⚡ Hilo oficial del golpe de Estado de Puigdemont vol LII: "Se viene la sentencia"

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17/06/2021 - La pregunta de Ónega - Francesc-Marc Álvaro - La Vanguardia

Hay preguntas y preguntas. El periodismo consiste, sobre todo, en hacer la pregunta imprescindible que ilumina la escena. A pesar de que vivimos tiempos en los que cualquier saltimbanqui con una cuenta de Twitter se cree Kapuscinski, lo cierto es que el periodismo exige poso y pausa, algo que hoy muchos ignoran. Por suerte, el veterano colega Fernando Ónega es de la vieja escuela (otros, en cambio, fueron del oficio y ahora ejercen como tristes equilibristas de su propia decadencia) y gusta de formular cuestiones que dan en la diana. Así lo hizo en su artículo del pasado sábado.

Ónega, que suele observar los asuntos catalanes con más tranquilidad que la media de los que escriben desde Madrid, lo soltó con total claridad: “¿Hay algo, alguna idea, alguna oferta entre la autodeterminación y el mantenimiento del estatus político actual? Dicho de otra forma: ¿hay alguna propuesta que sirva para que se acaten la Constitución y el Estatut, al mismo tiempo que se satisfacen las aspiraciones nacionalistas? Si la respuesta es afirmativa, hay esperanza. Si la respuesta es negativa, ponga usted mismo la conclusión”. La pregunta está en el aire, especialmente cuando se habla de la mesa de diálogo que debe encauzar las conversaciones sobre el conflicto catalán. Y la mesa de diálogo estará en el centro del escenario, una vez hayan salido de la cárcel los líderes del procés mediante los indultos.
Negociar es crear escenarios nuevos, hoy imprevistos, tal vez, para unos y otros

Para responder a lo que Ónega plantea será mejor comenzar por desterrar un concepto que únicamente sirve para confundir al personal. Lo han adivinado: me refiero a la llamada Tercera Vía. El término, además de cursi y hueco, tiene muy mala prensa, porque nunca se acabó de entender, ni por algunos de sus presuntos y más afamados vendedores. Olvídense de vías terceras (que luego son vías estrechas que desembocan en estaciones fantasma) y hablemos como se hace en los países que no le temen al diccionario (porque, a su vez, no le temen a consultar a la ciudadanía).

Así las cosas, el asunto que sobrevolará la mesa de diálogo es el famoso elefante invisible que el PSOE ha mantenido encerrado en la habitación desde los tiempos de la transición: el federalismo. Pero no ese federalismo de plástico (declaración de Granada y otras ocurrencias) que los socialistas manejan ritualmente para justificar la etiqueta federal en la botella. Hablo del federalismo asimétrico (en España no tendría sentido que no lo fuera) que Pasqual Maragall propugnó con tanta pasión como escasa acogida entre sus correligionarios de más allá del Ebro. Asimétrico porque ya la Constitución de 1978 reconoce esa misma asimetría, al hablar de nacionalidades históricas y al incorporar la singularidad financiera del País Vasco y Navarra.

Aterricemos, pues. La pregunta que surge de la pregunta de Ónega es esta: ¿hasta qué punto Pedro Sánchez tendrá voluntad y capacidad de ofrecer un cambio de marco sustancial a Catalunya que dé incentivos a una parte de los independentistas para dejar de serlo?
Desde el 2010, los incentivos han brillado por su ausencia. El Estado (usando porras, el Código Penal y el Tribunal de Cuentas) ha basado toda su estrategia catalana en la amenaza y la punición, incluso poniendo en primer término a la Corona, en vez de preservarla para un momento arbitral. Hoy, el Ejecutivo de PSOE y Podemos se ha propuesto devolver el pleito catalán al carril de la política. Pero no bastará con un cambio de tono ni con los indultos. Eso lo sabe cualquiera que haya estudiado a fondo lo ocurrido en Catalunya desde la aprobación del Estatut del 2006. Lo sabe perfectamente Miquel Iceta, que se lo ha explicado a Sánchez.

Incentivos y flexibilidad para dar con avances que no sean cartón piedra. Cuidado: no estoy diciendo que el president Aragonès y el resto de los negociadores de la parte catalana vayan a renunciar a la celebración de un referéndum acordado al estilo del que tuvo lugar en Escocia. El independentismo irá a la mesa de diálogo con esa demanda (y con la de la amnistía, que sería la única manera de frenar la multitud de causas abiertas a raíz del 1-O). ¿Con qué responderá el líder socialista? Negociar es crear algo a partir de intereses contrapuestos. Crear escenarios nuevos, hoy imprevistos, tal vez, para unos y otros. El Gobierno ha de dar por superado el catálogo del folklore paliativo (trasladar el Senado a Barcelona y demás lindezas) para entrar en algo que escasea: la imaginación política, lo inédito. Ir mucho más allá de intentar restaurar el Estatut que recortó el TC.

