Un foro atribuye a un joven de 18 años cuatro veces el salario medio filipino
Billete de ida, 18 años recién cumplidos y ningún título universitario. Cuatro meses después, el chaval que protagoniza esta historia ya tenía contrato en Filipinas, teletrabajo y pareja local. El sueldo que se le atribuye se sitúa, según el cálculo que circula en el hilo, en la mitad del sueldo medio español, lo que equivale a multiplicar por cuatro los
296 dólares mensuales de
salario medio filipino. Para España, ese mismo análisis arroja
2.474 dólares al mes. La brecha cambia de signo en cuanto se cruza una frontera.
El atractivo del caso se apoya en tres patas. El teletrabajo
no gasta coche ni gasoil, no obliga a vivir pegado a la oficina y no exige un trabajo físico agotador. Ser hispanohablante en un mercado donde ese perfil escasea añade otro empujón. Y el contexto de origen es el que se lleva la peor parte: cuatro meses para encontrar empleo se presentan como una proeza irrepetible en casa.
¿Cuánto se compra con 1.200 dólares en Filipinas y cuánto en España?
El poder de compra es donde la discusión se vuelve tangible. El ejemplo que se aporta desde dentro del país:
una casa de 55 metros cuadrados con parking por 12.500 pesos al mes, en una zona periférica donde no hace falta encender el aire acondicionado. El tipo de cambio se mantiene, según esa misma versión, en una horquilla estable de
55 a 62, lo que permite presupuestar sin sobresaltos y cobrar en moneda local sin perder poder adquisitivo.
Frente a eso, la comparación regional deja a Filipinas en un lugar incómodo. Quien conoce la zona sostiene que
Tailandia sale más barata: alojamiento a la mitad y comida, tanto la de supermercado como la preparada, un 30% más económica y de mejor calidad. La conclusión de ese sector es que el sudeste asiático no es un bloque homogéneo y que la elección de país pesa tanto como la decisión de emigrar.
La letra pequeña: 12 días de vacaciones al año
Los contrapesos llegan pronto.
Doce días de vacaciones al año, uno por mes. Tras impuestos, la nómina se queda por debajo de los
1.000 euros, según el cálculo más duro que circula. La empresa es nueva, el chaval había sido rechazado por otras muchas y su formación académica queda en segundo plano por haber empezado a trabajar tan joven, lo que abre la incógnita de en qué acaba derivando ese currículum a los treinta.
La defensa del modelo tiene su propia aritmética. En el sector donde trabaja existen los
uprisals, subidas periódicas de sueldo que, según el relato de quien trabajó allí, llegan al
8% anual; un caso que acumuló seis en cuatro años multiplicó su salario por
1,7. Con ese escenario, la empresa paga visado y seguro médico, dos partidas que en Europa salen del bolsillo del asalariado.
¿Por qué se sostiene que un europeo no debería buscar empleo allí?
El contraejemplo más demoledor llega desde dentro del país: un español que se dispone a casarse con una ingeniera mecánica que trabaja en una gran constructora y
cobra prácticamente lo que el chaval. De ahí la conclusión de que irse a buscar trabajo siendo europeo solo tiene sentido en puestos muy cualificados o cuando la empresa ha contratado directamente, porque el mercado local paga lo que paga.
El sector que sostiene esos sueldos es el
BPO, la externalización de procesos de negocio: centros de llamadas, soporte y servicios administrativos, donde el idioma y el conocimiento del cliente occidental valen dinero. No es un salario de expatriado, es un salario filipino bueno.
De la mili obligatoria al salón de casa de los padres
Cuando se discute por qué un chaval de 18 años prefiere cruzar medio mundo, aparece la comparación generacional. Una parte del análisis sostiene que la supresión del servicio militar obligatorio eliminó el rito de paso que sacaba a los jóvenes del pueblo y de debajo de las faldas de su madre, y que de ahí viene una generación que no termina de despegar. Frente a esa lectura, otros participantes subrayan que la gente no se va por capricho y comparan la tardanza en emanciparse en España con la costumbre estadounidense de dejar la casa familiar a los 16 o 18 años.
El hilo coincide en algo incómodo: irse fuera se ha convertido en una salida habitual antes que una excepción.
El visado, la pareja y el mercado matrimonial
Otra parte del intercambio deriva hacia las relaciones personales. Se argumenta que el acceso a la residencia europea y la diferencia de renta distorsionan el mercado de pareja, y que quien no necesita visado para vivir en Europa negocia desde otra posición. La respuesta desde la otra orilla es que la generalización se cae en cuanto se conoce un caso concreto: hay profesionales filipinas que preguntan por el mercado laboral español antes de plantearse una mudanza.
Sobre los requisitos sanitarios de entrada, las versiones no coinciden: hay quien afirma que el país exige vacunación a todo el viajero y quien sostiene que los requisitos se retiraron.
Con esos mimbres, la cuenta no termina de salir. Entre los costes que el propio relato reconoce hay uno que no aparece en ninguna comparativa de poder adquisitivo:
el billete de avión equivale a varios meses de ahorro para quien todavía no ha cobrado su primera nómina. El x4 suena estupendo hasta que se resta la ida.