*Tema mítico* : Empieza calentito el NUEVO NEGOCIOS de El Pais

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joder no tiene desperdicio

¿El apocalipsis del capitalismo?
Las teorías catastrofistas sobre la crisis financiera ganan adeptos

RAMÓN MUÑOZ / CLAUDI PÉREZ

· La próxima, en una década

Medidas urgentes para abordar tres crisis
EMILIO ONTIVEROS


Inflación y crisis: elegir el veneno
ÁNGEL UBIDE

LUIS NOZALEDA - Presidente y consejero delegado del grupo inmobiliario Nozar
"Quizá nos equivocamos al no prever la evolución del ciclo"

España se llena de dudas
La crisis financiera acentúa las debilidades de la economía

ALEJANDRO BOLAÑOS

Ladrillos rotos en ambas orillas del Atlántico
La crisis inmobiliaria golpea en España, Irlanda, EE UU y Reino Unido

MANUEL V. GÓMEZ

¿Cuál será la próxima burbuja?
Materias primas y países emergentes son los candidatos a la próxima crisis

Se acabó la comida barata
Los altos precios han llegado para quedarse y empujarán la inflación mundial

El remedio keynesiano
J. BRADFORD DeLONG
 
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Inflación y crisis: elegir el veneno

ÁNGEL UBIDE 27/04/2008


Hace un par de semanas, los dirigentes económicos mundiales llegaron a Washington para la reunión de primavera del Fondo Monetario Internacional (FMI) dispuestos a discutir la crisis crediticia y el sombrío panorama económico mundial. Cuando se fueron de la capital estadounidense, su preocupación había aumentado... por la inflación. Parece que, de repente, se miraron todos a los ojos y se dieron cuenta de que la inflación se les está escapando de las manos. Parafraseando la lengua de Shakespeare, es una situación de "elegir el veneno con el que quieres morir": los riesgos a la baja para el crecimiento, derivados de la crisis crediticia, son importantes, pero, a su vez, los riesgos al alza de la inflación se están haciendo cada vez más patentes.

Las protestas por falta de alimentos en los países en vías de desarrollo se multiplican, la confianza de los consumidores se colapsa -y no sólo en el Tercer Mundo; en Japón, la caída en picado de la confianza se ha debido al rápido aumento del precio de múltiples productos de primera necesidad, tras muchos años de precios estables- y el objetivo de inflación de los bancos centrales -en general, centrado en torno al 2%- deviene cada vez menos creíble.

Este aumento de la inflación alimentaria está poniendo en peligro la integridad vital de millones de personas en el Tercer Mundo, pero, además, está deteriorando el panorama económico de muchos países emergentes. Los mercados financieros se están empezando a dar cuenta de que estos países van a tener que aumentar su déficit fiscal para financiar los subsidios alimentarios necesarios para evitar la hambruna, y, por tanto, los spreads de la deuda de estos países están aumentando. Varios países han suspendido las exportaciones de alimentos y el concepto de autosuficiencia alimenticia está retornando. Sería triste que se echaran al traste muchos años de lucha contra la pobreza y el proteccionismo y que, además, la necesidad alimenticia generara una recesión económica.

La solución no es sencilla, ya que esta crisis es el resultado de una multiplicidad de factores. Las fuertes rebajas de tipos pueden ser una causa próxima del rápido aumento de los precios de las materias primas, de ahí la incompatibilidad de las dos crisis. El incremento del atractivo de las materias primas como instrumento de inversión y el aumento del consumo de proteínas en los países emergentes también contribuyen a este fenómeno. Pero una causa remota, muy importante, de esta espiral inflacionista es la obsesión con las energías alternativas. La decisión, hace un par de años, de aumentar radicalmente la producción de etanol a base de maíz ha generado un efecto dominó cuyo resultado se está viendo sólo ahora. Cientos de miles de hectáreas se están dedicando ahora al cultivo de maíz, reduciendo la extensión disponible para otras cosechas. Y, lo peor de todo, es que no es una solución eficiente: el año pasado se destinó el 25% de la cosecha americana de maíz para generar energía equivalente a tan sólo el 3% del consumo anual de gasolina.

La falta de oferta, tanto de materias primas energéticas como alimenticias, es sustancial. Los países productores de petróleo no confían en que los precios se mantengan altos -entre otras cosas, porque los organismos oficiales están constantemente alertando de los riesgos a la baja del crecimiento- y, por tanto, no aumentan la inversión en capacidad. Irónicamente, cuanto más dure la incertidumbre económica, más tardará en responder la oferta y, por tanto, más tardarán en corregirse los precios de las materias primas.

¿Qué hacer ante esta disyuntiva? Aumentar los salarios sería un error, ya que generaría una espiral inflacionista estilo años 1970. Es preferible un paquete de ayudas fiscales a los más necesitados, combinadas con una política monetaria firme que contenga las expectativas de inflación. La crisis financiera aumentará el coste del capital y los bancos centrales, por desgracia, no podrán compensarlo completamente. La historia decidirá si mereció la pena crecer menos a cambio de producir más etanol. -
 
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Medidas urgentes para abordar tres crisis

EMILIO ONTIVEROS 27/04/2008


La única que hasta hace poco merecía la caracterización formal de crisis era la que emergió el pasado verano en el sistema crediticio estadounidense y hoy sigue manteniendo estrangulados los correspondientes mercados mayoristas en casi todo el mundo. Ese mismo vocablo ha terminado haciendo valer su capacidad para describir las perturbaciones en la oferta y la escalada en los precios de algunas materias primas; petróleo y alimentos, de forma destacada. El encarecimiento de estos últimos no es precisamente ajeno al de la energía, conformando un cuadro con serias implicaciones, incluidas las humanitarias, también poco frecuentes en crisis anteriores.

Aun cuando esas dos crisis sean bastante independientes entre sí, su persistencia puede contribuir a la definitiva confirmación de la tercera: la asociada a una severa contracción en el ritmo de crecimiento de las principales economías del mundo. En Estados Unidos ya no se cuestiona tanto la existencia de recesión como su intensidad y duración. La combinación del racionamiento del crédito con precios de las materias primas en los niveles actuales debilita los fundamentos de las economías, por firmes que éstos sean, amparando el temor a esa perversa coexistencia de estancamiento con inflación creciente que hasta hace poco se consideraba una enfermedad de otra época.

