Partiendo de la base de que los datos oficiales de China no son plenamente fiables, y de que el crecimiento real es difícil de medir con precisión, se pueden extraer varias conclusiones.
En cuanto al crecimiento anual del PIB, China se sitúa hoy en torno al 5 %, probablemente con cierto maquillaje estadístico y, en cualquier caso, con una tendencia clara de desaceleración año tras año. Ya no es tan sencillo crecer como cuando venía del colapso económico de la era maoísta.
Hace dos décadas, el crecimiento alcanzaba el 14 %, impulsado en gran medida por la apertura económica iniciada por Deng Xiaoping y por la externalización industrial desde Estados Unidos y Occidente. Ese ciclo parece claramente agotado. Todo apunta a que en 3-4 años China podría alcanzar su techo de crecimiento estructural.
Estados Unidos, por su parte, mantiene un crecimiento más modesto pero estable, alrededor del 2,8 %, propio de una economía madura, diversificada y con mayor transparencia institucional.
Incluso en un escenario optimista para China, en el que pudiera registrar puntualmente un repunte cercano al 10 %, su PIB nominal se quedaría aproximadamente en torno al 70 % del PIB de EE. UU., pese a contar con casi el triple de población. Esto dice mucho sobre productividad, eficiencia y renta per cápita.
A todo ello se suma la deslocalización industrial fuera de China, un proceso lento pero constante, junto con un mercado interno débil, muy condicionado por la crisis inmobiliaria, el elevado endeudamiento y la falta de confianza del consumidor.
Veremos cómo evoluciona el escenario, pero a día de hoy el panorama macroeconómico es claramente más favorable para Estados Unidos que para China.
China ha invertido cantidades ingentes de dinero en construir un relato positivo en Occidente, vendiendo una imagen de fortaleza y control. Conviene ser escépticos y no comprar la moto: el arte del socialismo no es la eficiencia, sino el relato.
Déu dirà.
Ta luec.