El Confidencial: El declive de la 'doctrina progre' en su meca: Estados Unidos

_Mickey_Mouse_

Himbersor
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Esta ideología se viste con piel de cordero: las imágenes de manifestaciones multirraciales elevando pancartas y reivindicando la más elemental justicia

Algún día se contará bien la historia del verano de 2020 en Estados Unidos, cuando el asesinato de George Floyd desató la mayor ola de protestas y violencia callejera en 50 años, y todo tipo de instituciones cayeron presa de viscerales cazas de brujas. Lo natural en aquel verano de la rabia era fijarse en el fin declarado de aquellas protestas: reformar y sensibilizar los departamentos de policía, acabar con su impunidad, y, sobre todo, abordar las raíces de la patente desigualdad racial. Una misión respaldada por la gran mayoría de los norteamericanos.

A lo que no se prestó tanta atención fue a los métodos con los que, muchas veces, se perseguía este fin: el escrache, la cancelación, la adherencia obligatoria a una serie de preceptos rígidos y la adoración colectivista de las cuotas. Una especie de fervor identitario que tuvo su momento de auge entre 2020 y 2022, que dio munición a la derecha populista, y que ahora mismo parece estar perdiendo la guerra cultural.

La mayor ventaja de esta ideología, que podemos llamar doctrina progre o wokismo, es la piel de cordero con la que se viste: las imágenes de manifestaciones multirraciales elevando pancartas y reivindicando la más elemental justicia. El instinto de muchas personas es ponerse automáticamente del lado de este movimiento, porque se supone que la historia funciona así: lo que hoy nos parece demasiado moderno o exagerado, quizás sea la norma dentro de 20 años. Así que lo más seguro, por si acaso, es arrimarse a lo que es joven, nuevo y ruidoso.

Y eso fue lo que hicieron las grandes instituciones de Estados Unidos, desde megacorporaciones como Starbucks, Netflix o American Airlines, a fundaciones, editoriales, periódicos y escuelas primarias. Muchas personas tibias y normales de los años 60 arrugaban el ceño cuando veían, en sus pantallas en blanco y neցro, las marchas por los derechos civiles en Alabama. Muchas personas tibias y normales de 2020 no iban a cometer el mismo error. Se subirían desde el principio al tren de los ganadores, al "lado correcto de la historia", abriéndoles las puertas a quienes decían tener la solución para acabar finalmente con el racismo en Estados Unidos.

De hecho, muchos de estos poseedores de la fórmula definitiva contra la discriminación ya estaban dentro de las instituciones. Se habían licenciado, por lo general, en campus de élite, y llevaban unos años incorporándose a la vida profesional, sobre todo en los sectores creativos. Estadísticamente, eran muy pocos: entre un 8% y un 10% del electorado: el segmento político, paradójicamente, más pudiente de EEUU, y el más blanco, solo por detrás de la extrema derecha. Eran pocos, pero tenían un megáfono enorme.

La frustración acumulada durante el primer encierro de la esa época en el 2020 de la que yo le hablo y la crispación inherente a ese año electoral dieron probablemente aún más impulso a la rabia generada por el brutal asesinato de Floyd, y esa fue la ventana por la que el wokismo dio el salto desde los salones académicos a la vida real. De un día para otro, todo el mundo quería contratar "instructores de sensibilidad", fijar cuotas, revisar las políticas de contratación y hacer listas de palabras políticamente incorrectas, todo ello bajo el control de un comité DEI (siglas de Diversidad, Equidad e Inclusión), o, si la empresa era grande, de un flamante y bien pagado Chief Diversity Officer.

El fin declarado era excelso: dedicar más recursos a combatir la desigualdad racial en las corporaciones, las universidades, los periódicos, etcétera. Pero las personas tibias y normales, que se habían colocado con entusiasmo en el "lado correcto de la historia", empezaron a ver algunas cosas rarunas o francamente incomprensibles.

Si se paraban a observar, percibían una clara diferencia sociológica entre el movimiento progre y el movimiento de los derechos civiles de los años 60. Aquel movimiento había surgido desde la base, de entre los propios afroamericanos, llegando a seducir a una mayoría social reflejada en las leyes aprobadas en aquella década. El movimiento progre, en cambio, ejercía presión desde un reducido nicho estadístico que suele encontrarse, además, en otras coordenadas étnicas, geográficas y socioeconómicas de las personas a las que dice representar.

Esto se puede ver con los latinos. La comunidad latina suma en torno a 60 millones de personas en Estados Unidos. Pero, si uno le pregunta a un latino qué opina del término progre Latinx, que borra el género masculino de la palabra en nombre de la inclusividad y que se encuentra a menudo en artículos y trabajos universitarios, descubrirá que, o no lo conoce (76%, según Gallup en 2020), o lo rechaza. Solo un 4% de los latinos dice preferir este término para describir a la comunidad.