La capacidad de que disponen actualmente las políticas económicas para, cuando menos, reducir las probabilidades de un escenario tal no son muchas, pero existen. A tenor de la extensión internacional de las dos crisis reconocidas, la eficacia de las decisiones que se adopten será tanto mayor cuanto más coordinada sea su ejecución. Es la crediticia la que, sin minimizar sus dificultades, admite un tratamiento más inmediato y coordinado. También es la que dispone de una mayor capacidad de contaminación (entre instrumentos financieros, instituciones y países), y de un impacto sobre las economías avanzadas más severo en el corto plazo. Las revisiones a la baja de la generalidad de las previsiones de crecimiento económico en este y el próximo año, desde luego las de España, están en gran medida determinadas por la severidad de la restricción crediticia.

Para cualquier economía, la urgencia en la restauración del funcionamiento de los mercados de crédito es tanto mayor cuanto más importante sea el peso específico en los balances de las entidades bancarias de los hoy estigmatizados activos hipotecarios y mayor la dependencia de ese ahorro del resto del mundo; en particular, de los flujos de capital que canalizan esos mercados mayoristas de crédito que siguen prácticamente bloqueados. Es el caso de la economía española, habituada desde hace años a satisfacer con ahorro del resto del mundo unas necesidades de financiación significativamente superiores al promedio de las economías de la OCDE, y hacerlo mayoritariamente mediante instrumentos representativos de deuda privada, mayoritariamente emitidos por las entidades bancarias españolas. Esas emisiones hay que renovarlas para que no se paralice el crédito y, con él, la inversión de las empresas y familias. Pero hacerlo ahora es ciertamente difícil para todo el mundo, y bastante independiente de la solvencia de los emisores: los mercados no funcionan correctamente, fallan. Y cuando esto ocurre, las autoridades han de actuar, desde luego para restaurarlos, pero en todo caso para evitar males mayores.

La decisión reciente del Banco de Inglaterra, por la que permite a sus bancos el canje de activos hipotecarios por bonos del tesoro (de máxima calidad crediticia), trata de ofrecer respiración asistida a un sistema bancario que comparte con el de EE UU y los del resto de Europa el temor a que problemas de liquidez acaben erosionando la solvencia de algunas entidades. Y lo hace respetando la preservación de los intereses públicos, sin asumir la resolución de problemas privados con el dinero de los contribuyentes. Pero consciente de que la inacción no puede traer consigo sino males mucho peores a los conocidos. La confianza de que los fallos de mercado que esta crisis está revelando los termine por arreglar el propio mercado es una ingenuidad que el Banco de Inglaterra superó definitivamente el mismo día que se vio obligado a nacionalizar el banco Northern Rock.

La Europa que comparte moneda y banco central no tiene tan fácil alcanzar una decisión como la propuesta por el banco central británico, pero su adopción no es menos necesaria. La persistencia de restricciones en los mercados de crédito y el endurecimiento relativo en las condiciones de financiación medias (elevados tipos de interés y un tipo de cambio apreciado) que soportan las familias y las empresas de la eurozona no facilitan precisamente la superación de las amenazas asociadas a las otras dos crisis. Que el Banco Central Europeo, diligente pionero en las inyecciones de liquidez, lo sea en la aplicación de paliativos adicionales como el ahora administrado por el Banco de Inglaterra, es crucial para que en las economías de la eurozona no se acabe conformando un escenario donde las tres crisis converjan. No hace falta argumentar que el sistema bancario español es de los más interesados en que prosperen terapias de ese tenor.
 
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Bancos menos rentables
Las consecuencias de la crisis financiera durarán años


CLAUDI PÉREZ 27/04/2008


El año 2010 es el plazo máximo que se suele dar para empezar a ver el final del túnel. Pero las turbulencias tendrán consecuencias mucho más duraderas en el esqueleto del sistema financiero global. "La crisis crediticia tendrá efectos en la estructura de los mercados y de los precios durante al menos una década", destaca JPMorgan, el banco elegido por las autoridades estadounidenses para el gran golpe de efecto contra la crisis: el salvamento de Bear Stearns. Para muchos, el punto de inflexión a partir del cual las cosas empiezan a cambiar.

El rescate de Bear Stearns supuso la constatación de que los gobiernos no van a dejar caer a los grandes bancos, aunque éstos, con sus excesos, hayan sido los principales causantes de la crisis. De ahí se deriva un problema de riesgo moral: en una economía tan liberal como la americana, los poderes públicos acaban socializando las pérdidas causadas por una política comercial obsesionada con incrementar los beneficios asumiendo riesgos enormes. El motivo: Bear Stearns es demasiado grande para caer (too big to fail es la frase acuñada en inglés para estas operaciones) porque puede arrastrar a todo el sistema si el sector público no actúa.

En 1984, Continental Illinois, uno de los principales bancos por aquel entonces, estuvo al borde del colapso (por un problema crediticio, cómo no). El Ejecutivo de EE UU se gastó 3.500 millones de dólares en su rescate. "Es demasiado grande para caer... Y es un banco maravilloso", justificó entonces el congresista Stewart McKinney. Algo parecido ocurre ahora en EE UU y en Europa, con Northern Rock o la banca alemana. Pero los bancos no se van a ir de rositas: JPMorgan asegura que la crisis provocará un profundo cambio en la regulación. En definitiva, "bancos más grandes, más seguros y muy probablemente con menores beneficios". -
 
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TRIBUNA: PRIMER PLANO J. BRADFORD DeLONG
El remedio keynesiano

J. BRADFORD DeLONG 27/04/2008


La economía mundial todavía no está condenada a sufrir una recesión importante en los próximos tres años, año arriba, año abajo; todavía podemos librarnos. Pero los Gobiernos tendrían que ir a lo seguro y empezar ya a dar más pasos para amortiguar, suavizar y acortar el periodo de paro elevado y crecimiento lento o negativo que ahora parece más que probable.

Es un hecho propio de la naturaleza -o, al menos, de la naturaleza humana- que las políticas prudentes y adecuadas de un momento dado parezcan excesivas en el futuro. Algún día, la economía mundial volverá a expandirse. Pero sería un acto de lo más imprudente asumir que el momento decisivo está teniendo lugar ahora mismo y que las cosas ya no pueden ir peor.

