Odesa: las pancartas prorrusas que venían de Madrid
«Ucrania como país independiente está dejando de existir. Demos la bienvenida a Ucrania como región de Rusia». El pronóstico venía acompañado de una prueba gráfica: pancartas colgadas en fachadas de Odesa reclamando la identidad rusa de la ciudad. El soporte documental se desintegró en dos movimientos. Una de las fotografías correspondía a 2014, según sostuvo un forero. La otra, según su propio autor, no estaba tomada en Odesa ni en Ucrania: era la entrada de la Gran Vía de Madrid. «La hice yo», admitió.
Las pancartas de Odesa que nunca estuvieron en Odesa
El episodio tiene tres capas. La primera es la datación: una de las instantáneas se remonta a 2014, lo que la desvincula de cualquier activación reciente de una supuesta quinta columna. La segunda es la geografía: la imagen más llamativa, la que mostraba fachadas con mensajes prorrusos, correspondía al arranque de la Gran Vía madrileña. La tercera es la autoría: quien publicó la foto reconoció haberla hecho él mismo. Aun así la conversación siguió un rato más, con peticiones de vídeo como prueba y respuestas del tipo «no te crees nada».
Un tercer testimonio, menos épico, se limitó a constatar que la ciudad se veía «tranquila». Frente al relato de una población en ebullición, la imagen disponible era la de una urbe sin sobresaltos. Nadie aportó, en cambio, un recuento verificable de cuántas pancartas había, dónde estaban colgadas ni quién las había puesto. Todo el andamiaje del caso descansaba sobre dos fotos: una vieja y otra de otra ciudad.
De Ribas, Catalina la Grande y el origen de Odesa
Quien defiende la tesis prorrusa tiene un asidero histórico concreto: según se sostiene en el hilo,
Odesa se desarrolló dentro del Imperio ruso, con Catalina la Grande y con un militar de ascendencia española, José de Ribas, ligados al origen de la ciudad. Dos nombres que, en el sarcasmo de la conversación, andarán _celebrando desde el cielo_.
La lectura contraria no niega el dato, pero le quita peso. Odesa no es el Donbás ni Crimea. Su óblast nunca exhibió el grado de adhesión que sí emergió en la península y en las regiones orientales, y la comparación con Jersón —tomada en los primeros días de la invasión— funciona mal como término de referencia.
Si la ciudad hubiera estado tan infiltrada, habría caído con la misma facilidad, razona esta parte. La conclusión que extraen es incómoda para el relato: hay prorrusos en Odesa, sí, pero imaginar la ciudad como un Donbás con playa es exagerar.
¿Por qué se menciona a Saakashvili?
Porque gobernó Odesa, aunque no por la vía electoral. Mijeíl Saakashvili, expresidente de Georgia, fue
nombrado gobernador de la región por el presidente ucraniano, no elegido en las urnas. La confusión entre ambos cargos se coló en la discusión y hubo que corregirla a mitad de camino: los gobernadores regionales se designan desde Kiev, no salen de un colegio electoral local.
El matiz importa más de lo que parece. Si se usa a Saakashvili como prueba del carácter prorruso de Odesa, el argumento se da la vuelta: quien ocupó el cargo de gobernador era un dirigente georgiano llegado de fuera, sin vínculo con Moscú. La anécdota sirve para medir cuánto de leyenda urbana arrastra la etiqueta de «ciudad rusa».
De Cataluña a Odesa: el mismo argumento, al revés
El paralelismo apareció pronto y circuló en las dos direcciones.
«Si se sienten rusos y están en Ucrania y no les gusta Ucrania, la solución es bien sencilla: que se vayan a Rusia», se plantea en un sentido. En el opuesto se replica que Cataluña siempre ha sido parte de España y que, por esa misma regla, conviene mirar de quién ha sido parte Odesa a lo largo de su historia.
El contrapunto histórico que se lanzó sobre la mesa es curioso:
según se apuntó en el debate, Cataluña estuvo bajo obediencia francesa entre 1641 y 1651, con Luis XIII y Luis XIV y un virrey instalado en Barcelona. La experiencia terminó con los catalanes acogiendo a los españoles en 1651 y con una paz calificada de generosa. De aquello quedó, se sostiene, un antiforbonismo persistente. La digresión servía para lo de siempre: recordar que los mapas cambian y que la antigüedad de un vínculo rara vez resuelve a quién pertenece un territorio hoy.
Un país con cien años sobre el papel
La tesis más repetida en un lado es que Ucrania carece de sustancia estatal: se la describe como una construcción de hace un siglo y, en su versión presente, como un Estado dependiente de Washington. Al otro lado del mostrador, el contraargumento apela al calendario reciente:
lo que se votó hace tres décadas fue independizarse de la Unión Soviética, no de Rusia, y tras decenios de economía planificada la población votaba cualquier cambio que le pusieran delante.
Donde sí hay acuerdo parcial es en el mapa del entusiasmo. El Donbás, Odesa y Crimea fueron los territorios donde la ruptura con Moscú se vivió con menos claridad, lo que no equivale a decir que estuvieran listos para una anexión. La discusión derivó además hacia otros frentes —el pulso entre Argelia y Marruecos por el Sáhara, el papel de la OTAN—, señal de que el asunto se lee como capítulo de una pugna mayor.
Al final, lo único verificable es lo que faltaba: las pancartas de Odesa. Una era de 2014, según un forero. Otra venía de Madrid. El resto —si existe la quinta columna, cuántos la forman y qué espera— sigue exactamente donde estaba.