos, otras actividades tienen que competir por esos mismos trabajadores, locales, viviendas y recursos. El peligro no es que el turismo vaya mal. Es exactamente el contrario. Que vaya tan bien que resulte demasiado cómodo seguir haciendo lo mismo.

España conoce esa tentación. Hubo un tiempo en que construir viviendas parecía una fuente inagotable de prosperidad. Cada grúa confirmaba el éxito de la anterior hasta que descubrimos que una economía puede especializarse demasiado incluso en aquello que sabe hacer magníficamente. No hay ninguna razón para esperar a una crisis para hacernos esa pregunta con el turismo.

La solución tampoco consiste en buscar un turismo de lujo que sustituya cien chanclas por un yate. El visitante rico ocupa espacio, consume recursos y también transforma los precios. Se trata de abandonar la obsesión por la cantidad y preguntarnos qué turismo aumenta más el bienestar de quienes viven aquí. Más gasto por visitante puede ser parte de la respuesta. También la desestacionalización, la dispersión territorial, una mejor productividad y, llegado el caso, aceptar que algunos lugares sencillamente no necesitan crecer más.

Machado escribió que todo necio confunde valor y precio. Nosotros corremos el riesgo de confundir valor y volumen. Noventa millones, cien millones, ciento diez millones. Ya son muchas las ciudades españolas que han perdido el alma.

Francisco Rodríguez Fernández es catedrático de Economía de la Universidad de Granada (UGR) y director del Área Financiera y Digitalización de Funcas.

Algunos vienen como turistas 15 dias o eso dicen y se quedan para siempre.
 

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