Pachita: la chamana más poderosa de México nació en Chihuahua

Aran Aki

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La curandera más famosa de México era originaria de Chihuahua. Doña Bárbara Guerrero “Pachita” hizo curaciones inexplicables, incluso para médicos y científicos que estudiaron su caso

Bárbara Guerrero, mejor conocida como Pachita, es considerada como la chamana más poderosa de México. Sin ser parte de una cultura indígena, si dice que Pachita obtuvo el don de la sanación gracias al espíritu de Cuauhtémoc, el último tlatoani.

La curandera fue investigada por diversos personajes como el psicólogo estadounidense Stanley Krippner, el antropólogo médico Alberto Villoldo, el investigador paranormal español Salvador Freixedo
La curandera fue investigada por diversos personajes como el psicólogo estadounidense Stanley Krippner, el antropólogo médico Alberto Villoldo, el investigador paranormal español Salvador Freixedo / Crédito: México Desconocido
Pachita nació en el año 1900 en Parral, Chihuahua, donde tras el abandono de sus padres creció bajo el cuidado de un hombre afrodescendiente llamado Charles, por quien aprendió técnicas de sanación y a observar las estrellas.

Pachita vivió en situación de pobreza y trabajó como cabaretera, vendiendo billetes de lotería y cantando en transportes públicos, además, es necesario destacar un evento importante de su vida y al mismo tiempo histórico, pues Pachita participó en la revolución.

La chamana chihuahuense nunca usó anestesia y su quirófano no era más que una catre y para operar usaba un cuchillo.
La chamana chihuahuense nunca usó anestesia y su quirófano no era más que una catre y para operar usaba un cuchillo / Crédito: Enfoque del Noroeste
Su fama se extendió en la década de los 70 debido a las supuestas cirugías místicas que realizaba en su consultorio, al cual asistían personalidades de todas las clases sociales. En esas cirugías, Pachita realizaba intervenciones milagrosas según quienes fueron testigos, que implicaban abrir al paciente con un cuchillo viejo y extraer los órganos dañados para luego materializar órganos nuevos por medio de un portento. Al final de estas cirugías, Pachita simplemente colocaba sus manos sobre la herida y así la cerraba, sin dejar evidencia de algún proceso quirúrgico.

¿De dónde venían los poderes sanadores de Pachita?

La habilidad de materializar y desmaterializar objetos, órganos y tejidos, Pachita se la atribuía al espíritu de Cuauhtémoc, el rey azteca, a quien ella llamaba “Hermanito”. Su fama la convirtió en un fenómeno de investigación en diversas disciplinas. Entre los que se interesaron en la chihuahuense está Alejandro Jodorowsky, escritor y director de cine, quien fue más allá en su investigación y se sometió a una cirugía de hígado a cargo de Pachita y sus habilidades místicas.

La curandera falleció en Ciudad de México un 29 de abril de 1979
La curandera falleció en Ciudad de México un 29 de abril de 1979 / Crédito: México Desconocido
“Yo padecí, aparte del olor a sangre y de la horrorosa visión de la víscera granate, el dolor más grande que había sentido en mi vida. Chillé sin pudor. Dio el último tirón. Me mostró un pedazo de materia que parecía moverse como un sapo, lo hizo envolver en papel neցro, me colocó el hígado en su sitio, me pasó las manos por el vientre cerrando la herida y al momento desapareció el dolor. Si fue prestidigitación, la ilusión era perfecta”, relató Jodorowsky.

Sin embargo, fue Jacobo Grinberg quien se dedicó a estudiar los métodos sanadores de Pachita con mayor determinación. En su investigación, Grinberg se basó en su teoría sintérgica en la que propone que “no hay objetos separados unos de los otros sino que es un campo informacional de una complejidad extraordinaria y que nuestro cerebro interactúa con este campo”.

Jacobo Grinberg desapareció de forma misteriosa en 1994 después de publicar “Las manifestaciones del Ser I: Pachita” y “Los chamanes de México”.
Jacobo Grinberg desapareció de forma misteriosa en 1994 después de publicar “Las manifestaciones del Ser I: Pachita” y “Los chamanes de México” / Crédito: El Humanista
Es decir, el neurofisiólogo y psicólogo mexicano creía que los resultados de los métodos místicos de Pachita se debían a una interacción entre la matriz de información y el cerebro, proceso del cual no se puede saber cómo se creó esa percepción y, por lo tanto, se crea la idea de que es una realidad independiente del ser humano y por ende, un milagro.

