TVE ficha a Lalachus para el Grand Prix y el meteorito vuelve a la cola
¿Qué tiene que pasar para que TVE deje de ser el campo de batalla donde cada fichaje se convierte en una declaración de intenciones? La elección de Lalachus como presentadora del Grand Prix este verano, anunciada en redes sociales, ha reactivado el clásico lamento colectivo: que caiga el meteorito ya. No es solo el nombre. Es lo que representa.
El anuncio llegó vía cuenta oficial del programa, con el tono entusiasta habitual: «No creo que haya persona en España que le haga más ilusión y más feliz que esta oportunidad». La reacción no se hizo esperar. En pocas horas, el fichaje pasó de noticia televisiva a termómetro del malestar con la
televisión pública, ese que ya no distingue entre entretenimiento y política.
De Cristinini a Lalachus: el patrón que nadie quiere ver
La comparación con fichajes anteriores fue inmediata. «Que Cristinini estuviera allí por chupársela a Ibai ya era terrible, pero esto?», resumía el mensaje que abrió la conversación. El argumento de fondo no es nuevo: la sensación de que los rostros de TVE se eligen por su capacidad de conectar con audiencias jóvenes y digitales, no por su currículum en televisión convencional.
Hay quien sostiene que el problema no es Lalachus, sino el contexto. La presentadora llega avalada por un perfil cómico y desenfadado, pero eso, en el ecosistema actual, se interpreta como una cesión más al entretenimiento vacío. «El Grand Prix es la cosa más zafia y con menos gracia de la televisión española», sentenciaba otro mensaje, añadiendo que «la Lalachus es eso humor tonto, simple y zafio así que le va bien el programa».
La nostalgia del formato original aparece como contrapunto. Hubo quien recordó que «el Grand Prix de los 90, aún siendo un tanto cañí, algo hortera y sencillo era agradable de ver», con pruebas «dignas, similares a las del programa Juegos sin fronteras». La conclusión de ese análisis: «se lo han cargado totalmente».
La televisión pública como campo de batalla política
El fichaje de Lalachus no tardó en convertirse en un juicio sobre RTVE. «Si siempre va a estar politizada, mejor que desaparezca», resumía una postura recurrente. Otros fueron más lejos: «La TVE sanchista apesta, a veces se me cuela haciendo zapping y es terrible». El argumento se apoyaba en ejemplos concretos: programas de La 2 que «están exclusivamente metiéndose con VOX y con la ultraderecha», espacios de Buenafuente que «hace chistes de Rajoy, del Papa y de Ayuso» pero no de otros nombres del Gobierno.
La comparación con las privadas también salió a relucir. «Telecinco no es tan descarada con TVE1», sostenía un mensaje. «En Telecinco saben que pueden escarbar de los dos lados pero TVE1 ahora mismo solo la ven progres charos y comunistas varios». La conclusión de ese sector: la televisión pública ha perdido su función de servicio público para convertirse en un altavoz partidista.
Frente a eso, el contraargumento económico: «En España salvo algún medio puntual, no hay ningún medio de comunicación que no dependa del dinero público. Atresmedia, Mediaset, Prisa... sin el dinero público, están al día siguiente con la persiana echada». Es decir, el problema no sería TVE, sino un ecosistema entero sostenido con dinero público.
El cuerpo de la presentadora como debate paralelo
Uno de los mensajes más valorados derivó hacia un análisis físico de la presentadora. «Una presentadora con una dieta por cambiar, una inflamación crónica más que notable, y resistencia a la insulina como si no hubiera un mañana», decía, antes de recomendar «dieta keto y ejercicio» para «mejorar su salud cardiovascular» y «obtener unos cánones de belleza más acordes a los gustos generales».
Ese tipo de comentarios convivió con otros de tono más directo. «Está más para ir al Loro Parque de cetácea», escribía un mensaje. La conversación derivó hacia la comparación con la vaquilla del programa original: «¿No iban a quitar la vaquilla por no sé qué hostias animalistas que van y ponen ahora una vaca?», preguntaba un mensaje, dando pie a la broma recurrente: «Regresa la vaquilla al Grand prix, ya crecida».
La nostalgia del formato original se mezcló con el rechazo al nuevo. «Llevo años sin cable de antena, y bien feliz oiga», resumía una postura de desconexión total.
Qué queda del Grand Prix original
El programa que TVE recuperó como apuesta de entretenimiento familiar para el verano vuelve a estar en el centro de la polémica. La elección de Lalachus como copresentadora se suma a un historial de fichajes que, en cada temporada, generan el mismo ciclo: anuncio, indignación, audiencia.
«Es una estrategia de desmoralización programada: volverlo todo feo, cutre, poco serio, infantil», sostenía un mensaje. «Para que todo aquel que vea esto como un esperpento sea calificado inmediatamente de ser alguien antiguo, carca y aburrido». La pregunta que queda flotando: ¿es el Grand Prix el problema, o lo es una televisión pública que ya no sabe qué hacer con su propio entretenimiento?
Que caiga el meteorito, decían. Mientras tanto, el programa sigue adelante.