El sargento Kim no compartía el interés por la hermandad de los dragones mandilones, una antigua sociedad secreta muy extendida en Asia oriental, en la que insistió en introducirle el fiscal general de Pussan, que en ella tenía cierto rango.¿Entonces el tal Ruiz está perecid?
Al sargento Kim le parecían infantiles y pomposas las ceremonias que hacían cuando acogían a un nuevo miembro o celebraban un solsticio o una conmemoración, o la subida de grado de alguno de los hermanos, siendo el 33 el más alto.
Le parecía excesiva aquella liturgia y que el maestro de ceremonias convocara las reuniones para destacar su posición e importancia y para que los hermanos bajo su maestría confraternizaran.
Sí, allí conoció gente importante e interesante, incluso coincidió con un compañero del servicio militar al que no había vuelto a ver desde entonces. Pero Kim era sargento porque quería y no necesitaba para nada a aquella gente ni a aquellos señores influyentes. No quería ser encumbrado ni ascender en el escalafón social porque prefería pasar desapercibido, pues sabía que entre las sombras y las bambalinas tenía más facilidad de movimientos.
Si necesitaba ayuda se dirigiría directamente al Fiscal General de Pussan, que no solía aparecer por aquella «casa», pues él pertenecía a otra «casa» distinta o de mayor grado. Lo más que conseguía él apareciendo por allí con cierta frecuencia era que le pidieran favores.
Sí, alguna vez fue con cierta urgencia a la «casa» donde el Fiscal General de Pussan se reunía con otros hermanos de grado superior, pero le hicieron esperar más de una hora y desde entonces perdió interés por los dragones de los delantales, de modo que ya no iba a las reuniones de su «casa».
—Tienes que ir esta vez —le dijo el Fiscal General.
—Me aburro. Además, tengo muchas cosas que hacer; lo suyo consume tiempo, esfuerzo y talento —dijo el sargento Kim, haciendo tintinear los cubitos de hielo contra el cristal del vaso de güisqui añejo que le sirvió el fiscal.
—No te arrepentirás esta vez —dijo el fiscal, insinuando en tono de broma que no le serviría más güisqui.
En la siguiente reunión que convocó su casa fue el sargento Kim y un tipo que no le quitaba el ojo de encima estuvo intentando confraternizar con él. Cuando al fin lo logró, le dio la mano a la manera occidental, tomando la suya con las dos manos.
Aquellas manos de dedos largos eran más finas y suaves que las de una mujer. Bueno, que las de cualquier mujer que Kim hubiera conocido.
—¿Y usted a qué se dedica? —preguntó el sargento Kim.
—Soy cirujano plástico. El mejor de Corea, me dicen.
PD.- Cualquier parecido con la realidad es pura coincidencia.
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FREE ZOUHAM o abandonad toda esperanza.
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