Sea por una práctica milagrosa o la excepcional capacidad del cerebro humano de eliminar el malestar, hay testimonios y evidencias sobre pacientes que se encontraban en una etapa terminal de distintas enfermedades, y que de repente sus síntomas y los rastros de la enfermedad desaparecieron, casos a los que no se logra dar una explicación científica y que por lo tanto hoy día se les sigue llamando milagros.

¿Habías escuchado hablar de Pachita?
 

George Ivánovich

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¿Habías escuchado hablar de Pachita?
Sí, Jodorowsky cuenta cómo la conoció en su libro La Danza de la Realidad.

 

Aran Aki

Forero Paco Demier
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Relato de Jodorowsky sobre pachita

Psicomagia, Alejandro Jodorowsky
  • Extracto páginas 62-75
Si le he entendido bien, en psicomagia hay que aprender a hablar el lenguaje del inconsciente para luego, conscientemente, enviarle mensajes.

Exactamente. Y si te diriges al inconsciente en su propio lenguaje, en principio te responderá. Pero ya volveremos sobre esto. Por el momento, me gustaría explicar cómo el acto mágico ha contribuido al advenimiento de la psicomagia. Cuando, en México, descubrí el poder de la brujería maléfica, naturalmente, me planteé la posibilidad de la brujería benéfica. Si unas fuerzas semejantes pueden movilizarse al servicio del mal, ¿no podrían ser utilizadas al servicio del bien? Me puse a buscar a un brujo bienhechor. Un amigo me habló en esos días de la famosa Pachita, una anciana de 80 años a la que mucha gente venía a ver desde lejos, con la esperanza de encontrar curación. Me sentía muy inquieto ante la perspectiva de conocer a aquella bruja famosa, así que me preparé para ello.

¿Por qué se sentía «inquieto»?

Estaba receloso. Al fin y al cabo, nada me garantizaba que aquella mujer no fuera también maléfica. Porque en México hay brujos muy peligrosos que pueden entrar subrepticiamente en el inconsciente de un paciente sensible y echarle un maleficio de efecto retardado. Vas a verlos, al principio no sientes nada raro, pero al cabo de tres o de seis meses, empiezas a agonizar… De modo que me protegí bien antes de visitar a Pachita. Porque no era una bruja cualquiera: en los días de consulta podía atraer fácilmente a tres mil visitantes. Te diré que a veces había incluso que evacuarla en helicóptero… Por lo tanto, convenía tomar precauciones…

¿Qué hizo usted? ¿Cómo se protege uno de la influencia de una bruja?

En cierta forma puede decirse que ése fue mi primer acto psicomágico. Al principio sentí que lo más urgente era borrar mi identidad. Ir a su encuentro con mi vieja identidad era exponerme a lo peor. Así pues, empecé por vestirme y calzarme con prendas nuevas. Era importante que aquellas prendas no las hubiera elegido yo, de modo que pedí a un amigo que me comprara toda la ropa variada que quisiera, para extremar la despersonalización y que el atuendo obtenido no reflejara el gusto de un individuo en particular. Calcetines, ropa interior, todo tenía que ser absolutamente nuevo.

No me puse mi ropa nueva hasta el momento de salir hacia la casa de Pachita. Además, yo mismo me hice un documento de identidad falso: otro nombre, otra fecha de nacimiento, otra foto… Compré una chuleta de cerdo, la envolví en papel de plata y me la puse en el bolsillo a modo de recordatorio. Así, cada vez que metiera la mano en el bolsillo, el contacto insólito de la carne me recordaría que me hallaba ante una situación especial y que no debía dejarme atrapar de ninguna manera. Cuando llegué al piso en el que Pachita operaba ese día, me encontré en presencia de unas treinta personas, algunas de buena posición social.

