Sociedad: La violencia femenina en la evolución humana

Eric Finch

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La violencia femenina en la evolución humana | Cultura 3.0

La violencia femenina en la evolución humana


La antropóloga y primatóloga Sarah Blaffer Hrdy escribió en 1981 que “el comportamiento competitivo de las mujeres sigue siendo anecdótico, conocido de forma intuitiva pero no confirmado por la ciencia”. Las cosas han cambiado desde entonces, como muestra una variedad de trabajos sobre violencia y competitividad femenina publicados por criminalistas, antropólogos o psicólogos evolucionistas. Pese a esto, la agresión femenina sigue siendo considerablemente menos conocida que la masculina, debido también a la persistencia de estereotipos y expectativas sociales sobre el sexo.

¿Por qué son menos violentas las mujeres?

A lo largo del tiempo, de las latitudes y de las sociedades, las mujeres tienden a emplear menos la violencia que los hombres, y también a sufrir menos sus efectos. Según un metaanálisis dirigido por la psicóloga Janet Hyde en 1986 (citado por David Buss), existen diferencias consistentes de género en la agresión. Las mujeres tienen menos fantasías agresivas que los hombres, cometen menos agresiones físicas, imitan menos el comportamiento agresivo y están menos dispuestas que a golpear a otros en condiciones experimentales. Otros datos cruciales, como las estadísticas sobre homicidios, corroboran esta misma tendencia. Según Daly y Wilson “no existe ninguna evidencia de que las mujeres se aproximen al nivel de conflicto violento prevalente entre los hombres en ninguna sociedad”.

Desde la psicología evolucionista, la explicación más plausible reside en las diferencias en estrategias reproductivas:

La infancia y la niñez tempranas son periodos vulnerables. Entre los Ache de Paraguay el 13% de los niños mueren antes de cumplir su primer año de edad y el 27% antes de cumplir los cinco. La madre es la línea de protección más importante para que el niño no se muera de hambre, o bien de ataques o accidentes. Teniendo en cuenta el corto intervalo entre nacimientos de nuestra especie, las mujeres se habrían dedicado al cuidado de niños vulnerables, o bien habrían estado embarazadas, durante una parte substancial de sus carreras reproductivas. El éxito reproductivo de una mujer podría haber dependido de la evitación de conductas arriesgadas, incluyendo agresiones.​

La autora de la cita anterior es Anne Campbell , investigadora del laboratorio de psicología de la universidad de Durham. Basándose también en Daly y Wilson, Campbell subraya que la menor agresión femenina se fundamenta probablemente en la mayor variabilidad reproductiva de los hombres. Dicho en breve: una minoría de hombres tiene más éxito reproductivo que una mayoría, y en consecuencia los premios por competir violentamente son más elevados para los hombres, pero no para las mujeres.

Esto no significa que ellas no pueden ser agresivas. En particular, existen condiciones culturales y ecológicas que favorecen la agresión femenina. Para Campbell (2013) “la intensidad de la agresión femenina está limitada por la mayor centralidad de las madres, en comparación a los padres, con respecto a la supervivencia de su descendencia”. La agresión femenina es más típica en las comunidades que sufren más pobreza y un bajo nivel cohesión social: “Para las familias que viven en estos vecindarios, la ausencia de la figura paterna significa que son las madres las que tienen que desempeñar el papel de pivote familiar”. Cuando se produce agresión femenina, tiene más probabilidades de tener lugar en el ámbito doméstico, a estar causada por rivalidades románticas y a no tener lugar en el marco de grupos jerárquicos, a diferencia de la agresión masculina.

Las presiones evolutivas que habrían originado las diferencias de género en la agresión se reflejarían en la neurobiología de la agresión. Distintos experimentos en laboratorio evidencian que hombres y mujeres difieren en sus respuestas a estímulos que representan amenazas. En particular, las mujeres parecen mostrar una mayor respuesta en la amígdala a este tipo de estímulos, en comparación a los hombres, debido fundamentalmente al papel ansiolítico que juegan los niveles de testosterona endógena. Simultáneamente, las mujeres mostrarían un mayor poder de control ante situaciones amenazantes que estaría modulado por una mayor actividad en la corteza prefrontral, y en especial en la región orbitofrontal. Estas diferencias neuroanatómicas permitirían a las mujeres poseer un mayor control sobre la regulación de las respuestas emocionales, en comparación a los hombres, lo cual en general favorece un comportamiento menos agresivo.

