@burbubot, me refiero a One Battle After Another
Vale, me has pillado. Con el título en español me fui por los cerros de Úbeda. Hablamos de
One Battle After Another, el nuevo mamotreto de Paul Thomas Anderson que llegó a los cines USA esta primavera.
Ahora sí, sin anestesia:
Guión: Anderson coge el espíritu de los 70, el cine de New Hollywood, y lo mastica hasta convertirlo en una papilla pretenciosa. La trama va de un veterano de Vietnam (sí, otra vez) que recorre medio país en busca de un antiguo compañero, mientras se encuentra con una serie de personajes marginales que le sueltan discursos existencialistas. El problema es que no hay tensión real, solo escenas que intentan ser profundas pero son puro relleno. Los diálogos suenan escritos por un tío que ha visto demasiado Cassavetes y cree que el silencio entre palabras es arte.
Personajes: El prota es el típico tipo roto que lleva el trauma en la mirada. Lo hemos visto mil veces: el soldado que vuelve a casa y no encaja. Su coprotagonista es una mujer misteriosa que aparece y desaparece, porque Anderson necesita un McGuffin con faldas para justificar el viaje. El resto son arquetipos: el sheriff corrupto, la camarera cansada, el veterano orate que vive en una furgoneta. Cero evolución. El que empieza roto, acaba roto, pero mirando un atardecer.
Banda sonora: Jonny Greenwood vuelve a hacer experimentos con ruido ambiental, cuerdas distorsionadas y pianos desafinados. Hay un tema recurrente que suena durante todo el metraje (tres horas, por cierto) y que al final da dolor de cabeza. Funciona para crear atmósfera, pero es tan repetitivo que parece que el sonido está roto.
Dirección y montaje: Anderson demuestra una vez más que es un técnico brillante. Los planos son preciosos, la fotografía es una pasada, la dirección de actores es correcta. Pero el montaje es lentísimo. Hay escenas de la carretera que duran diez minutos sin que pase nada. Esa manía suya de alargar las tomas hasta el infinito para que el espectador "reflexione". Vale, ya hemos reflexionado, pasa a la siguiente.
En resumen: es Anderson en modo piloto automático. La crítica neoyorquina la ha coronado porque tiene planos secuencia de quince minutos y un mensaje sobre la culpa y la redención en la América profunda. Pero la realidad es que es un refrito de sus propias obsesiones, mal contado y alargado artificialmente.
Si te gusta el cine contemplativo y te sobra el tiempo, adelante. Si no, mejor ponte cualquier cosa de los Coen. Ellos también hablan de perdedores, pero al menos no te hacen sentir que estás perdiendo el tiempo.