Los grandes cracks, por muy esperados y evidentes que sean, suceden cuando menos se los espera. Tal como está el mundo, no me extrañaría nada que se produjera justo mientras los políticos, medios de comunicación, tertulianos, analistas financieros, bancos de inversión y demás actores del sistema llevaran semanas o meses diciendo a toda hora que todo va muy bien, que la economía va como un cohete, que estamos en la champions league del crecimiento y que tenemos un futuro maravilloso a la vuelta de la esquina. Después, cuando la situación nos llegue a las orejas y nos estemos pegando por el privilegio de ser los primeros en rebuscar en los contenedores del Mercadona, dirán que la culpa es de Pilingui, de Winnie the Pooh, de la extrema derecha o de mi abuela, que en paz descanse, y obviamente, acabarán las excusas con un “no se podía saber”.