Puede que la mejor manera de considerar la situación sea recordar que hay tres motores que han impulsado la economía mundial durante los últimos 15 años. El primero era la inversión a gran escala, que se concentraba en EE UU y se debió a la revolución de la tecnología de la información. El segundo era la inversión inmobiliaria, que se vio impulsada por el auge de la vivienda. El tercero era la inversión manufacturera en el resto del mundo -en especial, en Asia-, después de que EE UU se convirtiera en el importador de último recurso de la economía mundial.

Durante 15 años, estos tres motores mantuvieron la economía mundial cerca del pleno empleo y con un crecimiento acelerado. Cuando el boom de la alta tecnología llegó a su fin en 2000, la Reserva Federal orquestó el relevo para el boom inmobiliario, al tiempo que la inversión en Asia para abastecer el mercado estadounidense acompañaba este cambio a un ritmo cada vez más rápido.

En la actualidad hay muchos detractores de la gestión monetaria de Alan Greenspan, que echaba gasolina a estos tres motores. Pero ¿la economía mundial estaría hoy en día mucho mejor con otra política monetaria que hubiera mantenido el desempleo en EE UU en un 7% de media y no en el 5%? ¿Estaría mucho mejor si sencillamente se hubieran esfumado los cerca de 300.000 millones de dólares al año de demanda estadounidense de productos fabricados en Europa, Asia y Latinoamérica?

El primer motor, sin embargo, se quedó sin gasolina hace siete años, y no hay un sector líder alternativo que pueda inspirar una exuberancia similar, ya sea racional o no. El segundo motor empezó a echar humo hace dos años y está a punto de pararse, lo que significa que el tercero -EE UU, como importador de último recurso- también está perdiendo fuelle: el débil dólar y la crisis financiera de la vivienda hacen que no sea rentable exportar a EE UU.

La economía mundial, tal y como la describió John Maynard Keynes hace 75 años, está teniendo problemas con el alternador. Lo que necesita es un impulso, es decir, más demanda agregada. En EE UU, el débil dólar va a potenciar las exportaciones netas y, con ellas, la demanda agregada. Pero, desde el punto de vista del mundo en su conjunto, las exportaciones netas son un juego sin ganadores ni perdedores. Así que tendremos que apoyarnos en otras fuentes de demanda agregada.

La primera fuente es el Gobierno. La prudencia fiscal es más importante que nunca. Pero en los próximos tres años, los Gobiernos deberían bajar los impuestos -sobre todo para los pobres, que son los que con más probabilidad van a gastar- y aumentar el gasto. La segunda fuente es la inversión privada. Los bancos centrales ya están reduciendo los tipos de interés de activos seguros y los reducirán más a medida que la proximidad y la magnitud de la posible crisis global se hagan patentes.

Pero unos tipos de interés bajos son perfectamente compatibles con el estancamiento o la depresión si las primas de riesgo siguen siendo altas, como pudo apreciar el mundo en los años treinta y como volvió a apreciar Japón en los noventa. La tarea que representa un desafío mayor para los Gobiernos es impulsar la capacidad del sector privado para asumir riesgos para que las empresas tengan acceso al capital en condiciones que las inciten a expandirse.

J. Bradford DeLong es catedrático de Economía en la Universidad de California en Berkeley y ex subsecretario del Tesoro de EE UU. © Project Syndicate, 2008.
 
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Se acabó la comida barata
Los altos precios han llegado para quedarse y empujarán la inflación mundial


CRISTINA DELGADO 27/04/2008


Los expertos de la Organización de las Naciones Unidas lo llaman "la tormenta perfecta". No hay una sola causa, y por tanto, no hay una solución sencilla. Los altos precios de los alimentos están ocasionados por una acumulación de factores que han llevado al arroz, el trigo o la soja a precios nunca vistos. Factores sociales, demográficos, políticos e incluso especulativos influyen en lo que ya se define como una crisis mundial de alimentos. Y no se trata de nubarrones pasajeros. La tormenta ha llegado para quedarse.

"Nosotros calculamos que el punto álgido pasará, pero los precios no van a volver a estar en el nivel de antes. Se mantendrán en una meseta bastante alta al menos 10 años", explica José María Sumpsi, subdirector general de la FAO, agencia de alimentación de la ONU. Todos le apoyan: productores, organismos mundiales y ONG están de acuerdo en que las condiciones que han llevado al arroz a valer un 68% más en sólo cuatro meses no son pasajeras. Y estas subidas se verán reflejadas en las facturas del mundo entero.

La inflación, acostumbrada en los últimos años a ser impulsada por el precio del petróleo, ve ahora cómo los productos agrícolas también tiran de ella. El Fondo Monetario Internacional ya ha puesto las cartas sobre la mesa: augura subidas de precios en prácticamente todos los países. La media de la inflación de las 30 economías más avanzadas del planeta era en 2007 del 2,1%. Este año subirá hasta el 3%. En algunos países el alza será mucho más acusada: España sufrirá una subida de precios, según el FMI, de 1,2 puntos (hasta el 4%), Bélgica de 1,3 y Hong Kong de 1,6. Si vamos a las economías menos potentes, países como Bolivia verán crecer su inflación hasta el 15%, tras un avance este año cercano a los 6,3 puntos.

"La evolución [de los precios] en los últimos tiempos es verdaderamente impactante, casi igual a la gran conmoción de precios que se vivió en los setenta", afirma Stephen King, economista y analista de HSBC. "La inflación del precio de los alimentos continuará elevándose al menos los próximos tres o cinco años, y esto si se empieza a suplir la demanda", añaden los expertos de Credit Suisse. En España, Estados Unidos o Alemania, que el precio internacional del arroz suba un 70% se traducirá en inflación. En los países pobres, según previsiones de la ONU, significará el hambre para 100 millones de personas.

Entre los principales culpables de las alzas, algunos habituales de los últimos años: el aumento de población, las nuevas costumbres de países como China o India donde sube el consumo de carne o los biocombustibles. "La producción agrícola debería incrementarse un 3,3% al año para cubrir la demanda global anual", sentencian los analistas de Credit Suisse. "Sin embargo, en los últimos 20 años sólo ha crecido la productividad un 1,3%", matizan.

