La psicofonía del infierno: muertes en noviembre y un custodio acosado
Existe una cinta que hoy se conoce como
la psicofonía del infierno y sobre la que planea una pregunta: si contiene algo capaz de comprometer a alguien. No hay una sola prueba de que ese audio sea algo más que ruido y voces de origen no verificado. Y aun así, alrededor de ella se ha levantado una persecución digital sostenida contra su actual custodio, Santiago Vázquez, con canales de YouTube dedicados en exclusiva a ridiculizarlo. La pregunta de fondo no es si el fenómeno paranormal es real. La pregunta es por qué alguien invierte tiempo y esfuerzo en mantener la campaña.
El relato sitúa la grabación en el sótano-biblioteca de un chalet de Puerta de Hierro, a mediados de los años ochenta, en torno a las dos o tres de la madrugada. El parapsicólogo Germán de Argumosa presentó el material como una supuesta psicofonía en la que se escuchaban voces de tortura y un
«Juan, te mataré» dirigido a uno de los asistentes, descrito como diplomático chileno. Ese hombre, siempre según la versión divulgada, falleció unos tres meses después en una clínica suiza, ahogado mientras pedía agua.
Qué es la psicofonía del infierno y qué dice el acta de participantes
Todo se apoya en un documento que nunca se ha hecho público del todo: el acta con los nombres de quienes estuvieron esa noche en la casa. De ahí nace la hipótesis más repetida, la de que la cinta contiene algo capaz de dañar a un tercero y que por eso hay quien prefiere mantenerla guardada. Una parte del análisis sostiene que lo prudente sería destruirla.
Décadas después, el material sigue sin verificación técnica independiente y sin identidades reveladas.
Las muertes que rodean la grabación: quién murió y cuándo
Aquí empieza el terreno resbaladizo. La fecha del supuesto afloramiento del material por Argumosa, un
17 de noviembre, se repite en el calendario del entorno del custodio. Su hermano falleció el 18 de noviembre de 2018, por una asfixia calificada de involuntaria. Su padre, el periodista Santiago Vázquez senior, murió el 19 de noviembre de 2022 a los 91 años. Dos días consecutivos de noviembre, dos familiares directos.
A esos nombres se suma el del periodista Enrique Muro, fallecido de un paro cardiaco el 4 de abril de 2010 a los
41 años, sin indicios previos de problemas de salud. Y el del supuesto «Juan», con unos 40. Las fechas se entrelazan con facilidad cuando uno quiere ver un patrón, y se desmontan igual de fácil cuando no quiere verlo. Circularon incluso explicaciones astrológicas —muertes con Urano en oposición al Urano natal, la llamada crisis de los cuarenta— que no pasan de ser una coincidencia estadística curiosa.
El ciberacoso a Santiago Vázquez y las acusaciones cruzadas
El asunto ha degenerado en una guerra abierta entre el custodio y parte del entorno que lo rodeó. Según un participante del hilo, contra Vázquez se acumulan acusaciones graves: que se mofaría de antiguos compañeros, que habría difundido datos personales de superiores y que reclamaría reconocimiento o dinero bajo amenazas. Son imputaciones surgidas en el fragor de la discusión, sin resolución judicial conocida, y ninguna puede darse por probada.
Del otro lado, lo verificable es una ofensiva digital organizada contra él. Canales de YouTube que no hacen otra cosa, vídeos de burla sistemáticos y la sospecha que se repite en el hilo de que hay dinero detrás. Eso no convierte a Vázquez en
trigo limpio. Solo describe una asimetría: unos producen el acoso, el otro lo recibe.
Su trayectoria pública tampoco ayuda a simplificar el retrato. Quien lo ha escuchado en conferencias reconoce a un divulgador capaz; hay una de octubre de 2011 que se cita como seria y sobria. Quien ve sus mensajes recientes encuentra a alguien desbordado, hablando de lágrimas y de acoso laboral. Entre esos dos extremos está la persona real.
La hipótesis del objeto de poder: ¿qué se juega quien posee la cinta?
Queda la línea más especulativa, la que sostiene que la cinta no es un documento sino un
objeto de poder y que custodiar algo así tiene un coste. La coincidencia de fechas, los santos venerados por el propio Vázquez —Damián, Benito de Nursia, figuras poco habituales en la devoción corriente— y la advertencia que en su día habría recibido el propio Argumosa por parte de Enrique Tierno Galván alimentan la lectura esotérica. Nada de esto es demostrable.
En paralelo, otra corriente lo reduce todo a lo más terrenal: un producto cultural construido durante décadas, con una comunidad que paga por escuchar y otra que paga por reírse. El fraude como negocio de ida y vuelta. Bajo ese prisma, la cinta no compromete a nadie salvo a quien la monetiza.
No hay consenso limpio, y probablemente no lo haya nunca. Lo predecible es lo que viene: mientras Vázquez siga siendo el rostro visible del asunto, la campaña continuará, porque el acoso tiene audiencia. Si desaparece, se buscará a otro. La cinta, entretanto, seguirá en algún cajón, sin que nadie se atreva ni a destruirla ni a abrirla del todo.