Debo decir que las circunstancias en las que iba a producirse mi encuentro con Pachita eran un verdadero privilegio, lejos de las multitudes que se agolpaban a su alrededor cuando operaba en un lugar público. Porque yo formaba parte de la intelectualidad. Aunque Pachita no iba al cine, sabía que yo era director y que había hecho una película de la que se había hablado mucho, El Topo. Me acerqué finalmente y vi a una viejecita enjuta y con una nube en un ojo. La frente abombada, la nariz ganchuda acababan de darle un aspecto de monstruo.

Apenas atravesé el umbral, ella me taladró con la mirada y me llamó: «¡Muchacho, tú, muchacho!». Me pareció raro oír que me llamaran «muchacho» teniendo yo más de 40 años. «¿De qué tienes miedo?», dijo. «¡Acércate a esta pobre vieja!» Lentamente, fui hacia ella, estupefacto. Aquella mujer había encontrado la palabra justa para dirigirse a mí pues yo no había madurado aún. Aunque no era un niño, mi grado de madurez no era el que corresponde a un hombre de mi edad. Interiormente seguía siendo un adolescente.

«¿Qué quieres de mí? ¿Qué quieres de esta pobre vieja?», me preguntó. «Eres sanadora, ¿verdad?», le pregunté. «Me gustaría verte las manos.» Ante el estupor de todos, que se preguntaban por qué me concedía aquella preferencia, ella puso su mano en la mía. Y aquella mano de vieja tenía una suavidad, una pureza… ¡Parecía la de una niña de 15 años! No podía creer a mis sentidos. «¡Oh, tienes mano de muchacha, de muchacha bonita!» En ese momento, me invadió una sensación difícil de describir. Frente a esa anciana deforme, creía encontrarme ante la adolescente ideal que el hombre joven que aún habitaba dentro mí había buscado siempre.

Ella tenía la mano levantada, con la palma hacia mí, y yo comprendía claramente que iba a recibir alguna cosa. Me sentía desorientado, no sabía qué hacer. Un murmullo se elevó de entre los asistentes: me decían que aceptara el don. Yo pensé rápidamente que el don de Pachita era de naturaleza inefable, pero yo quería hacer un gesto que denotara que aceptaba el regalo invisible. Así que hice ademán de tomar algo de su mano. Al acercarme vi que algo brillaba entre su anular y su dedo corazón. Tomé el objeto metálico, era un ojo dentro de un triángulo, precisamente el símbolo de El Topo… Empecé a hacer deducciones de aquella experiencia inaudita: «Esta mujer es una prestidigitadora extraordinaria.

Al poner su mano sobre la mía yo no había notado que escondiera ningún objeto. El golpe estaría preparado de antemano, pero ¿cómo se las había ingeniado para hacer salir ese ojo de la nada? ¿Y cómo sabía ella que ése era el símbolo de mi película?». Entonces le pregunté si podía servirle de ayudante y ella aceptó inmediatamente. «Sí», me dijo, «hoy me leerás tú la poesía que me hará entrar en trance». Empecé a recitarle un poema consagrado a Cuauhtémoc, héroe mexicano divinizado.

En ese instante, aquella vieja arrugada emitió un grito tremendo, como un rugido de león, y comenzó a hablar con voz de hombre: «¡Amigos, me alegro de estar entre vosotros! ¡Traedme al primer enfermo!». Empezaron a desfilar los pacientes, cada uno con un huevo en la mano. Después de frotarles con él todo el cuerpo, la bruja lo rompía y examinaba yema y clara, para descubrir el mal…

Si no hallaba nada grave, recomendaba infusiones o, a veces, cosas más extrañas como lavativas de café con leche. También aconsejaba comer huevos de termita o aplicar cataplasmas de patata cocida y excrementos humanos. Cuando el problema le parecía grave, proponía una «operación quirúrgica». Yo fui testigo de estas intervenciones y vi cosas irrepetibles; comparadas con ellas, las operaciones de los curanderos filipinos parecen manipulaciones anodinas.

¿Por ejemplo?