También en La Vanguardia del sábado, López Burniol avisa al PP del fracaso de la vía coercitiva y, al hacerlo, remarca oportunamente un dato que, supongo, se saben de memoria en la Moncloa: “Media Catalunya ya no tiene ningún sentido de pertenencia a España, ni se siente concernida por sus intereses, ni obligada por sus leyes, ni acata a sus jueces y tribunales”. La complejidad del cuadro exige una mesa de diálogo que no excluya opciones, ni esa de aire austriacista que formuló en su día el conservador Miguel Herrero y Rodríguez de Miñón, nada sospechoso –por cierto– de separatismo.
 
  • Zanx
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Una crisis política que ha pesado como una losa sobre la economía catalana durante la última década; especialmente desde octubre del 2017 y el tsunami de traslado de sedes sociales de empresas.

Secuela de esa parálisis, la congelación, cuando no el descarte, de las decisiones económicas. Públicas: ¿cuál es la política económica del Govern? ¿Qué espera obtener del Estado? De la agenda del Govern. ¿Qué posibilidades de intercambios económicos se pueden ofrecer al presidente de Corea del Sur, cuando visita Barcelona? ¿Alguien en la administración catalana ha pensado en reunirse con su nutrida delegación? ¿Y con el primer ministro italiano, Mario Draghi, de visita también hoy en la capital catalana? ¿Habrá encuentro con el president de la Generalitat?

La élite económica se agarra al indulto de Sánchez como a clavo ardiendo en pos de la normalización

También privadas. ¿Qué inversiones acometer sin un horizonte estable en cualquier calendario imaginable? ¿Las empresas que han trasladado la sede siguen apostando por Barcelona como su lugar preferente de desarrollo futuro? ¿Su crecimiento se orienta a la mejora de sus activos en la capital catalana?

Se trata de asuntos que no se debaten con franqueza en Catalunya desde hace años. El mantra era que los acontecimientos políticos no tenían consecuencias económicas. Como el de que Europa iba a darle cobertura a todo. O el de que los mercados preferirían un estado independiente con solvencia futura a un Estado vigente supuestamente quebrado. Hasta que la realidad, siempre implacable, ha dado una sacudida. Súbita, como la llegada de la madurez.

Ansioso por encontrar –no ya una tercera vía, ahora las expectativas son mucho más modestas que hace tan solo tres años– simplemente un clavo al que agarrarse para recuperar la normalidad económica. Con este ánimo se ha acogido en este mundo económico la oferta del Gobierno de Pedro Sánchez, la amnistía a los líderes políticos independentistas presos. Una esperanza de normalización, de estabilización política.


La colocación de las piezas en el tablero incentiva la convergencia de la élite económica catalana con el Gobierno central: el programa de este ofrece el bálsamo político que aquella ansía. Tendencia que también empuja al Govern de Pedro Aragonès, pese a sus roces y conflictos internos, dado su interés en los indultos y en influir en las grandes decisiones económicas del Estado, comenzando por los fondos europeos y acabando en los Presupuestos.

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Hace quince años, el 18 de junio del 2006, el pueblo catalán aprobaba, mediante un referéndum vinculante, un nuevo Estatut pactado con el Estado. El PP, que había impulsado una agresiva campaña de recogida de firmas, no aceptó su derrota e interpuso un re

La sentencia del 2010 abriría la caja de los truenos. El Tribunal Constitucional desactivaba la voluntad de la ciudadanía con una decisión más próxima a la minoritaria visión centralista de la Constitución que en el año 1978 había defendido Fraga Iribarne que a la interpretación de otros ponentes constitucionales como Roca Junyent, Solé Tura o Herrero y Rodríguez de Miñón. El tribunal rompió el pacto de 1978 abriendo un periodo convulso que culminó el 2017 con errores generalizados: los plenos de septiembre, la declaración de independencia, la aplicación del artículo 155, el discurso del Rey y la delegación del poder político en el judicial. En medio, el 1 de octubre: una jornada de movilización masiva y ejemplar a la que los observadores internacionales negaron carácter vinculante.