Pero la mayor diferencia entre el antirracismo de antes y el antirracismo de ahora, más allá del perfil de quienes lo promueven, reside en el propio núcleo filosófico. Por ejemplo, en el corazón de la lucha por los derechos civiles y de los principios progresistas de siempre está la idea de color blindness: no ver color. Vivir la vida, trabajar y socializar sin dar la menor importancia al fenotipo de nuestros interlocutores. El mensaje nuclear de los discursos de Martin Luther King.

Esta misión básica, colocada en el centro del pensamiento progresista de las últimas décadas, ha sido destruida por el antirracismo progre. El término color blindness es considerado racista, porque el racismo es algo tan intrínseco, tan profundo, tan inamovible, que aquel que diga que "no ve color" está engañando a los demás y a sí mismo. Así que la misión no es "no ver color" porque eso es imposible. La misión es asegurarse de que todas las razas ocupan su cuota proporcional de representación y de poder en todas las facetas de la existencia. Si hay un desequilibrio en esas cuotas, eso indica racismo. Y habría que corregirlo rápidamente con escuadra y cartabón.

Aquí está otra de las grandes diferencias: el antirracismo tradicional reivindica la igualdad de oportunidades. Si bien las políticas de discriminación positiva también figuran en la caja de herramientas socialdemócrata, las cuotas no son el único baremo, y el hecho de que diferentes sectores muestren diferentes configuraciones raciales o de género no refleja necesariamente una situación de opresión. La prioridad es conseguir que todo el mundo parta, más o menos, de la misma línea de salida, dejando que el libre albedrío, el esfuerzo, las tradiciones particulares de cada comunidad y la suerte se encarguen del resto. En el mundo progre, estos matices no existen. Todas las diferencias se explican con el racismo

La tercera gran diferencia entre el antirracismo clásico de los años 60 y el antirracismo progre reside en sus respectivas actitudes hacia la libertad de expresión. Como la idea de "no ver color", la libertad de expresión era otro de los pilares del progresismo, pues, además de ser un derecho inalienable, resultaba ser un buen instrumento para desafiar al sistema, reivindicar ideas nuevas y hacerse ver.

Los progre, en cambio, consideran que la libertad de expresión es el arma que utilizan los racistas y los misóginos para oprimir a las minorías sin tener que sufrir las consecuencias, por eso ha de ser limitada, domesticada. Hay que tener en cuenta que la ideología progre es un híbrido de marxismo (en base a la raza y al género, no a la clase social) y posmodernismo. Y el posmodernismo otorga mucha importancia a esas creadoras de la realidad que son las palabras. Por eso, una palabra inadecuada puede hacer igual o más daño que una pistola o un cuchillo de carnicero. De ahí la necesidad de poner al lenguaje bajo vigilancia y de lanzar campañas de cancelación contra quienes hayan dicho algo potencialmente ofensivo contra alguna minoría.

Con el paso de 2020, 2021 y 2022, las instituciones que se habían envuelto públicamente en las crecientes sopas de siglas y que habían fijado sus ambiciosas cuotas de contratación se dieron cuenta de que la realidad era un tanto más complicada. Muchos Chief Diversity Officers entendieron que los habían contratado como decoración. Luego, simplemente, fueron despedidos.

Una manera de verlo es que las corporaciones solo querían señalizar su virtud, pintarse en las mejillas una bandera del arcoíris, aplacar a una pequeña pero ruidosa parte de la plantilla, y, en suma, evitarse problemas de imagen. Otra manera de verlo es que, en la práctica, las políticas DEI rozaban la ilegalidad.

Veamos el caso de Coca Cola. El consejero general de la corporación declaró en 2021 que Coca-Cola solo iba a trabajar con bufetes de abogados cuyos nuevos equipos incluyeran un 30% de personas "diversas" (una proporción similar a la de la población estadounidense). Ahora imaginémonos que somos uno de los muchos bufetes que se ganan el pan trabajando con esta empresa, y que, por la razón que sea, por ejemplo porque vivimos en un estado mayoritariamente blanco, no tenemos a tanta gente diversa en nuestros equipos. ¿Qué hacer? Dos opciones: o bien ampliar enormemente la plantilla contratando solo a gente de color, o bien despedir a blancos por el hecho de serlo, para reemplazarlos por gente de color.

En otras palabras: habría que pisotear la Ley de los Derechos Civiles de 1964, concretamente su Título VII, que prohíbe "la discriminación en el empleo en base a la raza, el color, la religión, el sexo y el origen nacional". Coca-Cola fue denunciada. El consejero legal fue despedido. La compañía anunció que no habría tal medida.