A los factores ya considerados como tradicionales, se unen sin embargo nuevos problemas. "Los mercados de materias primas antes despertaban un interés muy limitado. Ahora hay hasta un 80% de participación de fondos de inversión en bolsas como la del trigo", explica Javier Alejandre, técnico de la asociación agraria UPA. Los otros grandes del sector, Asaja y Coag, coinciden en señalar que los mercados están hinchándose por la llegada de inversores de Wall Street escaldados con las hipotecas basura. "Se está creando una burbuja de especulación financiera en torno a los alimentos", asegura Miguel López, secretario general de Coag.

La mayor parte de los acontecimientos que han llevado a la debacle de precios tienen una difícil solución. El aumento de población, la mayor renta en Asia o los desastres climatológicos no pueden controlarse. "Sin embargo, los biocombustibles son algo que está en manos de las autoridades", matiza Carlos Tió, catedrático de economía agraria en la Escuela de Ingenieros de la Universidad Politécnica de Madrid. Asegura que el objetivo que la Unión Europea se ha empeñado en cumplir (que en 2020 el 10% del combustible usado sea biocarburante), además de implicar el uso de parte de las cosechas crea "unas expectativas de compra de cereal que hacen que las bolsas internacionales continúen subiendo. La Unión Europea crea la idea de que es una buena inversión".

No es la única causa que según organizaciones humanitarias y agrarias se puede atajar. Ambos grupos piden que se creen mecanismos regulatorios que permitan controlar un mínimo el mercado. "Estamos viendo las consecuencias de las decisiones de rondas como la de la Organización Mundial de Comercio, que han apretado para que los países eliminen formas de regulación doméstica de precios", razona José Antonio Hernández de Toro, portavoz de Intermón Oxfam para el sector agrícola. Mantiene que la lucha por el libre comercio ha llevado a muchos países a quedarse sin herramientas con las que controlar la subida, como reservas u organismos internos. Los agricultores piden incluso el regreso de los stocks. "Hemos pasado de las montañas de mantequilla a no tener ninguna reserva, que ahora podría sacarse al mercado para calmar los precios", argumenta Jesús Ribera, técnico de Asaja. Carlos Tió no está de acuerdo. "Se ha demostrado que mantener stocks es ruinoso. Sería un despilfarro mantener reservas para momentos como éste". Intermón Oxfam tampoco piensa que guardar trigo sea la mejor solución. "Sería mejor que las ayudas internacionales y las reservas fueran financieras, no en especies, para que, llegado el momento, se pudiera comprar en mercados cercanos y enfriar los precios", explica Hernández. -
Consecuencias

- El arroz, alimento básico para medio mundo, vale cerca del 70% más en el mercado de Chicago desde que comenzó el año.

- La inflación aumenta. Los países con economías avanzadas verán crecer de media sus precios más del 1%, según el FMI estirados por el efecto exclusivo del petróleo y los alimentos.

- Los altos precios se mantendrán, al menos entre cinco y diez años, porque las causas de las alzas no son coyunturales.

- Los precios desestabilizarán la economía de al menos 30 países, según la ONU, que pueden vivir disturbios como los de Haití por la falta de alimentos básicos como el pan.
Causas

- La población mundial crece de media en 75 millones de personas al año.

- El precio del petróleo se ha disparado y afecta al cultivo y transporte de alimentos.

- Países como China o India (casi el 40% de la población mundial) han variado su dieta por el aumento de su renta. Producir más carne implica mucho grano y agua.

- Los biocombustibles son responsables de entre el 5% y el 10% de las subidas, según la FAO.

- Las bolsas de materias primas, con atractivas alzas, se hinchan con la llegada de inversión proveniente de Wall Street.
 
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¿Cuál será la próxima burbuja?
Materias primas y países emergentes son los candidatos a la próxima crisis


MIGUEL JIMÉNEZ 27/04/2008


El estallido de una burbuja siembra la semilla para la formación de la siguiente. Y algunos creen que tras la burbuja crediticia e inmobiliaria es el turno de las materias primas o de los países emergentes. Ante una crisis, los bancos centrales responden con bajadas de los tipos de interés. Ese dinero barato y abundante alimenta la siguiente burbuja, que suele estallar cuando los tipos emprenden el camino al alza, en un modelo simple que se repite al menos desde el crash bursátil de 1987, según explicaban los analistas de Salomon.

Las bajadas de tipos que siguieron al desplome bursátil de aquel año alimentaron una burbuja inmobiliaria, especialmente en Japón, que se rompió a comienzos de los noventa cuando la política monetaria se endureció por el alza de la inflación. El estallido de esa burbuja y la recesión de comienzos de los noventa dio paso a bajadas de tipos que alimentaron a los bonos estatales. Esa burbuja estalló en 1994 cuando los tipos empezaron a subir ante la recuperación económica y dejó la amarga lección para muchos inversores (especialmente en fondos de inversión) de que con la renta fija también es posible perder.

La siguiente fue la de los mercados emergentes, inflada en parte por las bajadas de tipos con que se quiso combatir el frenazo en la recuperación económica que se produjo a mediados de los noventa. La burbuja de los mercados emergentes estalló con la crisis financiera internacional del verano y otoño de 1998 tras las subidas de tipos con las que Greenspan quiso combatir la "exuberancia irracional" de los mercados.

La crisis alcanzó tal magnitud que la Reserva Federal se aprestó a combatirla con agresivas bajadas de tipos que pusieran freno a la contracción del crédito. Eso y la inyección de liquidez para prevenir el efecto 2000 contribuyeron a inflar la siguiente burbuja, la tecnológica, que estalló tras las subidas de tipos de 1999 y 2000.

De nuevo, las bajadas de tipos para combatir tanto ese estallido como el frenazo económico tras los atentados del 11 de septiembre alimentaron un doble boom: de un lado, el inmobiliario; de otro, el crediticio, multiplicado por los nuevos productos estructurados y la actuación de los hedge funds y el private equity. Las subidas de tipos en EE UU y Europa ayudaron a detonar esa doble burbuja.