Podría relatar cientos de operaciones, pues seguí ejerciendo de ayudante durante algún tiempo. Quería estar en primera fila, para estudiar lo que allí sucedía, y fui testigo de cosas increíbles. Por ejemplo, el ambiente: casi siempre, Pachita operaba en su casa, una o dos veces por semana. El piso estaba impregnado de un olor pestilente, debido a que Pachita acogía a todos los animales enfermos del barrio, que vivían con ella temporalmente y hacían sus necesidades por todas partes. Era un suplicio esperarla oliendo caca de perro, de gato, de loro… A pesar de todo, en cuanto ella entraba en la sala para operar, el olor parecía esfumarse por efecto de su sola presencia. Sin duda, era su prestancia increíble, su porte de reina, lo que nos hacía olvidar aquellos vapores nauseabundos. Aquella viejecita tenía el aura de un gran lama reencarnado.

¿Qué cree que la hacía tan impresionante?

Muchas veces me he hecho esa misma pregunta. ¡Y es que Pachita impresionaba tanto a sus seguidores como a los incrédulos! Lo cierto es que disponía de una energía superior a la normal. Un día, la esposa del presidente de la República de México la invitó a una recepción que se daba en el patio del Palacio del Gobierno, en el que había numerosas jaulas con pájaros de distintas especies. Cuando Pachita llegó, aquellos pájaros que dormitaban hasta entonces despertaron y se pusieron a trinar como si saludaran al alba. Muchos testigos confirmaron el incidente.

Pero ella no sólo utilizaba su carisma, sabía crear a su alrededor el ambiente adecuado para cautivar tanto al visitante como al enfermo. Su casa estaba en penumbra, unas gruesas cortinas impedían que se filtrara la luz, de modo que, al llegar de la calle, tenías la sensación de entrar en un mundo de tinieblas. Varios ayudantes, todos convencidos de la existencia real del Hermano, como llamaba Pachita al espíritu con el que al parecer contactaba y que, según ella, realizaba las curaciones, conducían al recién llegado por un itinerario que éste tenía que hacer a ciegas. Creo que aquellos ayudantes desempeñaban un papel clave en el desarrollo de las «operaciones».

¿Quiere decir que ayudaban a la bruja a hacer juegos de manos?

Es posible que Pachita fuera una genial prestidigitadora. En realidad, eso nunca se sabrá. Lo cierto es que los ayudantes, cualquiera que fuera el papel que desempeñaran, no eran cómplices de una superchería; todos tenían una fe enorme en la existencia del Hermano. A los ojos de aquellas buenas gentes, esto era lo que importaba.

Pachita no era sino una excelente sanadora, un «canal», como diríamos hoy en día, un instrumento de Dios. Ellos respetaban a la anciana, pero cuando no estaba en trance no la veneraban. Para ellos, el ser desencarnado era más real que la persona de carne y hueso a través de la cual se manifestaba. Esta fe que envolvía a Pachita generaba una atmósfera mágica que contribuía a convencer al enfermo de sus posibilidades de sanarse.

¿Cómo se desarrollaba una consulta «normal» en casa de Pachita?

La gente, sentada en una sala en penumbra, esperaba su turno para entrar en la habitación en la que operaba la bruja. Todos los ayudantes hablaban en voz baja, como si estuvieran en un templo. A veces, uno de ellos salía de la «sala de operaciones» escondiendo en las manos un paquete misterioso. Entraba en el baño y, a través de la puerta semiabierta, se percibía el fulgor del objeto que se quemaba en el fuego. El ayudante salía y nos advertía en un murmullo: «No entren hasta que el daño se haya consumido. Es peligroso acercarse a él mientras está activo. Podrían pillarlo…».

¿Qué era realmente ese «daño»? No lo sabíamos, pero el mero hecho de tener que abstenerse de orinar mientras se producía una de aquellas inmolaciones con fuego provocaba una impresión extraña. Poco a poco, uno abandonaba la realidad habitual para dejarse arrastrar hacia un mundo paralelo totalmente irracional. Después, de pronto, salían de la sala de operaciones cuatro ayudantes portando un cuerpo inerte envuelto en un lienzo ensangrentado y lo depositaban en el suelo, como si fuera un cadáver. Porque, una vez terminada la operación y colocados los vendajes, Pachita exigía del paciente inmovilidad absoluta durante media hora, so pena de muerte instantánea.