Este fue el proceso por el que, poco a poco, las empresas y las personas tibias y normales fueron dándose cuenta de que no estaban ante Martin Luther King 2.0, sino ante el fenómeno opuesto: una especie de religión primitiva con su propio sacerdocio, lenguaje escolástico, tabús y confesiones públicas de pecados.

Pero la decadencia del fenómeno progre no se debe únicamente al hecho de que el raciocinio se fue abriendo camino. Quienes también percibieron una ventana de acción y se apresuraron a aprovecharla fueron los conservadores. El Partido Republicano comprendió que muchas personas tibias y normales iban a salir espantadas del tema progre, y decidió conquistar ese capital político.

El campo de batalla fue, sobre todo, la educación. En 2021 y 2022 los estados republicanos, liderados por el gobernador de Florida, Ron DeSantis, aprobaron leyes que reducían la capacidad de maniobra de los profesores, ponían los temarios y las bibliotecas bajo vigilancia, prohibían libros y trataban de equiparar a todo el Partido Demócrata, que sigue siendo de mayoría moderada (New Democrats), con esa minoría del 8% al 10% que armaba tanto jaleo.

Los dos fenómenos, la toma de conciencia de la gente tibia y normal, sumada al oportunismo republicano, han hecho que la goma del wokismo, después de estirarse tanto, haya pegado un latigazo en la mano de la izquierda demócrata. La culminación de este fenómeno se ha visto este invierno.

Las protestas propalestinas en los campus de élite, el santa santorum del wokismo, han hecho que los políticos de ambas bancadas se hayan puesto en pie de guerra. Porque una cosa es destruir las carreras de profesores que dijeron casualmente alguna palabra con un posible significado oculto, linchar en internet a quien sugiera que el sexo biológico existe, cancelar libros y series de televisión o forzar confesiones públicas... Y, otra, meterse con Israel.

Este fenómeno ha roto la protección tácita de la que gozaba el wokismo en el mundo progresista, que se había puesto de perfil ante las estridencias identitarias. Ahora incluso los presentadores estrella de la CNN, como Fareed Zakaria, hacen monólogos anti-progre que uno o dos años atrás hubieran sido difíciles de imaginar, lo cual ha alegrado, y también disgustado, a quienes siempre se opusieron al wokismo.

"A las personas nuevas que habláis en contra de la DEI cuando oponerse a ello no conlleva ningún coste", tuiteó Peter Boghossian, exprofesor de la Universidad de Portland que fue objeto, él mismo, de la hostilidad del campus, "¿dónde estabais cuando estos lunáticos racistas estaban destruyendo nuestras instituciones y participando activamente en cazas de brujas de sus enemigos ideológicos?".

Boghossian, profesor de Filosofía de la Educación y la Ciencia, llevaba desde 2017 aguantando escraches, amenazas, pintadas de esvásticas, bolsas de heces en su despacho y campañas anónimas de difamación, rodeado por el silencio de la mayoría de sus colegas de departamento. Lo entrevistamos en 2021. Le queda el consuelo de decir que se adelantó tanto a los republicanos como a las personas tibias y normales que todavía no habían mirado por debajo de la piel de cordero.

 

Demoñocracia

Himbersor
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En España no estamos en condición de meternos con lo progre, más ridículo que pavo mal afeitado que se cree que es mujer y actúa como una puñetera grotesca es ver por ejemplo a gallegos creyendo que son irlandeses y que no tienen nada que ver con el resto de sus compatriotas un poco más al sur..., y con ese travestismo histórico, racial y territorial llevamos casi medio siglo, bastante más que con lo progre.
 

Una berenjena radioactiva

Hortaliza Paco Demier
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Y se lo dan a Gosling meparto:

Ahora en serio, cada vez está más cuestionado el wokismo por todos los fracasos en taquilla que acumula.
Sí, pero están haciéndolo al revés. Si no funciona, es que no hay suficientes tazas. Así se ven las burradas que se ven hoy en día que se pegan la leche una detrás de otra.

Por cierto, algo me dice que Jordan Peterson debe estar descojonándose con la "nueva tendencia", por llamarla de algún modo.
 

singermorning

cantamañanas
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Lugar
La Pomada
A mi modo de ver, culpan demasiado a los hombres de todo.
pero es una pelicula y es barbie... todo el mundo sabe que ersperar de una pelicula que tiene de protagonistas a Barbie y a Ken... del mismo modo que todo el mundo que fue a Maverik sabia de antemano de qu eiba la peli....

No me diras que te sorprendio por eso, espero....
 
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