¿Cuál será la próxima? Cada burbuja es diferente de la anterior. "Más allá de un rebote inicial, el recuerdo de los inversores es demasiado doloroso como para permitir que se hinche de nuevo la última burbuja", explicaban los analistas de Salomon en 2002. JPMorgan comulga con esa teoría y cree poco probable ahora una burbuja bursátil: "El crash del Nasdaq pervive en la memoria de la mayoría de los inversores", dice Jan Loeys, de JPMorgan, que cree que los más claros candidatos son las materias primas y los mercados emergentes.

La mayoría de las burbujas se forma desde ideas sensatas. En el arranque de los noventa la caída estructural de la inflación ayudó a la burbuja de los bonos. También la burbuja tecnológica se asentaba en la idea bastante aceptada de que la adopción de nuevas tecnologías estaba llamada a incrementar la productividad y las tasas de crecimiento. Es la excesiva liquidez canalizada en función de argumentos acertados la que lleva los precios más allá de valoraciones justificables, explicaba Salomon.

En la actualidad hay fuertes argumentos tanto en favor del boom de los mercados emergentes (en países como China, India o Brasil, por ejemplo) como de las materias primas. Loeys, de JPMorgan, cree que no hay síntomas de una posible crisis inminente en los mercados emergentes y que cualquier burbuja está a años de distancia.

En cuanto a las materias primas, hay dudas más serias. El petróleo ha multiplicado por 7 su precio en euros y por 10 en dólares en menos de 10 años, pero pocos se atreven a decir que haya tocado techo o, menos aún, que esté muy sobrevalorado. Con otras materias también hay razones estructurales que explican los ascensos, pero la pendiente de las curvas de precios da vértigo en algunos casos.

Los analistas, en todo caso, son mejores explicando las burbujas que han estallado que advirtiendo sobre las que se están formando. Es cuestión de esperar. Las burbujas tienden a inflarse demasiado y autodestruirse. -
Consecuencias

- Las fuertes inversiones en los mercados de materias primas están elevando su precio en los mercados internacionales.

- Las perspectivas de rentabilidad hacen que crezca la especulación.

- Los elevados precios en materias primas como el trigo o el arroz pueden provocar disturbios y hambruna.
Causas

- Las materias primas actúan como refugio cuando otros mercados sufren inestabilidad. Con la crisis de las hipotecas basura muchos fondos de inversión se han trasladado a este mercado.

- La debilidad del dólar anima las inversiones.

- India o China, cuyo nivel de vida va en aumento, han elevado su demanda.

- Cuando la demanda se dispara, tanto los metales como los productos básicos tienen una oferta muy poco elástica. Aumentar su producción requiere mucho tiempo e inversión.
 
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Ladrillos rotos en ambas orillas del Atlántico
La crisis inmobiliaria golpea en España, Irlanda, EE UU y Reino Unido


MANUEL V. GÓMEZ 27/04/2008


Las ventas de casas nuevas llegan a su nivel más bajo desde la década de 1990. Las hipotecas caen un 17% en marzo. Un 73% menos de viviendas registradas el mes pasado. La crisis inmobiliaria copa titulares, pero al contrario de lo que parece a primera vista, no se refieren a España. Hablan de Estados Unidos, Reino Unido e Irlanda este abril.

La crisis inmobiliaria, tan anunciada en España y que recibió la semana pasada su certificado de autenticidad al confirmarse la caída real de los precios, afecta a más países. De hecho, España es uno de los últimos en acceder a este club.

En Irlanda, tras la caída de precios del pasado trimestre, ya van cinco consecutivos de descensos. Y en Estados Unidos, los permisos de edificación se han desplomado desde comienzos de 2006. Los datos negativos sobre el sector inmobiliario se acumulan a los dos lados del Atlántico. Tanto es así que en un informe reciente, la casa de análisis Oxford Economics se preguntaba si ésta era la primera crisis inmobiliaria global.

Javier García-Mateo, director de análisis de la consultora inmobiliaria Aguirre Newman, duda de esta tesis. "Una de las características del mercado inmobiliario es que no es cien por cien global. No se atraviesa en todo el mundo el mismo ciclo". Sin embargo, García-Mateo reconoce que la crisis financiera puede tener un impacto en zonas dependientes del exterior, por ejemplo en Europa del Este.

Los precios de la vivienda crecieron durante años gracias a unos tipos de interés históricamente bajos, tanto en Estados Unidos como en Europa. El Euríbor, el índice al que se referencian la mayor parte de hipotecas en España, llegó al 2,014% en junio de 2003. En aquellos meses, los tipos de interés oficiales de la zona euro estuvieron en el 2% y los del dólar bajaron al 1%.

El dinero barato favoreció el endeudamiento para comprar una casa, y con él, la demanda. Los precios se dispararon. Entre 1997 y 2006 el coste de la vivienda en Irlanda se multiplicó por cuatro; en España y Reino Unido se triplicó y en EE UU se duplicaron. Este crecimiento ha llevado al Fondo Monetario Internacional a hablar de sobrevaloración de la vivienda en todo el mundo. A la cabeza estaría Irlanda (más del 30%), tras ella Holanda y Reino Unido. España (20%) aparece en el noveno lugar. En la lista aparecen Australia, Japón, Canadá y Estados Unidos.

"La disponibilidad de dinero barato fue la causa principal del aumento global de los precios", afirma Oxford. Para García-Mateo, esto generó un exceso de confianza en el lado de la oferta, "que sobreestimó la demanda".

En España llegaron a construirse más de 800.000 viviendas en 2006. Con esta actividad, la contribución del sector inmobiliario al empleo y al crecimiento fue importante. Irlanda y España han encabezado las tasas de crecimiento en la zona euro en los últimos años.

El encarecimiento del dinero con la subida de los tipos de interés -la Reserva Federal aumentó los tipos de interés en casi cinco puntos en dos años- invirtió la situación y lo que había contribuido a hinchar la burbuja propició el pinchazo.

También ha contribuido el endeudamiento de las familias. En España, según el Banco de España, el 45% de la renta familiar se destina al pago de las hipotecas. "Una consecuencia de la burbuja ha sido el deterioro de la posición financiera de los hogares", explican en Oxford.