Los operados, temerosos de ser aniquilados por fuerzas superiores, no hacían ni el menor gesto. Inmóviles, petrificados, parecían realmente muertos. No es necesario agregar el efecto que ejercía esa escenografía sobre el candidato. Cuando Pachita lo llamaba en voz baja, utilizando siempre la misma fórmula, «Ahora te toca a ti, hijito de mi alma», el paciente se echaba a temblar de pies a cabeza y regresaba a la infancia.

Por eso tal vez se puede decir que esta bruja no atendía a adultos sino a niños, porque así los trataba, cualquiera que fuera su edad. Recuerdo haberla visto dar un caramelo a un ministro mientras le preguntaba con su voz grave y cariñosa: «¿Qué te duele, mi niño?». La gente se abandonaba a ella en cuerpo y alma, tomándola como antídoto de su terror.

Acaba de describir el ambiente, los preliminares, muy importantes, sin duda. Pero me gustaría saber cómo se desarrollaba en general la operación misma… Como «ayudante», usted tuvo que ser un testigo privilegiado.

¡No sé hasta qué punto, porque al igual que todos estaba bajo el poder de la magia del ambiente! Pachita hacía tenderse al paciente en un catre, siempre a la luz de una vela, ya que, según ella, la luz eléctrica podía dañar los órganos internos. Luego, señalaba el lugar del cuerpo que iba a «operar», lo rodeaba de algodón y derramaba un litro de alcohol encima. El olor del producto se extendía por la habitación, creando un ambiente de sala de operaciones. Ella siempre estaba acompañada por dos ayudantes -con frecuencia, yo era uno de ellos-y media docena de discípulos que tenían terminantemente prohibido cruzar las piernas, los brazos o los dedos, para facilitar la libre circulación de la energía.

De pie, a su lado, yo mismo vi cómo hundía el dedo casi por completo en el ojo de un ciego, o cómo «cambiaba el corazón» a un paciente, al que parecía abrirle el pecho con las manos, haciendo correr la sangre… Pachita me obligaba a meter la mano en la herida, yo palpaba la carne desgarrada y retiraba ensangrentados los dedos. De un tarro de cristal que tenía al lado, le pasaba un corazón llegado no se sabía de dónde -del depósito o del hospital-, que ella procedía a «implantar» en el cuerpo del enfermo de forma mágica: nada más ser colocado sobre el pecho, el corazón desaparecía bruscamente, como aspirado por el cuerpo del paciente.

Este fenómeno de «aspiración» era común a todos sus «implantes»: por ejemplo, Pachita tomaba un trozo de intestino, lo colocaba sobre el «operado» y en ese mismo instante desaparecía en su interior. La vi abrir una cabeza y meter las manos. Podías sentir el olor de los huesos chamuscados, oías ruido de líquido… La operación no estaba exenta de violencia y constituía un espectáculo bastante crudo, a la mexicana, pero al mismo tiempo Pachita mostraba una dulzura extraordinaria.

¿Qué papel desempeñaban los adeptos presentes?

La bruja contaba mucho con ellos. A veces, parecía que la operación se complicaba, entonces Pachita y el propio enfermo pedían la ayuda activa de todos los presentes.

¿Podría dar un ejemplo?

Recuerdo operaciones durante las cuales el Hermano exclamaba de pronto por boca de Pachita: «El niño se enfría, pronto, calentad el aire o lo perderemos…». Todos corríamos inmediatamente, histéricos, en busca de un radiador eléctrico… Al conectarlo, ¡comprobábamos que habían cortado la electricidad! «¡Hagan algo o el niño entrará en la agonía!», bramaba el Hermano mientras el enfermo, al borde de la crisis cardíaca, viéndose sin duda con el vientre abierto y las tripas al aire, gemía, helado de terror: «¡Hermanos, os lo suplico, ayudadme!».

Y todos arrimábamos la boca a su cuerpo y soplábamos con todas nuestras fuerzas, angustiados, olvidándonos de nosotros mismos, tratando desesperadamente de calentarlo con nuestro aliento. «Muy bien, queridos hijos», decía de pronto la voz del Hermano, «ya sube la temperatura, ya pasó el peligro, ahora puedo continuar».

