Prohibir comer carne animal no es animalismo como prohibir comer carne humana no es humanismo, es defender los derechos inalienables

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Pompero
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23 May 2019
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¿Comer carne es una decisión personal?

¿Qué es una decisión personal?

Por definición, una decisión personal es aquélla que sólo concierne a quien la realiza y no afecta voluntaria ni potencialmente a nadie más. Los demás animales no son arena en el desierto, piedras en el camino ni objetos creados por ni para el ser humano. Todos ellos existen en este planeta por sus propios motivos. Son individuos con intereses inalienables, sienten y valoran sus propias vidas como cada uno de nosotros protege la suya. Ello se debe a que compartimos la posesión de células nerviosas y esto nos convierte en seres conscientes de su existencia [→].

«[Los animales nohumanos] en un mundo más antiguo y más completo que el nuestro se mueven acabados y completos. Tienen el don de los sentidos que hemos perdido o que jamás conseguiremos. Viven a merced de voces que nunca escucharemos. No son hermanos, no son subordinados: son otras naciones atrapadas con nosotros en la red de la vida y el tiempo».
HENRY BESTON

Excusas frecuentes para comer carne

Comer carne es un eufemismo para decir «ingerir un cadáver». Engloba el proceso de criar, hacinar y explotar a un animal no-humano hasta finalmente asesinarlo (forma última de explotación) en un matadero. Ninguna de estas acciones es personal por el simple hecho de que afecta íntegramente a otros sujetos.

Los argumentos en contra de esta explicación se resumen en cinco apelaciones típicas:

1) «La ética es relativa». Si uno mismo no considera que sufrir un daño o vulneración de sus propios intereses sea algo correcto en caso de que un tercero piense igualmente que la ética sea relativa. Incurre en contradicción aseverar que también explotar animales no humanos porque lo justo o injusto dependa de cada uno.

2) «Los animales están para eso». Antes de que el ser humano se irguiese a dos patas, los distintos animales vivían en libertad. Nosotros nos aprovechamos de nuestra inteligencia para dominarlos, subyugarlos y aprovecharnos de ellos en todas las formas posibles. A menos que alguien justifique del mismo modo la esclavitud negra o el holocausto nazi, habrá de reconocer que ni el conocimiento ni la fuerza legitiman acciones que vulneran los intereses ajenos.

3) «No sabemos si los animales quieren vivir». No lo sabrás tú, me temo. Recopilar estudios y artículos de fisiología animal y etología para demostrar lo absurdo de esta afirmación es casi como hacer lo mismo para demostrar el ciclo del agua. Continuamente, los activistas nos vemos acorralados por una profunda vara de medir irrelevante. Nadie necesita conocer el grado de conciencia de un recién nacido para concluir que deben respetarlos; sin embargo, sí parecen necesitar todas las posibles facultades intelectuales de un cerdo, vaca o delfín para sopesar que, tal vez, cometer atrocidades contra ellos no fuese del todo correcto.

4) «Si nos los comiésemos, se extinguirían». Este argumento incurre en dos falacias simultáneamente. En primer lugar, asume como cierto algo que no demuestra quien lo arguye ni acepta la ciencia (petitio principii) y, en segundo lugar, justifica la acción de explotarlos debido a tal supuesta consecuencia (ad consequentiam). Existen muchos mitos sobre la domesticación. Si no se introducen genes alóctonos, la selección genética de tales animales está dentro del espectro fenotípico de la especie. Un estudio basado en la liberación de ratas Wistar (que sí son una creación genética) en los bosques de Oxford demostró que esta raza modificada alcanza un grado de supervivencia análogo al de sus contrapartes salvajes a pesar de ser ciegas y casi sordas. En un principio, si se parte de una cuantía poblacional por encima del umbral de la endogamia (el verdadero problema de los animales domesticados), podrían habitar y prosperar en ambientes adecuados para su fisiología. Incluso asumiendo que las condiciones socio-económicas o ecológicas imposibilitasen esto, resulta ridículo defender que sigamos trayendo al mundo a más esclavos para asesinarlos después.

Siempre que salen estas réplicas infundadas nos invade la misma sensación: el ser humano busca todas las excusas posibles y se agarraría a un clavo ardiente con suma hipocresía altruista (en el caso de apelar a la lamentable extinción de especies) por tal de seguir haciendo cuanto practica con la conciencia tranquila.

Apelación al bienestarismo: la hipocresía estrella


El quinto punto es tan frecuentísimo y dolosamente contradictorio que merece una mención especial.

Nadie —y cuando digo nadie es nadie— estaría de acuerdo con ser un esclavo a cambio de un buen trato. Nadie quisiera que un tercero eligiese dónde hubiese de vivir, qué comiera, con quiénes estuviera ni si sus hijos (prole) debieran permanecer con ellos o terminar asesinados horas después de su nacimiento.

El bienestarismo es el monstruo del utilitarismo moral aplicado a los animales no humanos debido a eso mismo: porque no son humanos. Consiste en la creencia o consideración de que los demás animales sólo desean no sufrir y que, por tanto, nuestra única obligación para con ellos es darles un trato lo más agradable posible durante su explotación y hasta su asesinato. La gente se empecina en llamarlo «sacrificio» y añade adjetivos como «humanitario» con el objetivo de restarle importancia y carga moral.

No obstante, los animales esclavizados (no son animales «de granja») por nuestra especie no cuentan únicamente con un interés en no sufrir; sino en ser libres y en vivir su vidas en paz. ¿Qué hay de esos intereses? La sociedad asume una actitud consecuencialista (el fin justifica los medios) y los supedita a su conveniencia, placer, rentabilidad e inercia social.

A diario intentamos explicar que nuestro error fundamental no reside en que tratemos mal a otros animales; sino en que nos creamos con legitimidad para regir sus vidas al mismo tiempo que propugnamos vigorosamente que nadie debe regir la nuestra. Rechazar el «maltrato» sólo significa oponerse a aquel daño que no nos beneficia. No existe una forma «digna» o «humanitaria» de asesinar a quien no quiere morir como tampoco existe un modo «digno» o «humanitario» de asesinar a un ser humano que no desea sufrir tal percance. Esto lo repetiré hasta que me muera algún día.

Podemos (y debemos) alimentarnos de otros seres que, a diferencia de los animales, carezcan de intereses y conciencia (las plantas) por las mismas razones por las cuales no nos alimentamos de seres humanos: si nosotros valoramos nuestras vidas con independencia de que lo hagan los demás; hemos de valorar las vidas de otros sujetos con independencia de que lo hicieren los demás.

Referencias, consejos y cuadros nutricionales

¡¡¡Matar a otros animales y comerselos no es un derecho!!!
 

Voldemort

Madmaxista
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Mañana me tomo un filete a tu salud.

En resumen, se trata de fascismo puro y duro. No de ayudar a que los animales tengan una vida / muerte mejor, sino de prohibir que las personas elijan por sí mismas si comen o no carne. La única persona que decide si como carne o no, y si eso está bien o mal para mí, soy yo. Lo contrario es fascismo. Que es lo que son casi todos los animalistas radicales.