El estallido de la crisis financiera en verano trajo la restricción del crédito. La crisis se ha agudizado. En España, se ha pasado del "suave aterrizaje de precios", como lo ha calificado el Gobierno, a la caída.

Ahora, la contribución al crecimiento se convierte en un freno, y la fuente de empleo comienza a drenarlo. Las miradas se fijan en el futuro. ¿Cuánto durará la crisis inmobiliaria? ¿Qué impacto tendrá? Para España, los conocedores del sector hablan de dos o tres años, y corrección de precios en torno al 20%. Sobre Estados Unidos, Goldman Sachs ha previsto un ajuste más brusco: 18 meses y un descenso del 30% al 35%. -
Otros pinchazos

Si ésta es o no la primera crisis inmobiliaria global, como se ha preguntado Oxford Economics, lo dirá el tiempo. De todas formas, el Fondo Monetario Internacional ha hablado de sobrevaloración de la vivienda en todo el mundo desarrollado. Sólo Canadá y Austria escapan a esta situación a ojos del organismo internacional.

En todo caso, en los últimos 35 años no hay una crisis en el sector con las dimensiones geográficas que tiene la actual, según el banco de inversión Goldman Sachs.

A comienzos de los ochenta, al calor de la segunda crisis del petróleo, muchos países de Europa occidental sufrieron desplomes en el precio de la vivienda. Sin embargo, entre los afectados no estaba EE UU, que vive ahora el peor momento del sector tras la II Guerra Mundial, lo que resta dimensión global a coyunturas anteriores.

Entre los afectados de aquel estallido estaba Holanda, que entre el segundo trimestre de 1978 y el tercero de 1985 vio cómo sus inmuebles perdían una media del 50% de su valor, según la entidad estadounidense.

Pero en ningún caso en las últimas cuatro décadas se ha superado la duración de la crisis japonesa, que comenzó a comienzos de los noventa y todavía se prolongaba a finales del año pasado. En más de 16 años, los precios de las viviendas niponas han caído el 44%. -
Consecuencias

- Caída de precios. Tras tocar techo, los precios caen. La demanda se retrae a la espera de menores precios.

- Bajada de la inversión inmobiliaria. La caída de precios trae consigo la caída de la rentabilidad en el sector. La inversión decae.

- Subida del desempleo. La bajada de la actividad en un sector con gran demanda de mano de obra supone el aumento del desempleo.

- Frenazo económico. El crecimiento se resiente ante la parada de la construcción.
Causas

- Aumento del precio del dinero. Tras tocar suelo en 2003, los bancos centrales suben los tipos de interés.

- Altos precios de la vivienda. En casi una década los precios se disparan en casi todo el mundo desarrollado.

- Exceso de oferta. La construcción de viviendas supera a la demanda.

- Crecimiento de la deuda familiar. La época del dinero barato lleva el endeudamiento a cotas desconocidas.
 
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Y ahora se apunta a nuestro carro. Nosotros previmos ésto sin tener cátedra... porque no era cuestión de preparación académica, sino de decencia.
 

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España se llena de dudas
La crisis financiera acentúa las debilidades de la economía


ALEJANDRO BOLAÑOS 27/04/2008


Hace un año por estas fechas, la economía española crecía al 4% y la marcha de la UE respaldaba los buenos propósitos del Gobierno: la construcción, que alimentó el auge de la última década y rondaba ya el 13% del PIB, frenaría con suavidad, mientras la industria y las exportaciones tomaban el relevo apoyadas por la demanda europea. En definitiva, la velocidad de crucero de la economía española apenas se resentiría y el crecimiento sería menos dependiente del ladrillo. Un escenario que ahora suena idílico.

Desde que estalló la crisis hipotecaria en Estados Unidos el pasado verano, las revisiones a la baja de las previsiones de crecimiento se suceden. Y han sido especialmente severas con la economía española. La inercia de 14 años de expansión permitió aún acabar 2007 con una tasa de crecimiento muy notable (3,8%). Pero el Fondo Monetario Internacional (FMI) cree que España experimentará este año el frenazo más intenso entre los países avanzados (el crecimiento del PIB se quedaría en el 1,8%). El Ejecutivo español se ha resistido a dar carta de naturaleza a la que sería la desaceleración más brusca desde la última recesión, pero finalmente el pasado viernes cambió su previsión de crecimiento y la dejó en un 2,3% para 2008 y 2009. Y ya no se trata sólo de estimaciones: la tasa de paro del primer trimestre alcanzó el 9,6%, más de un punto porcentual que al cierre del año pasado, en lo que es el mayor repunte del desempleo desde 1994.

¿Qué ha pasado para llegar hasta aquí? Desde luego, el aterrizaje del mercado inmobiliario no está siendo tan suave como se anticipó hace 12 meses. Muchos expertos del sector ya habían advertido de que las burbujas inmobiliarias (en España, los precios llegaron a aumentar un 20% anual y se construyeron unas 800.000 viviendas en 2006) no se desinflan poco a poco. Pero la crisis inmobiliaria, que ya se ha desatado con toda su virulencia -todo apunta a un recorte drástico de la inversión y el empleo en el sector durante los próximos dos años-, recibió un empujón inesperado de la crisis hipotecaria de EE UU.

Porque el principal efecto del desplome de los activos de deuda respaldados por las hipotecas basura ha sido una restricción financiera global. Y ésa es la peor noticia para una economía que tanto en el sector empresarial (particularmente, las inmobiliarias) como en los hogares (por la concesión de créditos hipotecarios) había alcanzado niveles de endeudamiento históricos, con una fuerte dependencia del préstamo internacional.

El otro aspecto de la crisis internacional, el fuerte repunte de los precios energéticos y de los alimentos, refuerza este mecanismo. No es sólo que la inflación haya vuelto a subir en España más (4,5%) que en otros países de su entorno. Es que, además, el Banco Central Europeo se basa en ese elevado nivel de precios en toda la zona euro para no bajar los tipos de interés. Una decisión que aprecia las hipotecas (el Euríbor se mantiene por encima del 5%), encarece los créditos y, en definitiva, deprime un consumo ya debilitado.

