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Sociedad orwelliana uninacional y monocultural
Para empezar, pongámonos en lo peor, para posteriormente acabar viendo que
el neuromárketing puede ser relativamente amable. Situémonos en una situación orwelliana: un gobierno totalitario gobierna y es totalmente invasivo con la privacidad de los ciudadanos para asegurarse de que su poder se perpetúa y no hay ninguna amenaza exterior (de otros países o culturas) que pueda hacer peligrar lo que inculca a sus ciudadanos. En este escenario, los ciudadanos están constantemente vigilados, cada movimiento, cada sonio que realizan es controlado por una cámara, cada pensamiento es leído y analizado por un lector de pensamiento (algo cuya aparición no está tan lejos como parece). La uniformidad ideológica es total, la libertad inexistente, el contacto humano de cualquier tipo es algo prácticamente a evitar, etc. (todo esto parece que tampoco está tan lejos). Creo que con estos rasgos es posible hacerse una idea del tipo de sociedad a la que me refiero.
También creo que nos podemos hacer una idea sin mayor explicación de las nefastas consecuencias para la humanidad que podría tener el neuromárketing. En esta situación,
el neuromárketing sería la herramienta del gobierno y las compañías (cuya distinción probablemente no estuviese muy clara)
para inducir a los ciudadanos a pensar de la manera correcta bajo el punto de vista de los gobernantes. Si estos tienen a su alcance los medios para que con la visualización de un simple spot o la escucha de un slogan, los sujetos no tengan opción a utilizar su racionalidad y simplemente actúen como “zombies” que siguen lo que les ordena a su subsconsciente, su poder es ilimitado e irrevocable. Por ello,
como también plantea Orwell en su novela 1984, quien en ese momento esté en el poder lo mantendrá perpetuamente, a no ser que sea derrocado por una fuerza exterior a su sociedad, algo que hemos dicho que no tiene cabida en este escenario. Además de la absoluta falta de libertad y elección de sus acciones y pensamientos, el neuromárketing supondría la culminación del capitalismo a nivel económico. Los sujetos vivirían para comprar, o para lo que sea que las compañías deseasen que hiciesen. Res
pecto a lo social, traería la perpetuación y el aumento (un aumento brutal) de la desigualdad entre clases; el inmovilismo sería absoluto; quien tuviese el poder económico, que llevaría al poder ideológico, sería el dominante indiscutible del resto de la sociedad. Culturalmente, supondría el fin de la diversidad, el intercambio de distintos pensamientos y la unificación cultural e ideológica más absoluta. Las revoluciones no se podrían dar, pues, como describe Aldous Huxley en Un mundo feliz, todos los ciudadanos serían condicionados para que estuviesen conformes y satisfechos con su posición y las oportunidades a su alcance.
En resumidas cuentas,
la existencia de un neuromárketing avanzado en una sociedad de este tipo, sería prácticamente el fin de la humanidad, que, adoptando una visión optimista, podríamos decir que se reduciría a unos pocos individuos situados en la cúspide de la pirámide social, que conservarían su libertad y que serían los que dominarían sobre el resto, imponiendo sus visiones y sus valores.