El país necesita una amplia mayoría por el diálogo aunque no coincida con la que ha permitido formar gobierno

La elección de Pere Aragonès como nuevo presidente de la Generalitat y el posicionamiento de Oriol Junqueras pueden abrir una nueva etapa. Y en el otro lado, por primera vez hay alguien dispuesto a negociar. Frente al “cuanto peor, mejor”, se demuestra que no es lo mismo un gobierno del PP que uno del PSOE y Unidas Podemos, a pesar de la lentitud exasperante del ministro de Justicia. Los votos particulares en el Tribunal Constitucional y el informe que tiene que debatir el Consejo de Europa lo avalan. Los que hace quince años rompieron la convivencia con la recogida de firmas repiten ahora la misma táctica suicida, capitalizada en la plaza Colón por la extrema derecha y secundada por una parte del poder judicial. Un sector del independentismo, descolocado, critica los indultos y ve traidores por todas partes.

Hay varias alternativas, y el profesor Rubio Llorente, jurista de referencia para el PSOE, apuntó una: si una “minoría territorializada” desea la independencia, aunque la Constitución no reconoce el derecho a la autodeterminación, hay que verificar la solidez de esta aspiración a través de un referéndum consultivo que pregunte sobre las reformas legales que tendrían que permitir ejercer este derecho. Esta podría ser nuestra vía escocesa. Un camino difícil de transitar, pero más realista que una imposible independencia unilateral y que la utilización de la represión y la vía judicial como única respuesta.
 

mcd

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la cuestion es pagar los gastos ocasionados y que no se vuelva a repetir; la via es un 20% menos de poblacion y un 40% menos de PIB y por el camino pagar los costes de oportunidad; la globalizacion y las nuevas tecnologias lo ponen facil; no es venganza ni justicia divina, es pragmatismo e higiene

es lo que tienen los ordagos a chica, pierdes el mus
 
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13/06/2021 - Independentismo en transición - Lola García - La Vanguardia

Ahora que los indultos están a punto de convertirse en una realidad y que los presos del procés saldrán de la cárcel, algunos debates pendientes en el seno del independentismo afloran con más claridad. Las dos cartas escritas desde Lledoners esta semana por Oriol Junqueras y Jordi Sànchez, dirigentes de ERC y Junts per Catalunya, contienen el germen de discordias, malos entendidos y medias mentiras sostenidas desde el otoño de 2017 en el que se proclamó una independencia unilateral y fallida.

Junqueras, en su escrito, manifiesta que la única vía factible es la de un referéndum pactado y que las otras, incluida la unilateral, “no son viables ni deseables”. Jordi Sànchez le reprocha que se lo ponga tan fácil al Gobierno central y llega a acusarle de flaqueza frente la condena de prisión. Junqueras sería así culpable por pusilánime. Sin embargo, en su carta, el dirigente de Junts reconoce que el 1-O se hizo para forzar al Ejecutivo a abrir una negociación sobre un referéndum pactado y no para decretar al día siguiente la independencia. Y ahí es cuando Jordi Sànchez es acusado por no pocos de los suyos de carecer de la fe necesaria en la causa. En definitiva, uno es tachado de cobarde; el otro, de descreído.

Mientras, la política española gira bajo parámetros similares. Pablo Casado acusa a Pedro Sánchez de ser un irresponsable capaz de romper España por mantenerse en el poder, mientras el presidente le reprocha al jefe de la oposición que se deje llevar por el revanchismo y el ansia de venganza. En Madrid unos escudriñan cualquier gesto del independentismo que atisbe una señal de arrepentimienLos indultos están al caer. Pero también una remodelación del Gobierno de Pedro Sánchez.to y otros escarban en busca de signos de porfía que evidencien una tregua trampa. Todo ello se asienta sobre conceptos morales que nada tienen que ver con la política.

Ni la derecha dejará de utilizar el nacionalismo españolista como arma contra una izquierda que sigue sin tener claro cómo manejar las identidades, ni el independentismo abandonará el lenguaje mitificado que ha amasado durante los últimos diez años. Y, sin embargo, hay cosas que están cambiando.
La principal, que ERC y Junts deberán adaptarse a una normalidad cada vez mayor después de una década escudándose en la excepcionalidad. Los republicanos se han adentrado en ese recorrido de forma gradual. Junqueras lleva más de tres años intentando virar el barco.

En el libro que firman él y Marta Rovira defienden que para la independencia unilateral se requiere bastante más del 50% en varias elecciones. Y, mientras, “hay que gobernar, y gobernar bien”. Al mismo tiempo, Junqueras suelta de vez en cuando duras diatribas contra el Estado español y a favor de la independencia. Cuando salga de la cárcel, no sólo lo seguirá haciendo, sino que se repartirá ese papel con el president Pere Aragonès. ERC lo compara con la división de roles del PNV, pero se parece más a lo que hacía Jordi Pujol, que entre semana negociaba con el Estado y lanzaba encendidas proclamas los fines de semana.