Pese a todo, el crecimiento de la economía española seguiría, aun con las previsiones del FMI, por encima de la media de los países avanzados. Pero el notable desfase entre la situación que se vivía hace unos meses y la que se pinta ahora multiplica la incertidumbre. El Gobierno ha reaccionado con un paquete de medidas para reactivar el consumo y paliar los problemas de las familias más endeudadas valorado en 10.000 millones de euros, y con la desgravación de 400 euros en el IRPF como medida estrella. Pero el propio vicepresidente económico, Pedro Solbes, ha admitido que es posible que sean necesarias nuevas medidas, ya con el superávit público muy deteriorado.

Las dudas también se han instalado entre los expertos; algunos, como el servicio de estudios del BBVA, señalan la posibilidad de llegar a un déficit público del 1,5% del PIB sin grandes inconvenientes. Otros, en línea con el FMI, creen que nuevos descuentos fiscales serían perjudiciales. Y, aunque la mayoría apuesta porque no se llegará a la gravedad de la recesión de 1993, cada nuevo pronóstico sobre el futuro próximo empeora el anterior. -
Causas

- Desplome del sector inmobiliario. Tras años de expansión, la locomotora del ladrillo se para. Se empieza a destruir empleo y a recortar la inversión en el sector.

- Restricción financiera global. La crisis internacional seca los mercados de crédito en la etapa de mayor endeudamiento de la economía española.

- Alta inflación. Los precios suben y dificultan la bajada de tipos de interés.
Consecuencias

- Inversión y consumo, a la baja. El Gobierno prevé que la demanda interna aporte la mitad que el año pasado al crecimiento.

- Menos crecimiento. El PIB subió un 3,8% en 2007; el Gobierno prevé ahora que este año sólo aumentará el 2,3%, el frenazo más notable desde la recesión de 1993.

- Más paro. La caída de actividad ya se traslada al mercado laboral: la tasa de paro llega al 9,6%..
 
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La quimera del pleno empleo
La subida del paro aleja el objetivo de conseguir un trabajo para todos. El bache actual trae a la memoria la caída en la ocupación durante la recesión de 1993


LUCÍA ABELLÁN 27/04/2008


Los pisos pierden valor. Las ventas disminuyen. La construcción destruye empleo. Y el resto de la economía se contagia. Este esquema, aplicable a la actual coyuntura económica, sintetiza también los albores de la crisis más profunda que ha vivido el país en democracia: la de 1993. La incertidumbre que reina en todos los mercados, entre ellos el laboral, invita a retroceder hacia aquel momento, aún en la memoria de la mayor parte de los ocupados. Aunque los cimientos son ahora más sólidos, el fantasma del paro amenaza con instalarse de nuevo en la economía.

"Un país como éste, que ha conocido tasas de paro superiores al 20%, ha quedado traumatizado. Pero hay que guardar distancia", recomienda Josep Oliver, catedrático de Economía Aplicada de la Universidad Autónoma de Barcelona. Con la subida del paro y la destrucción de empleo que arroja la encuesta de población activa del primer trimestre del año, conocida el pasado viernes, la memoria tiende a buscar referentes en los noventa, pero las cifras permiten marcar diferencias.

La economía española daba empleo a 12,2 millones de personas en 1993, con una tasa de paro cercana al 24%. Ahora hay 20,4 millones de ocupados y el paro, aunque ha crecido más de un punto en tres meses, afecta al 9,6% de la población activa. "En aquel momento trabajaba una de cada dos personas en edad de hacerlo; ahora son dos de cada tres", explica Antonio González, hasta el pasado viernes secretario general de Empleo. Este alto cargo trata de ahuyentar el miedo a que las prestaciones por desempleo, que crecerán más a medida que suba el paro, pongan en peligro los recursos públicos. "El gasto en paro es ahora la mitad de lo que era entonces", apunta González.

Más inquietante que el aumento del paro o el gasto que genera a las arcas públicas es la destrucción de puestos de trabajo. El desempleo puede aumentar por dos causas: porque exista más gente dispuesta a buscar un puesto de trabajo o porque quienes ya tienen uno lo pierdan. Hasta ahora, en el repunte del paro ha predominado la primera razón. Pero empieza a despuntar con fuerza la segunda. En el primer trimestre del año han trabajado 74.600 personas menos que a finales de 2007.

"Si el producto interior bruto (PIB) crece más del 1,5%, no creo que se destruya empleo [en términos interanuales]", calcula José Antonio Herce, socio director de economía de Analistas Financieros Internacionales. De momento, casi todas las previsiones de crecimiento para 2008 superan esa barrera, salvo la de la revista The Economist, que augura un 1%. Herce no cree que el escenario, atribuido en su opinión a la crisis del ladrillo, se acerque "ni de lejos al de 1992-1993". Con una condición: "En la medida en que se evite el contagio [a otros sectores], la situación de la economía no será tan grave como la de entonces".

Parte de ese contagio es, en cierta medida, inevitable. El declive de la construcción ha coincidido con una crisis financiera internacional que está restringiendo el acceso al crédito. Eso afecta a las empresas de todos los sectores, especialmente a las pequeñas, que conforman un 90% del tejido productivo. "Para lo bueno y para lo malo, tenemos una situación más abierta al exterior. El euro ha dado estabilidad, pero también estamos más expuestos a la crisis", añade Juan Menéndez-Valdés, técnico del departamento de relaciones laborales de la CEOE.

El factor más novedoso de esta nueva coyuntura de paro es el colectivo al que afecta. Mientras que hace 10 años la presencia de inmigrantes en el mercado laboral era insignificante, ahora representan el 14,4% de los ocupados. La asociación de grandes empresas de trabajo temporal, Agett, alerta de que, al centrarse el foco de la crisis en la construcción, sus efectos tocan de lleno a los inmigrantes, pues "gran parte de su mano de obra está cubierta por extranjeros".

La cautela prima entre los analistas ante un fenómeno del que no existen precedentes. Como cualquier otro trabajador que haya cotizado lo suficiente, los extranjeros tienen derecho a cobrar el paro. Pero, agotada esta vía, disponen de menos redes familiares que alivien la carencia de recursos. Más bien al contrario: sus familias, en España o en el exterior, dependen de sus ingresos. Lola Liceras, responsable de empleo de Comisiones Obreras, propone analizar si las prestaciones actuales cubren a ese colectivo y ampliarlas en caso de que no sea así. "Ahora, los nuevos parados tienen un perfil diferente a los que había cuando se creó el subsidio", alega.