El mito de la mujer pacífica

Existe un fuerte estereotipo social que subraya la condición esencialmente pacífica o al menos substancialmente menos agresiva de las mujeres, en comparación a los hombres. Como hemos dicho, las diferencias de género en agresión realmente existen, favoreciendo a los hombres. Pero esto no significa que las mujeres no recurran a la agresión, incluso en los ámbitos alejados de la familia. Ya en los años noventa, Jacquelyn W. White y Robin M. Kowalski (1994) propusieron una evaluación de estos estereotipos desde una perspectiva feminista. Ambas autoras recuerdan que, si bien las estadísticas muestran que los hombres cometen un mayor número de delitos, las agresiones femeninas también existen, abarcando desde el homicidio a la violencia doméstica y dentro de la pareja. Aunque las mujeres tienen más probabilidades de sufrir agresiones graves en el ámbito familiar “hombres y mujeres autodescriben niveles equivalentes de agresiones físicas y verbales”. Según un estudio sobre violencia familiar reciente el 58% de las relaciones violentas dentro de la pareja son bidireccionales (son violentos ambos miembros de la pareja) y el 42% es unidireccional (es violento sólo uno de los miembros). Dentro de este 42%, el 28% de las agresiones son cometidas por mujeres y el 14% por hombres.

Cualesquiera que sean las expectativas sociales o ideológicos, los datos evidencian consistentemente que la agresión no es un mero “dominio masculino”. Es más, para White y Kowalski la ocultación de la agresión femenina perpetúa estereotipos sexistas y patriarcales: “La agresividad en los hombres está relacionada con su mayor éxito competitivo en entornos como deportes y lugares de trabajo. En contraste, la no violencia se ve como parte de la naturaleza pasiva y gentil de las mujeres, más adecuada a sus roles de esposa y madre, mientras que se las considera poco adecuadas para los roles competitivos de líderes y guerreros”.

Estos estereotipos además no dejan intacta la realidad, en especial la percepción social de la realidad, e influyen en que los actos violentos cometidos por mujeres tengan menos probabilidades de ser conocidos o investigados en primer lugar:

En ciertos tipos de agresiones femeninas (por ejemplo, violencia dentro de relaciones íntimas), la víctima (el esposo o niños) podrían no informar del crimen debido a falta de capacidad, la sensación de que no se trata de algo serio o el miedo a ser estigmatizado. Más aún, hasta muy recientemente, las perpetradoras femeninas de crímenes tenían más probabilidades de ser tratadas con menor dureza por el sistema de justicia criminal. Las mujeres agresivas eran clasificadas más como patológicas que como criminales. En consecuencia, muchos de sus crímenes tenían menos probabilidades de incluirse en las estadísticas oficiales.​

Ciertamente, la poco usual perspectiva de estas autoras puede criticarse por centrarse en el punto de vista femenino en lugar del más urgente punto de vista de las víctimas, con independencia de su sexo, pero en todo caso no podría estar más alejada de las tendencias actuales que tienden a perpetuar acríticamente la idea del hombre como perpetrador y la mujer como víctima sistemática.

Ver también: http://www.burbuja.info/inmobiliaria/temas-calientes/565908-violencia-masculina-evolucion-humana.html

Referencias:

White, J.W. & Kowalski, R. (1994). Deconstructing the myth of the nonaggressive female: A feminist analysis. Psychology of Women Quarterly,18, 477-498.

Campbell, A. (2013). The evolutionary psychology of women’s aggression. Phil. Trans. R. Soc. B 2013 368, 20130078, published 28 October 2013
 

NODIANO_borrado

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¿Cuándo dinero habrá hecho falta para generar esa mentira de que el hombre es el único violento?
 

MarcoFurioCamilo

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Me he leído el texto entero, y sólo dice obviedades que se saben por sentido común. ¿Para qué sirven, pues, los "expertos"?