
El Fondo Monetario Internacional ha señalado la excepción española: es la única gran economía de la eurozona que pierde productividad desde 2018, y lo hace después de haber recibido 100.000 millones de euros en fondos europeos. En paralelo, España lidera la subida de los costes laborales de la Eurozona. La combinación no es un detalle contable: es el retrato de un modelo que factura más pero produce lo mismo, o menos, por cada hora trabajada.
El diagnóstico circula con una mezcla de datos, cabreo y cuentas de servilleta. Hay quien lo resume en una frase: como un cohete, hacia abajo. Y hay quien recuerda que el PIB agregado sube mientras el PIB per cápita lleva desde 2007 sin superar su pico. El pastel es más grande, pero hay más comensales y a cada uno le toca una raja más fina.
Qué dice el FMI y qué no dice
El dato de partida es incómodo por lo que tiene de excepcional. No es que España crezca poco: es que es la única gran economía del euro que retrocede en productividad desde 2018. Alemania, Francia o Italia pueden crecer menos de lo deseado, pero no pierden eficiencia. España sí, y con 100.000 millones de fondos europeos supuestamente destinados a modernizar el tejido productivo.
La segunda pata del diagnóstico es el coste laboral. España lidera su subida en la Eurozona, lo que en teoría debería venir acompañado de más productividad para no comerse el margen empresarial. No ha sido así. El resultado es una pinza: cuesta más producir cada unidad y se produce con menos eficiencia que hace siete años.
El truco del PIB: crecer con más gente, no con mejor producción
El PIB español crece. La pregunta es cómo. Buena parte del crecimiento reciente se explica por incorporación masiva de mano de obra, gasto público, inflación, fondos europeos y deuda. Es decir, el agregado sube porque entran más brazos al mercado laboral, no porque cada brazo produzca más.
Cuando se mete mano de obra sin cualificar a mansalva, los salarios del tramo bajo se aplastan por simple ley de oferta. Eso abarata costes para algunas empresas, pero no mejora la productividad: la diluye. El PIB per cápita lleva desde 2007 sin superar su máximo histórico, y la renta disponible de los hogares cae año tras año cuando se descuentan todos los impuestos, no solo el IRPF.

Salarios: el bruto que sube y el neto que no
Los datos fríos de Eurostat para 2024 a jornada completa dibujan el cuadro: España, 33.700 euros brutos al año; media UE, 39.800; Francia, 43.790; Alemania, 53.751. Faltan 6.000 euros anuales para la media europea y 20.000 para Alemania. El salario real lleva 25 años estancado: se cobra más en números, pero se compra lo mismo que en el año 2000.
El truco del relato oficial está en el bruto. El salario medio de 2024 se sitúa en 29.540 euros, que suenan a 2.400 al mes, pero son 14 pagas y antes de impuestos. La mitad de los asalariados cobra menos de 24.497 euros, que es la mediana. Y el sueldo más frecuente es de 16.520 euros al año, unos 1.180 euros al mes. Con la inflación acumulada desde 2016 en torno al 30% —y la cesta real, comida, suministros, transporte, seguros, subiendo más que el IPC oficial—, el poder de compra de un bruto que sube un 30% es exactamente cero.
El alquiler, la bomba que nadie desactiva
Hay un capítulo donde el consenso es casi total: la vivienda. El alquiler se ha convertido en el principal destructor de renta disponible para los menores de 40 años. Quien no está en el campamento de protesta está currando como un negro para pagar la habitación, y esa es la realidad que no sale en los telediarios.
La discusión sobre las causas se bifurca. Una corriente apunta al modelo productivo y a la patronal: si las empresas españolas solo son competitivas pagando salarios bajos, el problema no es el trabajador, es el modelo. Otra señala al gasto público, la presión fiscal y la política migratoria como multiplicadores del problema. Y una tercera, más incómoda, sostiene que el gasto comprometido —600.000 empleados públicos más, 700.000 millones más de deuda, millones de perceptores de ayudas— hace inviable cualquier corrección a corto plazo.
La trampa del SMI y la burocracia que ahoga
En el tramo bajo del debate aparece el SMI como piedra angular. Para una parte, el salario mínimo es lo que ha hecho perder competitividad al encarecer el coste laboral sin mejorar la producción. Para otra, es la única red que protege a los que menos cobran, y los sindicatos solo se ocupan de ese tramo mientras el resto queda abandonado.
A eso se suma la burocracia. La queja recurrente: cuando una empresa pasa de 50 empleados, la carga administrativa se dispara y desincentiva crecer. Sin crecimiento empresarial no hay inversión en tecnología, y sin inversión en tecnología no hay productividad. El kit digital y los fondos europeos destinados a modernización se perciben, en amplios sectores, como chiringuitos que no han movido la aguja.