¿Nunca se les murió alguien?

No. Que yo sepa, nadie murió debido a las intervenciones de Pachita, a pesar de que muchas de ellas implicaban momentos críticos. En cierto modo, eso parecía formar parte del proceso.

¿Quiénes eran operados sufrían?

Yo diría que sí. La operación podía ser bastante dolo rosa. Cuando murió Pachita, el don pasó a su hijo Enrique, que empezó a operar como su madre. Asistí a una de sus operaciones y observé que el Hermano hablaba con más dulzura y que el cuchillo ya no hacía daño. Así lo hice observar a uno de los ayudantes, que me respondió: «De encarnación en encarnación, el Hermano va progresando. Últimamente ha aprendido a no hacer sufrir a los pacientes»

el texto completo
 

BeKinGo

Condensador de sueños
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Jodorowsky representa la punta de lanza de la misoginia más psicopática.
Que no es que lo diga yo, es que te lo dice el.
En este video comentan los cojonazos que tiene de tratar como a un chihuahua a su pareja, y riéndose en tu cara además, da verdadera grima, puedes verlo tu mismo.
Un enfermo al que solo puede admirar otro enfermo. Promocionado, eso si.

min 1:30

 

Aran Aki

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Jodorowsky representa la punta de lanza de la misoginia más psicopática.
Que no es que lo diga yo, es que te lo dice el.
En este video comentan los cojonazos que tiene de tratar como a un chihuahua a su pareja, y riéndose en tu cara además, da verdadera grima, puedes verlo tu mismo.
Un enfermo al que solo puede admirar otro enfermo. Promocionado, eso si.

min 1:30

Lo he visto y no percibo lo mismo . Me quedo con el ultimo comentario que tiene el video que subiste de quien hace la critica.
El comentario que esta aquí abajo lo hace un seguidor del canal del Justo de nombre..... me hizo mucha gracia por eso lo copio. Yo no conzco a Justo ni su trabajo ni si tiene problemas con el alcohol...pero me he estado riendo un buen rato con el comentario, sin mas
hace 1 año
Jodorowsky no me gusta, pero tú mucho menos. Hablas como si estuvieras borracho y dejas ver una frustracion sexual inmemsa a traves de rus juicios a priori.
 
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Aran Aki

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Nooooo tu no ,el tipo de tu vídeo, el comentario lo hacen en el enlace que tu subiste y se dirige a Justo Fernandez

La Emocionante Historia de Amor de Jodorowsky y Pascale
te dejo en enlace aqui


 

BeKinGo

Condensador de sueños
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Edito: ah vale, que es un comentario del video, así, sin aclaración no se entiende.
Nooooo tu no ,el tipo de tu vídeo,
A mi el tipo del video me da igual, solo necesito ver a Jodorowsky tratar a su pareja como un perro literalmente para formarme opinión, solo le ha faltado rascarle la cabeza.
La hace sentarse en el suelo a su lado y todo.
 
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Nico

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México -donde he estado muchas veces- es un país tremendamente MAGICO, pero mágico en serio. Al mismo tiempo no puedo decir que sea magia "de la buena". De hecho, la violencia de los narcos, o sus fiestas "de la muerte" están presentes.

De los países que conozco y he visitado (que son unos cuantos) NINGUNO, pero ni de lejos, se aproxima a la sobrenaturalidad como México. En segundo lugar situaría Bolivia, aunque en el caso de Bolivia los "occidentales" quedamos "del otro lado del vidrio" y no la sentimos en carne propia... pero en México SI.

Al mismo tiempo, tampoco he sentido en otros sitios el enorme calor humano que se siente en México, es como que te conectas a un nivel más profundo con cada persona con la que te cruzas y tienes un mínimo de interacción.

Y ni qué decir que la persona que más he tratado es "hija de bruja" (canalizadora) y ella misma tiene un poder increíble (aunque no lo usa y creo que hasta la lastima por no expandirlo). Su contacto con lo sobrenatural es increíble -me consta en persona-.

Ignoro si en Haití o en Cuba ocurre lo mismo (no estuve en ninguno de los dos). Pero de México puedo dar fe PERSONAL de esta circunstancia.
 
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