La tarea de Junts será tratar de desenmascarar a ERC al tiempo que intenta un juego similar. Se trata de manejar poder, recuperar influencia y juzgar a quienes sucumban a un excesivo pragmatismo.
Pero en Junts se han desatado los malos humores. Mientras unos se entregan a la pugna interna por copar cargos, otros reprochan a Jordi Sànchez precisamente que haya alcanzado el pacto de gobierno que les permite mantener esos puestos. Hasta tal punto ha llegado la efervescencia interna que se susurran llamadas a derrocar al secretario general y Carles Puigdemont ha salido a desautorizarlos con contundencia.

La carta en la que Sànchez ponía en cuestión la finalidad del 1-O ha servido como espita, aunque ya dijo Clara Ponsatí que aquello fue “de farol”. Lo que ha desatado el malestar ha sido la forma como el secretario general ha ejercido su poder en el partido, imponiendo el acuerdo con ERC y los cambios en el Govern a su manera, como lo hubiera hecho un clásico presidente de la Generalitat de Convergència. En Junts proliferan las camarillas. Alrededor de diferentes líderes –Jordi Sànchez, Elsa Artadi, Laura Borràs, Jordi Turull, Josep Rull…– fluyen corrientes y varias aseguran hablar en nombre de Puigdemont. Si en ERC habrá dos liderazgos, Junts puede acabar con tres: el expresident, el secretario general y el candidato a la Generalitat cuando sea designado.

El independentismo está inmerso en una reformulación de personas y de discursos. Es un movimiento que ahora está mirando más hacia adentro que hacia fuera. En ese contexto es en el que Pedro Sánchez busca aplicar el cataplasma de la distensión. Al fin y al cabo, el mejor pegamento para la división política es poder presentar un enemigo exterior.

Indultos y cambio de gobierno

Los indultos están al caer. Pero también una remodelación del Gobierno de Pedro Sánchez.
El presidente le da vueltas a cómo acometer esos cambios en su gabinete para dar más impulso al Ejecutivo en lo que se considera una nueva etapa que debería pasar página de la pandemia y de la tensión con Catalunya. Cunden las especulaciones sobre los relevos en el Gobierno, aunque lo único más o menos seguro es que se trata de imprimir un perfil más político y menos técnico al Consejo de Ministros. También la fecha es una incógnita. En un principio el presidente estudia acometer los cambios después del verano, para empezar el curso con las nuevas caras, pero ahora cunde la impresión de que la remodelación podría hacerse antes de las vacaciones y justo después de los indultos.

El enfado de Illa con Aragonès

El president de la Generalitat, Pere Aragonès, iniciará mañana su primera ronda de contactos con todos los grupos parlamentarios salvo Vox, en la que pretende abordar, entre otros asuntos, cómo encarar el diálogo con el Gobierno central. Empezará por Junts per Catalunya. Es probable que después se reúna con la CUP y luego con el PSC. Aragonès da así prioridad a los dos partidos que sostienen su presidencia, uno dentro del Gobierno y el otro, la CUP, con su apoyo desde fuera a la investidura. Sin embargo, ese orden –si se mantiene así finalmente– ha provocado la irritación de los socialistas catalanes, que recuerdan que son el primer partido en votos y escaños de la Cámara catalana y que lo consideran un menosprecio a Salvador Illa, que es oficialmente el jefe de la oposición en el Parlament.
 
  • Zanx
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mcd

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el prusesss nunca fue de independencia, siempre fue de dinero y de una posicion de fuerza para negociarlo; asi que toca no darles posicion de negociacion ni dinero y toca que paguen el estropicio ocasionado

y a medio plazo que se laminen en poblacion y PIB
 

LordEntrophy

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Como niños malcriados con el síndrome del emperador. Ni siquiera son capaces de estar discretamente sin hacer ruido la semana que les van a conceder el indulto para al menos facilitar el trago a Sánchez.

Cuando un niño se porta mal en el parque se le castiga sin jugar y no se le deja volver con los amiguitos hasta que pida perdón. Los padres que no hacen eso, al cabo de un tiempo tienen nenes insoportables.

En fin, es la porquería de clase política que tenemos.
 