La CEOE recela de la medida recientemente anunciada por el Gobierno de abonar toda la prestación por desempleo si el extranjero regresa a su país. "No sé si es la mejor opción. Esas cosas hay que verlas con calma", asegura Menéndez Valdés. Más contundente es Josep Oliver, que insta a no perder un capital humano de gran valor para la economía: "Si tienen arraigo social, nos convendría que no se marcharan, porque cuando nos recuperemos, los vamos a necesitar de nuevo". Jesús Pérez, responsable de empleo de UGT, aboga por aumentar el colchón social de los inmigrantes para evitar exclusiones y conflictos.

Además de contar con casi tres millones de inmigrantes, el mercado laboral ha incorporado desde 1993 a cuatro millones de mujeres. Eso implica en gran medida que hogares en los que antes sólo entraba un sueldo ahora se abastecen de dos, lo que los hace menos vulnerables al paro. En 1993 llegó a haber en España un millón de familias con todos los miembros en edad de trabajar en el desempleo.

Aquella situación creó un clima de conflictividad social ahora impensable, aunque todo dependerá de la magnitud de la crisis. Cuando en 1993 se perdieron un millón de empleos, los sindicatos hablaron de riesgo de "explosión social". En cierta medida ocurrió. Para paliar el desempleo, el Gobierno socialista de entonces aprobó una reforma laboral que flexibilizaba la entrada en el mercado para los jóvenes y ampliaba los supuestos de despido. Los sindicatos respondieron con una huelga general en enero de 1994 que no logró frenar las medidas.

El escenario es ahora radicalmente distinto. Gobierno, patronal y sindicatos se preparan para una nueva ronda de diálogo social que siente las bases de un empleo más sólido. Las tres partes coinciden en el diagnóstico, aunque discreparán respecto a las soluciones. Trabajo parte de un principio que pretende desterrar los intentos de deteriorar más el mercado. "La reducción del coste del despido no tiene que ver con la recuperación de la economía. El presidente del Gobierno dijo que no se recortarían derechos en la legislatura. Y Trabajo sigue apostando por la calidad del empleo", sostiene Antonio González.

Los sindicatos no quieren ni oír hablar de estas medidas. Tampoco la CEOE las plantea, al menos abiertamente. Trabajadores y empresarios coinciden en que es imprescindible abordar una reforma pendiente: la de los servicios públicos de empleo. El objetivo es que sean eficaces tanto en encontrar trabajo a los desempleados como en diseñar buenas políticas que inserten a los parados en el mercado.

El principal reto, sin embargo, reside en el tan reiterado cambio de modelo productivo. "Hay una excesiva dependencia de la construcción y del consumo familiar", subraya Jesús Pérez, de UGT. "Necesitamos apoyar a esos sectores que deben tomar el relevo", añade Liceras, de CC OO. Mientras el ladrillo daba frutos no se ha planteado con urgencia, pero ahora resulta acuciante. En una primera fase, se trataría de encontrar recambio para los expulsados de la construcción. La hostelería y, sobre todo, los cuidados personales que impulsa la ley de dependencia constituyen una buena opción. Casi todos los consultados recomiendan también acelerar las infraestructuras e invertir más en innovación. José Antonio Herce se atreve con el coste del despido: "Hay que flexibilizarlo para que los trabajadores entren y salgan con más facilidad del mercado laboral".

Más allá de los datos, el nivel de confianza determinará la manera de afrontar la crisis. Oliver sostiene que una buena parte del empeoramiento del mercado de trabajo en el primer trimestre obedece a la incertidumbre electoral, ya saldada: "Lo ocurrido era, en cierta forma, una profecía autocumplida". -
Asalariados convertidos en jefes

Los asalariados están sufriendo con más virulencia el embate de la crisis. El año ha arrancado con el primer descenso de los trabajadores en nómina conocido desde 1994. Los autónomos resisten mejor, a juzgar por los datos de la Seguridad Social. La afiliación en este régimen ha crecido por encima del 3% durante 2007 y en los tres primeros meses del año no ha perdido vigor. "También se están cerrando muchas empresas de autónomos, pero el crecimiento sigue siendo más sostenido", explica Lorenzo Amor, responsable de ATA, una de las mayores organizaciones de autónomos.

En la crisis de principios de los noventa, el autoempleo se convirtió en refugio de una parte de los asalariados. "Ahora se está viendo también ese trasvase, de momento en la construcción", apunta Amor. Los afectados optan en gran medida por seguir en el mismo sector, aunque algunos se pasan al transporte.

ATA reclama medidas que favorezcan el autoempleo: deducciones fiscales para la primera contratación, facilitar la financiación de nuevos proyectos y "dar una vuelta al régimen de contratación para hacerlo más flexible". Es decir, abaratar el despido. -
 
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Sobre los agoreros que nos aseguran que la crisis se acabará en la segunda mitad del 2009:

http://www.elpais.com/articulo/semana/apocalipsis/capitalismo/elpepueconeg/20080427elpneglse_3/Tes

Jan Loeys, de JPMorgan, cree que hablar de la peor crisis desde la Gran Depresión "es una exageración que refleja el calor del momento", pero admite que sus efectos perdurarán en los mercados "al menos una década".
Sobre España, Connolly tiene peores augurios que las brujas de Macbeth: "España se dispone a afrontar la más calamitosa de todas las circunstancias: un ciclo de recesión, deflación y caída general de todo el sector privado".
 
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Menudo pieza el Ontiveros!! Sale en CNN+ de comentarista económico. Lleva años sin alarmarse de la situación, pavoneándose de lo bien que está la economía española... bien alimentado desde su cátedra por PRISA y los suyos.

Y ahora se apunta a nuestro carro. Nosotros previmos ésto sin tener cátedra... porque no era cuestión de preparación académica, sino de decencia.
Tú lo has dicho "comentarista económico". Es el Andrés Montes o el José Ángel de la Casa de la economía. Así que ve el partido y lo comenta pero no tiene ni idea de quien ganará la liga o si Ronaldinho fichará finalmente por el Recre la próxima temporada.
 
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