
El bono español a 10 años ronda el 4% y en el relato de urgencia eso suena a desastre. No lo es. Al mismo tiempo, el mercado cobra más por prestar a Francia, a Italia y a Estados Unidos que a España, y ahí se cae el guion de que somos la oveja negra de la eurozona. El matiz incómodo llega después: da igual quién pague más si la deuda no deja de crecer y hay que refinanciarla todos los años.
Qué países pagan más que España por financiarse
La comparativa de rentabilidades a diez años deja un mapa que no respeta jerarquías históricas. La OAT francesa se mueve entre el 4,46% y el 4,49%; el BTP italiano, entre el 4,35% y el 4,41%; el bono griego, en torno al 4,26%, y el belga, en el 4,12%. Por encima de todos, el Tesoro estadounidense, que se acerca al 5% siendo el mayor deudor del planeta con diferencia. Japón, contra todo pronóstico, se queda en el 3%.
El caso portugués merece párrafo aparte. Portugal, que pasó por el rescate, coloca su deuda a diez años en el 3,90%, por debajo de España. Con Suiza como única excepción realmente sana del tablero, la conclusión incomoda a todos: el problema no es un país concreto, es el precio global del dinero y la montaña de deuda que hay detrás.
De los PIGS a los FRIGS: así cambian las siglas del riesgo
Las viejas siglas PIGS —Portugal, Italia, Grecia, España— quedaron como etiqueta de la crisis anterior. Ahora hay quien las reformula para señalar a Francia, Italia, Grecia y España, y quien va más lejos y propone FRUKUS, sumando Francia, Reino Unido y Estados Unidos. El bono británico a diez y a treinta años es el argumento estrella de esa tesis.
Que el mercado desconfíe del emisor que emite la moneda de reserva mundial rompe los esquemas de manual. La guasa también cotiza: hay quien recuerda que el peor bono español no se compra en el Tesoro ni paga cupón.
El precedente que nadie quiere repetir
La última vez que un Gobierno socialista se quedó sin compradores para sus bonos, el presidente acabó en el Parlamento anunciando un giro de 180 grados. No hizo falta que una subasta quedara desierta: bastó con que la prima de riesgo se disparara y el Tesoro tuviera que pagar intereses desorbitados mercado tras mercado. La presión de la Unión Europea, el BCE y Estados Unidos —con llamada incluida del presidente estadounidense de entonces— forzó la bajada del 5% del sueldo a los funcionarios, la congelación de las pensiones, la eliminación del cheque bebé y un recorte drástico de la inversión pública.
Ese es el manual que ahora nadie quiere abrir, y explica por qué cada décima que sube una rentabilidad se lee como un aviso y no como un dato más.
Diluir la deuda, refinanciarla o cruzar los dedos
Con la deuda alta y déficits que no se cierran, el diagnóstico se bifurca. Una corriente sostiene que la deuda es directamente impagable y que la salida será diluirla con inflación, mirando la ratio deuda/PIB en lugar del nominal. Otra responde que el truco tiene precio: si la inflación se enquista por encima del 5% anual, el ahorrador que lleva años guardando en el banco paga la fiesta sin que nadie le pregunte. En medio queda el calendario de refinanciaciones, que es donde cada país se juega de verdad la partitura.
Hay una derivada que ya se ve en los precios: con el dinero caro, la vivienda funciona como activo refugio y acumula subidas que en algunas zonas superan el triple en una década. Sobre la mesa está también la versión más agorera, la de una crisis de deuda global que acabe derivando en fórmulas más o menos voluntarias de tocar el ahorro privado.
Mientras el bono español se mantenga por debajo del francés y del estadounidense, el titular alarmista tendrá difícil sostenerse. Cabe esperar que ese diferencial aguante en el corto plazo, aunque conviene no fiarlo todo a la comparación: la deuda total, la refinanciación anual y una inflación que no cede son la misma factura, solo que con distinto firmante.