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21/06/2021 - Soplar y sorber a la vez - Francesc-Marc Álvaro - La Vanguardia

Hay cosas que son muy difíciles de hacer a la vez, por ejemplo, soplar y sorber. Es imposible. Se puede sorber y soplar de manera consecutiva, alternando los dos movimientos, pero coordinarlos no debe de ser fácil. Todavía debe de ser más difícil si es un gobierno quien lo intenta. ¿Podrá el Govern que preside Pere Aragonès soplar y sorber a la vez? Los últimos días, ha intentado hacerlo, con los focos puestos sobre cada gesto del president y sus consellers: encontrarse con el presidente de Corea del Sur sin acudir a una cena con Felipe VI; dar confianza a las élites empresariales en la reunión del Cercle y viajar a Waterloo para proyectar unidad; apostar por el diálogo con el Gobierno, pero no asistir a la conferencia que Sánchez da hoy en el Teatre del Liceu...

Para entender la disciplina que se impone a sí mismo el Govern hay que tener en cuenta cuatro factores. Primero: la voluntad de gestionar el día a día con eficacia no ha enterrado la agenda independentista de mínimos (al margen de discrepancias estratégicas), concretada en la demanda de un referéndum pactado y de amnistía; segundo: Aragonès es un pragmático que sabe que, para avanzar en la mesa de diálogo, es imprescindible hacer visible que el conflicto perdura a pesar del cambio de tono; tercero: el rechazo a la figura del Monarca es alto en la sociedad catalana desde el 3 de octubre del 2017; y cuarto y muy destacado: los indultos para los dirigentes del procés son un paso importante, pero las inercias punitivas continuarán como una herida abierta, con los juzgados 13 y 18, las causas contra manifestantes o el Tribunal de Cuentas, que es un no-lugar inquisitorial, donde la indefensión atroz de los investigados es más propia de un Estado totalitario que de una democracia plena.

El pasillo de la representación política “normal” es muy estrecho y está lleno de minas

Aragonès (también el vicepresident Puigneró) no quiere caer en la gesticulación reactiva e improductiva de Torra, está clarísimo. Pero el pasillo de la representación política “normal” es muy estrecho y está lleno de minas, que pueden estallar en cualquier momento. Por otra parte, es sintomático (más allá de las declaraciones plausibles de Javier Faus) que un público como el del Cercle, tan dócil ante el menosprecio del PP, se haya mostrado, en cambio, frío y molesto porque el conseller de Economia de un Gobierno independentista recuerda que con un Estado propio muchos obstáculos desaparecerían. La tranquilidad política que anhelan los patricios locales debería incluir el escuchar a Giró con más empatía de la que demostraron ante Mas-Colell, cuando el prestigioso sabio advertía que Madrid enviaba a la sociedad catalana contra las rocas.

La intención de soplar y sorber a la vez es el resultado de una normalidad que no será tal mientras dure la represión, así como de una compleja lucha de relatos, que se produce en varios escenarios: dentro y fuera de Catalunya, entre independentistas, entre partidos de ámbito estatal, entre el Govern Aragonès y el Ejecutivo Sánchez, y entre la prensa de Barcelona y la mayor parte de la prensa de Madrid. Deberemos acostumbrarnos a vivir (y dialogar) bajo una permanente ducha escocesa.
 
  • Zanx
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Hay que reconocerle al presidente que haya decidido poner sus cartas sobre la mesa: defiende personalmente su propuesta y asume el coste político y mediático que ello pueda conllevar, reconoce que esto es solo el punto de partida, no la solución, quiere reconstruir la confianza entre Catalunya y España y expone claramente que para él las condiciones y los límites del diálogo están en la Constitución. No exige a los independentistas que “cambien sus ideales”, pero les recuerda que el marco constitucional da juego suficiente para expresar todos los puntos de vista. Sánchez dice comprender los motivos de quienes rechazan la medida de gracia, pero cree que los indultos ofrecen “la posibilidad de comenzar de nuevo y hacerlo mejor esta vez”, siempre dentro de la ley.

Para el independentismo los indultos son solo –lo reiteró ayer el president Aragonès– una solución parcial e incompleta, e insiste en que la solución pasa por la amnistía y la autodeterminación. Es desde esa óptica que hay que analizar su ausencia ayer en el Liceu, porque entienden el discurso de Sánchez como un acto de propaganda. Pero incluso así es positivo que Aragonès admitiera que con los indultos se da un paso en la dirección del diálogo. Una posición sin duda mucho más constructiva que la que el PP ha adoptado estos últimos años, tanto con Mariano Rajoy en el Gobierno como ahora con Pablo Casado, que ayer insistió en que los indultos son “un desacato a la legalidad” y habló de “una supuesta sociedad civil entregada a un gobierno sin principios”. Una sociedad civil que sigue esperando saber cuál es la alternativa política del PP para solucionar el conflicto, más allá de judicializarlo.