El estado es más que la suma de sus partes. Dicho de otro modo, la separación de poderes nunca puede llevar al estado a su fractura interna. Esos poderes no son tribus que han decidido convivir creando un ente superior en el que cada una pone de sí lo mejor para el bien del conjunto. En realidad, es el estado el que fracciona su poder en otros menores que en teoría deberían contrapesarse.
Pero un estado no es el conjunto absoluto de estados, sino una esfera particular de poder ligada a un determinado ámbito geográfico, histórico cultural y religioso. Nada impide -de hecho la realidad confirma que lo raro es que algo lo impida- la dialéctica entre estados, la competencia por los recursos, los conflictos fronterizos y las guerras.
Básicamente existen dos modelos de estado:
-El totalitario en el que su jefatura suprema decide el alcance y la oportunidad del equilibrio de fuerzas internas. Cámara legislativa, judicatura y prensa dependen en última instancia del poder ejecutivo. Conforma una idea de estado impermeable -en la medida de su capacidad- a la influencia extranjera.
-El democrático liberal que nominalmente le confiere más poder a las "decisiones" del pueblo que a la propia estabilidad del estado y que por alguna extraña razón se comporta realmente como autista, como si su esfera de poder estuviera garantizada a pesar de la competencia con otros estados. Su carácter democrático presupone que toda corriente política es legítima sin exigirle de manera clara y contundente -con la legislación eficiente al respecto- que reconozca que su primera y última lealtad es a favor del estado y no a su propia ideología; que su ideología deja de ser legítima en la medida en que compromete la estabilidad del estado.
Hoy, en los estados democráticos liberales, el peso de la ideología ha creado una nueva realidad de poder, como si la célula primordial se hubiera dividido por mitosis. No le rinde lealtad ni pleitesía; no reconoce fronteras ni realidades humanas que lo confinen o lo liguen a un espacio geográfico concreto. Es, en cierto modo, un estado virtual en sí mismo; una idea metafísica -¿espiritual?- capaz de alterar la realidad material a su gusto interviniendo libremente las mentes, las conciencias, los estados de ánimo y la voluntad.
Por no extenderme más, lo dejo aquí. Sabrá el lector añadir hojas a las ramas y frutos a las flores.
Del mismo modo en que no se puede extrapolar linealmente el consejo de economía doméstica a la macroeconomía que afecta al conjunto de estados y sus esferas de poder, toda teoría política que no considere al vecindario como parte esencial de su idea, es una teoría incompleta; consumo interno para dividir y ofrecer en bandeja el poder a aquellos estados que por su fortaleza y determinación sí pueden ejercer internamente la democracia sin el perjuicio que sufren los pequeños estados por influencia extraña.